José Madrid, hondureño, de estatura bajita, cuerpo robusto, piel morena, de 42 años, con una ligera dificultad para respirar y con una conversación fluida dice: “Joe Biden es nuestra última esperanza”.
Está de pie, afuera del centro de eventos del refugio Pan y Vida, donde vive desde hace un año y siete meses. No le gusta que lleguen más migrantes, aun cuando sean sus paisanos. “Hay poco y somos muchos”, argumenta. Y es que otra oleada intenta llegar a México.

El clima juarense de enero no es benévolo. Ventarrones helados, que bajan de la sierra, como un golpe de látigo gélido que serpentea la Erizo de Mar, una calle ancha, de arena fina, con delgadísimos filamentos de piedra, similar a otras, en la colonia Anapra, al poniente.
“Mantenemos la esperanza en Joe Biden. Damos gracias a Dios que Trump ya se va. Lo malo es que su salida va a alentar a salir más hermanos en Honduras y de otras partes. Entonces sí va a ser difícil que nos den los papeles”, expresa.
La historia del carpintero José
José es de La Ceiba, departamento de Atlántida, una zona turística menguada por la violencia de las maras. Este sería su segundo viaje al país de la ilusión. Antes, estuvo en Miami, donde trabajó por cuatro años. Allá, aprendió el oficio de carpintero.
“Después de estos años, un buen día, la empresa nos echó a todos. Éramos 60 trabajadores. Llegaron agentes del ICE y cargaron con nosotros. Nuestro patrón les habló, nos denunció. No tenía para pagarnos y nos pagó con esto”, explica José.
Persiguiendo una visa humanitaria
Al fondo del albergue, una señora, joven, de cuerpo delgado, cubre a su niño con un reboso de estambre. Otra de sus compañeras, no deja de temblar. Trae unos pantalones cortos, veraniegos. Hombres van y viene, encorvados, en un intento de protegerse del frío.
José se enfermó. Insuficiencia cardiaca. Lo operaron a corazón abierto. Permitieron su convalecencia y después lo deportaron por el puente internacional Paso del Norte. Volvió a la carga. Ahora tienen un juicio de asilo y será en mayo del 2022, su tercera visita al juez.
“Me dijeron en El Paso que mi asunto no es migratorio, que es de salud. Que consiga una organización que me ayude para una visa humanitaria. Pero yo sigo. En mayo voy de nuevo”, enfatiza José.
“No vengan ya“
“Yo les digo que no vengan ya, que esperen un tiempo, para poder entrar a los Estados Unidos de a poquitos. Que no se pongan nerviosos los gringos”, José envía el mensaje a sus connacionales, similar al que dijo el titular del Consejo Estatal de Población.
Por su parte, Enrique Valenzuela Peralta, coordinador del Consejo Estatal de Población, dijo “a quienes pretenden ir a Estados Unidos de forma indocumentada, no se arriesguen a cruzar”. El funcionario hizo la petición al anunciar que la institución prepara un censo de migrantes.
Valenzuela Peralta señala que existen 17 “lugares humanitarios” en Juárez, pero no se sabe con precisión los recursos con los que cuentan, por esta razón se realizó el censo.
Omar Pereda, sociólogo egresado de la UACJ, explica que en situaciones vulnerables, en las que las personas perciben riesgo, se activa el instinto de sobrevivencia.

“Saben que los recursos son limitados y que no alcanza para todos. El egoísmo es una herramienta”, dice.
Finalmente, José ajusta su chamarra y agrega: “No es que sea egoísta. Todos tenemos derechos, pero que esperen un poco”. Sale del refugio. Va al Centro de la ciudad. Lleva esperanza, una operación a corazón abierto y dificultad para respirar, también.
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