La violencia en México no respeta símbolos. Antes se quedaba en los márgenes: colonias, carreteras, zonas “calientes”. Hoy sube escaleras ceremoniales y se instala en el corazón de la historia. Teotihuacán no fue un hecho aislado. Fue un mensaje. Muy general, pero un mensaje. La estructura de seguridad no funciona.
Un hombre armado entró sin resistencia a uno de los sitios arqueológicos más importantes del planeta. Caminó como turista, pero traía la lógica del crimen. Llegó a la tierra de nadie. Nadie lo detuvo. Nadie lo revisó. Nadie previno. Y entonces ocurrió lo inevitable: disparos, muerte, caos.
El dato es brutal, pero lo verdaderamente grave es lo que revela: el Estado llegó tarde. Otra vez.
Porque la seguridad no empieza con la reacción, empieza con la anticipación que se logra con la prevención. Y en Teotihuacán no hubo ni una ni otra, ni nada. Solo vacío.
Mientras en museos del Centro Histórico de la CDMX hay filtros, escáneres y protocolos claros, en las pirámides —patrimonio de la humanidad— la entrada es prácticamente simbólica. Es decir, se cuida mejor una vitrina que una civilización entera. Ese es el nivel.
El Gobierno federal hizo lo que siempre hace el poder cuando la realidad lo alcanza: condenar, prometer, reaccionar. Refuerzo de seguridad, revisión de protocolos, coordinación institucional. Traducción simple: tapar el pozo donde el niño se ha caído.
Pero el problema no es el pozo. Es que ya sabemos que está ahí y aún así caminamos directo hacia él.
Y el momento no podría ser peor. La titular del Ejecutivo federal recién regresa de Barcelona, donde presumió que iba de esa misma tierra, la de las pirámides. Qué ironía.
México está a nada de exponerse al mundo con el Mundial 2026. Millones de ojos estarán puestos aquí. No solo en los estadios, sino en los destinos turísticos, en las rutas culturales, en los íconos históricos.
Teotihuacán no es un sitio cualquiera. Es marca país. Y hoy, esa marca dice: “puedes entrar sin filtro, pero no sabes si saldrás igual”.
La prensa internacional ya hizo lo suyo: no lo trató como un incidente, sino como síntoma. Y cuando el mundo empieza a ver patrones, activa alertas. Viajes cancelados. Rutas modificadas. Turismo que se enfría. Y ahí es donde el discurso choca con la realidad.
Porque la violencia deja de ser un tema de seguridad pública y se convierte en un problema económico. Cada turista que no llega es ingreso que no entra. Cada alerta internacional es confianza que se pierde.
México quiere vender historia, pero no garantiza seguridad. Quiere atraer inversión, pero no controla riesgos básicos. Quiere ser anfitrión global, con la puerta abierta de par en par. Eso no es estrategia. Es ingenuidad.
Y como si faltara algo, organismos internacionales están observando al país en estos temas. Evaluando. Midiendo. Documentando. Por otro motivo, pero ligado a la seguridad, personas de la ONU, vienen a México a verificar cómo está eso de la desaparición de miles de personas.
Y justo en ese momento estalla un ataque en uno de los símbolos más visibles de México. No es mala suerte. Es evidencia.
No hay espacio para el autoengaño: esto no se resuelve con detectores de metal de última hora. Se resuelve con Estado. Con inteligencia. Con prevención. Con protocolos que no existan solo en el papel. Porque la violencia no es el origen del problema. Es la consecuencia.
Cuando la autoridad falla en lo básico, como el control de acceso, vigilancia, coordinación, lo que sigue es cuestión de tiempo. Y el tiempo, en México, ya se acabó varias veces.
La pregunta no es si podemos recuperar la confianza. La pregunta es si hay voluntad para hacerlo en serio. Sin simulación. Sin discursos. Porque cuando la violencia alcanza a las pirámides, el mensaje es claro: no hay lugar intocable. Y entonces, lo que está en juego ya no es Teotihuacán. Es México entero. Así es, el meollo del asunto.
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