Surgió de la nada, como creación de un mago en un momento de buen humor. Simplemente un día hizo su aparición en las redes, en la televisión, en las calles, en las pláticas de la gente.
Cautivó con su aspecto, con su caminar rítmico, con esa confianza con la que se movía entre los humanos, con esa camiseta verde que lo identificaba y lo hacía derramar simpatía.
Verlo caminar por las calles del centro de la Ciudad de México era todo un espectáculo.
Era un pato, un pato que fue vestido como uno más de los millones de mexicanos que en esos días se pusieron la camiseta verde, pero él se convirtió en algo diferente. Aunque nadie le dio un nombramiento, se transformó en la mascota del equipo mexicano y muy pronto la gente lo identificó con la pasión futbolera que invadió al país.
Y su imagen corrió por todos los medios, entró a todos los hogares, llegó a periódicos digitales y de papel. Y además consiguió que lo invitaran a una de las conferencias mañaneras de la presidenta de México.
Ahí, solamente escuchó y lo hizo en un lugar al que pocos mexicanos tienen acceso.
Ya para ese momento había sido bautizado con un nombre tan original que no se olvidaba fácilmente: Merlín. Ya era el pato Merlín, que algo tenía de mago, porque el nombre se popularizó en unos cuantos días.
¿Y quién es hoy Merlín? Es la mascota popular, surgida de la nada, que vino a sacar los mejores sentimientos de quienes lo veían.
Merlín no tuvo guardaespaldas, no tuvo un vehículo polarizado para transportarse, no tuvo privilegios. Solamente fue un pato que vino a tocar las fibras sensibles de los habitantes de este país.
Es la mascota que, sin discusiones, los mexicanos escogieron. Es el personaje popular que vino a recordar que no hacen falta millones de pesos, ni campañas publicitarias para que alguien se vuelva una figura conocida.
Merlín vino a convertirse en el centro de la fiesta popular, de la gente de a pie, de adultos y niños a los que les arrancó sonrisas y esperanzas.
Fue simplemente un animalito de andar gracioso que provocó el entusiasmo de las masas, cuando se vivía la intensidad de la fiesta callejera.
Porque en estas pasadas semanas, la fiesta del futbol se vivió de dos formas: una fue la de las calles, la de La Chona, la de las máscaras, la de jóvenes y no tan jóvenes que eran lanzados por los aires al grito de “¡quiere volar!”. Y otra fiesta fue la de los que pagaron muchos miles de pesos por entrar al estadio, la de los que accedieron por puertas exclusivas. Esa fue otra celebración, a la que no perteneció Merlín.
Merlín fue el personaje que nació en las majestuosas calles de la Ciudad de México, el que alentó las esperanzas populares, el que multiplicó la alegría, el que cautivó a los niños, el que ya se incrustó en la historia.
Y en el futuro, cuando alguien recuerde al equipo mexicano, sus triunfos y la alegría que cubrió este país, tendrá que recordar también a Merlín, el pato que acompañó a México en su esperanza.
El que hizo sonreír a muchos. El que enseñó que lo sencillo es más grande y se recuerda con facilidad.
Por eso, Merlín ya está en la memoria de los mexicanos y ahí estará por muchos años, con su camiseta, con sus zapatos, con ese caminar inconfundible. Y habrá que agradecerle la alegría y la esperanza que trajo a millones de niños y adultos de este maravilloso país.
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