Durante casi cinco años, Claudia Martínez creyó que las cenizas de su padre descansaban en una urna que algún día llevaría al mar.
Humberto Martínez había muerto el 17 de diciembre de 2020, víctima de un infarto. Como ocurre en muchas familias, el dolor inicial fue dando paso a una forma distinta de convivencia con la ausencia.
Los recuerdos comenzaron a ocupar el lugar de la angustia y la vida siguió adelante con la certeza de que los restos de aquel hombre alegre, deportista y querido por hijos, nietos y amigos descansaban donde debían estar.
La familia tenía el pendiente de cumplir con su última voluntad: esparcir sus cenizas en el mar.
La oportunidad estuvo cerca de concretarse en más de una ocasión. En una visita a la playa, incluso, la familia contempló realizar la ceremonia. Sin embargo, algunos hermanos no pudieron asistir y decidieron posponerla. Nadie tenía prisa. Después de todo, pensaban que Humberto estaba ahí y que el homenaje podía esperar unas semanas o unos meses más.
Lo que ninguno imaginaba era que aquella decisión terminaría convirtiéndose en una de las ironías más dolorosas de toda esta historia.
Durante cinco años, una familia creyó conservar las cenizas de su padre; bastó una etiqueta para descubrir que quizá nunca estuvo ahí
Cuando el escándalo del crematorio Plenitud comenzó a extenderse por Ciudad Juárez y el resto del país, Claudia prestó atención como miles de personas más.
Las noticias hablaban de cientos de cuerpos encontrados en condiciones indignas dentro de un crematorio ubicado en la colonia Granjas Polo Gamboa. Se hablaba de cadáveres que debieron ser cremados y entregados a sus familias, pero que permanecían abandonados, amontonados en cuartos sin refrigeración. Se hablaba también de funerarias que mantenían relaciones comerciales con ese establecimiento.
La noticia, si bien era perturbadora, para ella todavía parecía bastante lejana.
Hasta que apareció el nombre de Latino Americana. Esa era la funeraria que habían contratado para el servicio de Humberto, su padre. A partir de ese momento comenzaron las preguntas.
Las dudas llevaron a Claudia a revisar nuevamente los documentos relacionados con el de su padre. También la llevaron a abrir la urna que durante años había permanecido bajo resguardo de la familia.
Lo que encontró dentro transformó por completo la historia que creía conocer.
La etiqueta adherida al recipiente no correspondía a Humberto Martínez. Llevaba el nombre de una mujer desconocida para ellos: Ernestina Sánchez Rodríguez.
De un instante a otro, la familia dejó de preguntarse cuándo cumpliría la última voluntad de Humberto y comenzó a cuestionarse en dónde estaban realmente sus restos.
La revelación fue devastadora porque llegó años después de que todos en la familia creían haber concluido el proceso más difícil. Ya habían llorado la muerte de su padre, habían realizado los rituales funerarios, habían aprendido a convivir con la ausencia y habían llegado al punto en que el dolor deja de ocupar todos los espacios de la vida cotidiana.
Entonces apareció Plenitud y, con él, la posibilidad de que Humberto nunca hubiera sido cremado y se encontrara entre el montón de cuerpos encontrados en el crematorio.
El nombre que no debía estar ahí
Mientras sostiene una fotografía donde aparece su padre durante una etapa de su trabajo como camarógrafo de televisión, Claudia intenta explicar lo que ha significado descubrir que las respuestas que había dado por ciertas quizá nunca lo fueron.
Recuerda a Humberto como un hombre que disfrutaba el deporte, que era profundamente cercano a su familia y que dejó una huella imborrable en quienes convivieron con él. También recuerda detalles físicos que, en teoría, deberían facilitar su identificación.
Tenía cicatrices visibles en uno de los brazos a consecuencia de una quemadura, llevaba tornillos en una extremidad y utilizaba un marcapasos. Un año después, el cuerpo de su padre no se encuentra entre los recuperados por las autoridades, la familia sigue sin saber en dónde está.
La fotografía de la etiqueta con el nombre de Ernestina Sánchez Rodríguez circuló en redes sociales y terminó por localizar a los familiares de aquella mujer. Entonces surgió una segunda tragedia. Mientras la familia de Claudia intentaba averiguar qué había ocurrido con Humberto, los parientes de Ernestina comenzaron a preguntarse exactamente lo mismo respecto a ella.
Dos familias distintas quedaron unidas por la misma duda.
Las cenizas que ambas recibieron dejaron de representar una certeza para convertirse en una gran duda.
Conforme avanzaron los días, la indignación fue desplazando al desconcierto. Claudia comenzó a preguntarse cómo era posible que un sistema completo hubiera fallado de esa manera. No solamente señala a quienes operaban el crematorio, también cuestiona a las funerarias que participaron en el proceso y a las autoridades responsables de supervisar una actividad tan delicada como el manejo de cuerpos humanos.
La sensación de abandono institucional se profundizó conforme buscaba respuestas y no las encontraba. Pero el golpe más duro seguía ocurriendo dentro de su propia familia.
Los nietos de Humberto comenzaron a preguntar por su abuelo, ellos querían saber dónde estaba y entender qué estaba pasando. Claudia descubrió que no tenía una respuesta.
La incertidumbre que consume a la familia Martínez se repite, con distintos matices, en decenas de hogares de Ciudad Juárez.
El hallazgo de los cuerpos en Plenitud no solo puso bajo sospecha el trabajo de un crematorio, también obligó a cientos de personas a volver la mirada hacia despedidas que creían concluidas, a revisar documentos guardados durante años y a cuestionar rituales que les habían permitido encontrar algo de paz.
¿Quién descansa ahí?
Algo parecido ocurrió con Alba Rodríguez.
Cuando su padre, Leandro Rodríguez García, murió en 2021, la familia decidió respetar una voluntad que para ellos era importante: ser cremado y permanecer cerca de sus hijos aun después de la muerte.
La urna que supuestamente contenía sus restos se convirtió en una presencia habitual dentro del hogar. Cada año, el 3 de agosto, la colocaban sobre la mesa durante la reunión familiar organizada para recordar su cumpleaños.
Aquellas comidas no eran actos de nostalgia permanente, sino la forma que encontraron para mantener vivo el vínculo con alguien a quien seguían amando profundamente.
Durante años funcionó, hasta que Alba descubrió que el cuerpo de su padre también había sido enviado al crematorio Plenitud.
Pasó lo mismo con la familia de Laura Sandoval.
Durante años encontró consuelo en un lugar construido en el patio de su vivienda para recordar a los padres de su esposo.
Tras la muerte de Juan Francisco y Yolanda, la familia decidió conservar sus restos en un nicho que con el tiempo se convirtió en un espacio para honrar la memoria de sus difuntos. No era únicamente un lugar funerario, era la forma de mantener viva la cercanía con quienes habían partido.
En fechas especiales acudían a dejar flores y permanecían algunos minutos frente a sus fotografías. Después regresaban a casa con la tranquilidad que ofrecen los rituales cuando ayudan a procesar una pérdida.
Durante años, aquello funcionó, hasta que el nombre del crematorio Plenitud comenzó a aparecer en las noticias.
Como ocurrió con decenas de familias de Ciudad Juárez, la certeza empezó a desmoronarse. La posibilidad de que los restos entregados no correspondieran a sus seres queridos transformó por completo el significado de aquel lugar en que honraban la memoria de quienes se habían ido.
Lo que antes representaba paz comenzó a desatar interrogantes entre los miembros de la familia.
¿Quién descansa realmente en ese nicho?
¿Los restos que la familia honró durante años pertenecen a Juan Francisco y Yolanda?
¿Las despedidas, los homenajes y las visitas estuvieron acompañados realmente por quienes intentaban recordar?
La herida de los vivos
Para Alejandro Carrasco Talavera, hoy expresidente de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos, una de las consecuencias más profundas del caso Plenitud no se encuentra en las bodegas donde fueron localizados los cuerpos ni en los expedientes que integran las autoridades, sino en las familias.
Durante semanas, la Comisión recibió testimonios de personas que creían haber concluido el proceso más doloroso de sus vidas y que, de un momento a otro, se vieron obligadas a recorrerlo nuevamente.
Entrevistado cuando aún era funcionario de la CEDH, habló de la dignidad post mortem, un principio que obliga a tratar con respeto a los cuerpos humanos incluso después de la muerte. Sin embargo, sostiene que el daño más evidente se produjo en quienes permanecen vivos.
Las familias pensaban que sus seres queridos descansaban donde debían estar. Pensaban que las urnas entregadas por las funerarias contenían realmente sus restos.
Creían que los funerales, los novenarios, las misas y los homenajes habían servido para cerrar un ciclo, pero el hallazgo de los cuerpos acumulados en Plenitud destruyó esa convicción.
Después de ello vino una búsqueda inesperada en la que decenas de personas comenzaron a revisar contratos, certificados, recibos y documentos que llevaban años guardados. Algunas abrieron urnas. Otras acudieron a la Fiscalía con fotografías, descripciones físicas y expedientes médicos. Muchas descubrieron por primera vez el nombre del crematorio que había recibido a sus familiares, menciona.
La muerte, que parecía un episodio concluido, volvió a instalarse en sus vidas.
Las familias no solo perdieron a sus seres queridos; también perdieron la certeza de haber podido despedirse de ellos
Duelo, engaño, traición y fraude
Para la tanatóloga Silvia Aguirre, ahí se encuentra una de las dimensiones más devastadoras del caso.
Las historias son distintas, sin embargo, comparten una misma consecuencia.
Todas las familias creían haber concluido el proceso de despedida. Todas pensaban que el duelo había encontrado un cauce. Todas descubrieron después que quizá aquello que les permitió encontrar paz estaba construido sobre una mentira.
Lo que enfrentan las familias, explica, no corresponde a un duelo ordinario. Se trata de una pérdida que vuelve a abrirse, de una herida que parecía cerrada y que de pronto regresa con toda su intensidad.
“Ya no es una pérdida normal. Se trata de una pérdida que reabre heridas y rompe el proceso emocional que habían iniciado”, señala.
Para Aguirre, las víctimas no solo enfrentan la muerte de sus seres queridos. También enfrentan el engaño, la traición y el fraude. La posibilidad de haber recibido cenizas que no corresponden a la persona fallecida —o incluso materiales distintos a restos humanos— constituye una forma de violencia que lastima profundamente y altera el proceso emocional que habían logrado construir durante años.
Las familias realizaron funerales, novenarios, conmemoraron aniversarios y rindieron homenajes creyendo que estaban cumpliendo con la última voluntad de quienes murieron. Algunas conservaron urnas en sus hogares; otras levantaron nichos para mantener cerca a sus familiares. Ahora deben convivir con la posibilidad de que todo aquello se hubiera realizado sin los restos de las personas a quienes buscaban honrar.
Por eso Aguirre habla de una pérdida dual: la primera ocurrió cuando murieron sus familiares y la segunda comenzó cuando descubrieron que quizá nunca pudieron despedirse de ellos.
El impacto, advierte, alcanza distintos ámbitos de la vida. Se afecta el sentido de existencia porque la despedida de un ser querido es uno de los actos más íntimos que puede experimentar una persona. También se deterioran las relaciones con las instituciones y con la autoridad, al surgir la sensación de que nadie supervisó, nadie vigiló y nadie impidió que aquello ocurriera.
“Son víctimas de la corrupción, de la impunidad, del fraude”.
La especialista sostiene que las familias tienen derecho a conocer la verdad, a que exista justicia, a que se repare el daño y a que hechos similares no se repitan. Considera además que todavía es posible esclarecer muchas de las dudas que hoy atormentan a los deudos y rechaza la idea de que las preguntas deban quedar sin respuesta simplemente por el paso del tiempo.
Mientras las investigaciones avanzan lentamente y las identificaciones continúan, cientos de personas permanecen atrapadas en una incertidumbre que creían haber dejado atrás.
Antes que preguntarse quién permitió que cientos de cuerpos permanecieran almacenados durante años en un crematorio, muchas familias intentan responder una interrogante mucho más personal y dolorosa: si realmente tuvieron la oportunidad de despedirse de quienes más amaban.
Claudia Martínez sigue esperando noticias sobre Humberto. A veces piensa en aquella ocasión en que la familia estuvo frente al mar y decidió posponer el momento de esparcir las cenizas. Hoy ya no sabe si aquellas cenizas tenían alguna relación con su padre.
Alba Rodríguez continúa observando la urna que durante años acompañó los cumpleaños de Leandro. El objeto sigue en el mismo lugar, pero ya no significa lo mismo.
Laura Sandoval sigue pasando frente al nicho construido para Juan Francisco y Yolanda. Lo que antes representaba tranquilidad, hoy también contiene dudas. Las autoridades encontraron los restos de su suegro entre los cuerpos del crematorio Plenitud, pero del de Yolanda no han sabido nada.
Las tres historias son distintas, como diferentes son los cientos de casos que permanecen fuera de este reportaje, aunque todas comparten una misma tragedia: creyeron haber despedido a sus seres queridos y luego, de la manera más burda, descubrieron que quizá nunca tuvieron esa oportunidad.
Antes de que el país conociera el nombre del crematorio Plenitud, las familias intentaban aprender a vivir con la ausencia.
Después del hallazgo, volvieron a buscar a sus muertos. Han encontrado a 251; otras tantas continúan en esa búsqueda bajo el manto de la zozobra.
