«Andamos a la buena de Dios», confía doña Guadalupe asentada en su nuevo hogar: un cuarto construido con tablones rústicos, hojas delgadas de triplay y tarimas de maquila, a la falda norte de los cerros que en su cima sostiene el panteón «Jardines del Recuerdo».
La de doña Guadalupe, es una de las 20 familias que la agudización de la crisis económica por el COVID-19 las echó a las faldas del cerro, al final, donde termina la colonia «Juanita Luna», en el poniente de la ciudad.
«Ya no podíamos pagar renta, por eso nos venimos aquí, donde construimos un cuarto de bloque, igual, pegado al cerro, pero del otro lado, abajo del camino donde suben a enterrar a los muertos, pero nos echaron de ahí, por ser de alto riesgo», cuenta doña Guadalupe.

En su interior, un bebé rueda en la cama, pegada a una de las paredes, en donde pende un crucifijo, mientras que dos niñas y otro infante de cuatro años, no paran de moverse en el espacio reducido del cuarto, sin piso firme, a ras de tierra. Son sus cuatro nietos.
«Vinieron los de Asentamientos, nos dijeron que era peligroso vivir aquí porque muchos bajan del cerro borrachos después de enterrar a sus familiares muertos; que un día se iban a desbarrancar y caer encima de nosotros…Nos movieron a la otra orilla de los cerros», cuenta.

Es una vía la que habitan los nuevos residentes de la «Juanita Luna», con sus pequeñas casas recargadas al cerro pero ésta vez al norte, alejados de los caminos que llevan a «Jardines del Recuerdo», panteón municipal que sigue activo.
«No crea que estoy de plano abandonada. Recibo 700 pesos de la maquila en la que trabajo, la «Vishay Dale», desde hace 25 años; pero estoy en cuarentena desde hace cuatro meses, porque cada rato me pongo mala de diabetes y presión alta», señala Guadalupe.
Las casitas, hechas de bloque quedaron abandonadas y poco a poco los mismos vecinos las van desgajando para reciclar el material; ahora, en su nueva residencia, todas de desechos de la maquila, tienen otro problema: un derrumbe del que ya existen huellas.

En las paredes terrosas del cerro, hay marcas de los deslaves que ha tenido, con zonas porosas que da la impresión que al soplar sobre ellas, podrían desplomarse encima de los techos.
«Mi esposo ahorita está trabajando, limpia las ruteras de la Oriente-Poniente, aquí cerca, en la terminal, pero pues no tiene un pago fijo; ahorita mija vive con nosotros, junto con mis cuatro nietos», indica.

Muchos de los vecinos terminan de levantar las palizadas que se convierten en muros, barandales, en baños de madera, en excusados de hoyo, en ventanas; todo cuenta y todo construye.
«Apenas la semana pasada los de la Junta terminaron de instalar el agua», indica doña Guadalupe. Vineron cuatro trabajadores, localizaron la toma general y se conectaron, enseguida tendieron mangueras de plástico y por debajo de la tierra y listo. Entre todos les pagamos, claro por fuera, era una «liebre».
«Todos estamos bien chuecos, pero yo fui a Asentamientos Humanos a ver si había una casita por ahí; nada, puras vueltas», dice doña Guadalupe mientras que espanta las moscas de su cortina en la puerta y agrega: «Pues sí, andamos a la buena de Dios, no hay de otra».
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