Tony Rojas lo tenía muy bien grabado. No lo podía olvidar porque ese año ya se había enamorado de su esposa, aquí en Ciudad Juárez.
Corrían los días de 1955 y el evento los tenía alborotados a todos. Se había anunciado días antes: El Flaco de Oro venía a Juárez. Esa fue la única vez en su vida que se presentó aquí.
Sentado en su banquillo de siempre, un poco cargado a la derecha de la barra de su bar el El Recreo, desde donde dominaba su reino creado en 1921, Tony posaba la palma de su mano en el mentón y afilaba la memoria.
“Yo me di cuenta que venía Agustín Lara cuando crucé a la ciudad, por el puente de la Juárez. Ahí, en la caseta, se pagaban 15 centavos mexicanos, la concesión la tenía la empresa El Paso City Lines”, recordó el ya finado tabernero.

Un anuncio que alborotó a todos en Juárez
Casi siempre venía a jugar frontón en el Belmart. El anuncio estaba en el periódico El Fronterizo; era lo único de lo que se hablaba, la presentación de Agustín.
El barman más conocido en Juárez estudiaba en el Lydia Patterson Institute en El Paso y su compañero no sólo de banca, sino de aventuras fuera de la escuela, era el joven Arnulfo Rueda, con el que se apalabró para ir al encuentro del bolerista.
“Debió haber sido a finales de enero y hacía un frío de la fregada, por ahí del 23. Cuando Agustín se presentó en el Hipódromo de Ciudad Juárez, ese día por la tarde se armó un revuelo muy grande, la gente llegó por montones”, rememoró Tony.
El Hipódromo, luego de haber cerrado el área de carreras, se quedó con un extenso salón de baile, una pequeña barra en el fondo y en la entrada una terraza.
Era uno de los lugares icónicos de la ciudad, se accedía por la calle De la Cervecería, hoy avenida Reforma, hasta llegar al inicio de la Colombia. En ese punto bajaban del tranvía decenas de muchachas y muchachos, que iban a la presentación, narró Tony.
“Yo ya trabajaba y estudiaba, antes de entrar a la Lydia, ya había estado en San Antonio y Nuevo México trabajando en los campos agrícolas, por eso pude pagar el boleto de mi amigo”, comentó.
“Mi papá me prestó su carro, un Pontiac nuevecito color crema con franjas azules, modelo 1954, del año”, lo dijo Tony con cierto timbre de orgullo.

Hombres y mujeres rendidos
Agustín Lara se presentó con un abrigo de lana, muy grueso, en el que dejaba ver algo de su saco de un color crema tenue y un pantalón del mismo color.
Era extremadamente delgado, cuerpo y rostro, pero de él salía un aire enérgico que atrapaba al público, hombres, pero sobre todo mujeres, así describió Tony la salida a escena del cantante.
“Hasta la charrasqueada se le veía bien; le daba un aire interesante, la herida también formaba parte de su personalidad magnética, que hacía enloquecer a sus admiradores”, dijo Rojas.
“Los meseros tuvieron que poner unas mesas en el pasillo del lugar, para poder dar cabida a todos, pero los carajos estaban vendiendo las mesas, aparte del boleto”, relató.
El Flaco de Oro compuso la canción «Marucha» en 1920, en homenaje al primer amor de su vida, con lo que le causó varios disgustos a la familia de su enamorada y en un arranque de celos, de su entonces novia, le causó la herida en el rostro con un pico de botella.
Tony y su amigo Arnulfo, bailaron toda la noche con varias de sus amigas de juventud, María del Carmen Hass, María de los Ángeles Holguín, Lucía Rendón y otras compañeras en Juárez.
Pasó la noche y cayó la madrugada, Agustín Lara tocaba el piano y cantaba «Amor de mis Amores», «Clave azul», la típica «Españolerías», la siempre nostálgica «Escarcha» y la de mucho mundo, «Aventurera». Cuando dejaba la cantada, volaban sus manos con la batuta para dirigir su orquesta.
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