Hay un poeta fundamental para la poesía mexicana del siglo XX: Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929-2022). Rogelio Guedea señala que era un poeta existencialista como Girondo, Vallejo o Sabines y tiene razón. Lizalde era un escritor poderoso al que podemos leer en varias de sus obras, como El tigre en la casa (1970), La zorra enferma (1975), Caza mayor (1979), Tabernarios y eróticos (1988). Ganó varios reconocimientos y premios, como el Xavier Villaurrutia en 1970, el Nacional de Poesía Aguascalientes en 1974 y el Nacional de Literatura y Lingüística en 1988.
Este día les hablaré de Los fulgores del tigre (2019). En este libro sí hay estos aspectos existenciales, pero también aquellos que aquejan a la humanidad como la ira, ese tigre que merodea en la mente y corazón humanos y está acechando para saltar sobre su presa que son los otros y nosotros mismos. Esta misma fiereza está en el amor, nos dice Lizalde en varios versos de sus poemas, como “ramo de tigres”. El poeta, de igual forma, nos habla del sueño, no sólo de soñar, sino del acto de dormir. Es decir, la cotidianidad es material de la indagación poética.
Es llamativa también la crítica que lanza a diestra y siniestra, contra el consumismo, contra el Estado, contra la política, contra el amor idealizado, contra la cultura, contra los lectores, etc. Una de las formas en que realiza estas críticas es desde el humor, va de la ironía y la parodia al humor mordaz, al humor negro, incluso.
Algo que encontramos en la poesía de Lizalde es la exploración en los temas humanos, que es lo que más me interesa en la poesía, aunque también me gustan los juegos verbales y los tiene este poeta, pero cuando el poema se sumerge en un tema como la muerte, nos muestra esa indagación profunda. Este tratamiento lo vemos en el inicio del poema “Parágrafo de M. H.” en que une la escritura de la poesía a la muerte y a la tierra: “A muerte, a tierra saben los poemas mayores/ porque de tierra y muerte viven las palabras”.
La poesía viva, la poesía mayor es antitética, es paradójica y conflictiva en sí misma, como lo plantea Lizalde porque así es la experiencia humana, algo muere dentro del poeta cuando logra plasmar vida en una obra, vuelve a la tradición, a lo telúrico, a las grutas del alma. Háganse un favor y lean al gran Eduardo Lizalde.
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