Son las 2:30 de la tarde y el flujo de migrantes hacia la puerta fronteriza número 36 no se detiene.

Familias compuestas por adultos y niños, se preparan para cruzar el río Bravo, mientras las ráfagas del viento hacen de las suyas. Cargan con cobijas, mochilas y bolsas.

Del lado estadounidense, varios militares bajan de una pick up color roja, alambrado para reforzar la seguridad en el lugar. A unos cuantos metros de ellos, una mujer con bolsa roja, observa la escena.


Cruzan el río tomados de la mano, en grupos, mientras hablan en voz baja y otro grupo de indocumentados los alienta a gritos.

La escena es parecida a lo que se ha visto en las últimas semanas. Soldados de Estados Unidos, con armas largas, custodian a un grupo grande que ya logró pasar.

Pegado a la maya con púas, puede verde varios cobertores y sábanas que los viajeros han acomodado para protegerse del sol y de las altas temperaturas que a esta hora marcan los 32 grados centígrados.
Cerca de los tendidos, se ve mucha basura: botellas de plástico, bolsas y ropa que ha sido dejada en el lugar.

Los soldados siguen reforzando la puerta 36 y otro grupo cruza con el agua que les llega casi hasta la cintura.

Para quienes esperan que abran la puerta, el sueño americano todavía es posible. Muchos de ellos han viajado durante días en el tren, es un esfuerzo que demuestra lo difícil que es vivir en sus países. Por eso no les importa ya enfrentarse a los riesgos.

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