Lo que comenzó como una organización vecinal para defender su entorno terminó en uno de los espacios más singulares de Ciudad Juárez: un parque sensorial diseñado para personas neurodivergentes, construido en el fraccionamiento La Sarzana gracias a la persistencia de sus habitantes.
Ciudad Juárez cuenta hoy con un parque poco común incluso a nivel internacional. No es un espacio para deportes tradicionales ni para el bullicio habitual de las áreas verdes, sino un entorno pensado para la calma, la contemplación y la estimulación adecuada de niñas y niños dentro del espectro autista.
Ubicado en La Sarzana, el parque se diseñó con elementos especiales, como un laberinto sensorial y juegos adaptados donde los usuarios trepan, descienden con cuerdas y recorren estructuras acordes a sus necesidades.
“La idea es que sea un espacio tranquilo, donde no haya ruido excesivo ni actividades que alteren a los niños”, explicaron residentes del fraccionamiento.
El proyecto contó con el acompañamiento de la maestra Mónica Cuvelier y docentes universitarios, quienes aportaron al diseño de un espacio que, además de inclusivo, también promueve la conservación ambiental.

Organización que transformó el espacio
El origen del parque se remonta a 2021, cuando habitantes de las cerradas Volterra, Ziena, Trento y Génova —que integran el fraccionamiento— decidieron organizarse para proteger los terrenos destinados a equipamiento urbano.
En menos de 24 horas reunieron 180 firmas y lograron visibilizar su postura, marcando el inicio de un proceso de participación ciudadana que se extendió durante años.
“Fue un verdadero triunfo ciudadano. Nos organizamos, defendimos el espacio y hoy lo estamos cuidando”, expresó Gabriela Orozco, habitante del sector.
Tras ese momento, los vecinos se apropiaron del lugar: lo limpiaron, plantaron árboles y comenzaron a impulsar proyectos para convertirlo en un parque formal.

Durante cinco años participaron en el presupuesto participativo, enfrentando distintos requisitos, como la necesidad de construir primero una calle y un pozo de absorción.
Lejos de desistir, avanzaron paso a paso hasta lograr que en 2025 se aprobara la construcción del parque, con una inversión acumulada de 7.7 millones de pesos.
Hoy, el parque no solo es un espacio incluyente, sino también un refugio ambiental.
Vecinos, en colaboración con docentes de la UACJ, impulsan la conservación del rochorí, una codorniz nativa de la región. Además, identificaron la presencia de lechuzas que habitan el lugar desde hace cinco años, para las cuales destinaron zonas seguras de anidación.
El resultado es un espacio que combina inclusión, comunidad y cuidado del entorno natural.
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