La educación es fundamental para el sano crecimiento de las personas, las ciudades y las culturas. La educación, para que sea efectiva, requiere de llevar una acción y provocar un efecto. Sin esto, no funciona. Son, como las “dos piernas” en las que se sostiene el ente. Si falta una, no camina. Entonces, al no tener maestros, como muestra el estudio que se presenta, se frena la acción y el efecto, o uno de los dos, y la educación decae. Eso mismo reflejan los más recientes resultados del Programa PISA de la OCDE: México continúa por debajo del promedio de los países desarrollados en matemáticas, lectura y ciencias.
Cuando se habla del deterioro educativo solemos pensar en planes de estudio, tecnología o presupuesto. Sin embargo, existe un elemento mucho más elemental: que haya alguien frente al grupo. Y eso comienza a faltar en Ciudad Juárez.
Un reporte de Mexicanos Primero revela que una de cada ocho secundarias de esta frontera enfrenta insuficiencia regular de maestros. Traducido al lenguaje cotidiano: alrededor de 61 planteles operan con grupos que pasan días o semanas sin profesor en materias tan esenciales como Matemáticas, Ciencias e Inglés. No son talleres opcionales. Son las asignaturas que determinan buena parte del futuro académico y laboral de los jóvenes.
El problema tampoco se distribuye de manera uniforme. Se concentra en el suroriente de la ciudad: Riberas del Bravo, Parajes de San Isidro y Senderos de San Isidro. Colonias donde Juárez creció más rápido que la capacidad del Estado para responder. Llegaron las familias. Llegaron los estudiantes. Pero los maestros no llegaron al mismo ritmo.
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando una ciudad crece más rápido que sus instituciones? La respuesta suele encontrarse años después en las estadísticas de violencia, abandono escolar, desempleo y baja productividad.
Porque un maestro no solo transmite conocimientos. También transmite disciplina, hábitos, exigencia intelectual y, muchas veces, estabilidad emocional para alumnos que no siempre la encuentran en casa.
El propio estudio señala que los directores consideran la falta de personal como uno de los principales obstáculos para combatir la deserción escolar y la violencia dentro de los planteles. No es casualidad. Una escuela sin suficientes docentes termina administrando emergencias en lugar de educar.
Pero el problema no termina ahí. Los profesores que sí permanecen en las aulas tampoco atraviesan su mejor momento. Una investigación de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez encontró que el 87.5 por ciento presenta niveles de agotamiento emocional, mental y físico de medianos a altos. Es decir, no solo faltan maestros; muchos de los que permanecen trabajan exhaustos.
La ecuación comienza a ser preocupante: menos docentes, más desgaste, mayor demanda social y peores resultados académicos. Y entonces resulta difícil sorprenderse cuando México aparece rezagado en las evaluaciones internacionales.
Sería simplista atribuir todo el problema únicamente a la ausencia de maestros. La educación también depende de la familia, de la cultura del esfuerzo, del ambiente social y de políticas públicas consistentes. Pero sería igualmente irresponsable ignorar que ninguna reforma educativa puede funcionar si la primera condición para enseñar —tener quién enseñe— no está garantizada.
Una ciudad que descuida sus escuelas termina pagando la factura en sus cárceles, en sus centros de rehabilitación, en sus hospitales psiquiátricos y en sus índices de violencia. Educar siempre ha sido más barato que corregir.
La verdadera discusión no consiste solamente en cuántos maestros faltan hoy. La pregunta es cuántos ciudadanos bien preparados dejarán de existir dentro de veinte años por las decisiones —o las omisiones— que estamos permitiendo ahora. Y ese sí que es el meollo del asunto.
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