A propósito del Día del Trabajo
La docencia pública en México fue, durante muchos años, una actividad que, como trabajo, brindó a quienes la ejercían amplias posibilidades de desarrollo personal y profesional. Sin embargo, al igual que otros empleos, ha ido perdiendo progresivamente estas características. Incluso, para algunos sectores al interior del magisterio, se ha llegado a equiparar con trabajos no calificados y de menor responsabilidad. En este contexto, resulta pertinente realizar un breve análisis sobre por qué actualmente existe un amplio debate en torno a la pérdida de su carácter como trabajo decente.
De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, un empleo, para ser considerado como trabajo decente, debe ofrecer oportunidades para que todas las personas accedan a un trabajo productivo y puedan desarrollar una trayectoria laboral y profesional en condiciones de libertad, equidad, seguridad y dignidad humana. No obstante, la docencia pública, especialmente en el nivel de educación básica en México, ha experimentado transformaciones que permiten identificar las razones de su creciente caracterización como un trabajo precario.
En 2007, la modificación del sistema previsional solidario que cubría a los trabajadores del Estado bajo la Ley del ISSSTE dio paso a un sistema individualizado de pensiones, conocido como AFORE. Para quienes optaron por este esquema, el panorama de jubilación resulta actualmente desfavorable, pues implica una reducción significativa en los ingresos al momento del retiro. Esto ha provocado que muchas y muchos docentes que ya podrían jubilarse opten por continuar laborando, incluso en edades avanzadas.
Por otro lado, la eliminación del programa Carrera Magisterial en 2015 y su desvinculación de la clave presupuestal 07, relativa a la compensación garantizada, implicaron un proceso de desprofesionalización de la actividad docente. El conocimiento adquirido en la formación inicial pierde su carácter especializado, mientras que las condiciones de trabajo se desplazan hacia una cultura de rendición de cuentas, evaluación por indicadores y resultados estandarizados. Esto ha generado una dinámica de intensificación del trabajo y desgaste laboral que conlleva el estancamiento profesional, la pérdida de sentido de la actividad y un sentimiento de burnout y malestar docente constante.
En este contexto, a la escuela pública se le exige resolver múltiples problemas estructurales de la sociedad mexicana. En consecuencia, las y los docentes se encuentran desbordados por el aumento de tareas tanto dentro como fuera de la jornada laboral. Este proceso, identificado como proletarización del trabajo docente, debilita las condiciones de seguridad y estabilidad laboral, en las que no solo se pierde el control sobre la práctica pedagógica, sino también la posibilidad de construir una trayectoria profesional plena.
En este sentido, la precariedad laboral se ha convertido en una de las principales características del trabajo magisterial contemporáneo, erosionando la seguridad y estabilidad que antes lo distinguían. Actualmente, la flexibilidad, la polivalencia y la sobrecarga son lo que lo definen. En lo salarial, los aumentos de los últimos años no han impactado en el poder adquisitivo de los salarios docentes, sobre todo para los profesores de nuevo ingreso, lo que los orilla a recurrir al pluriempleo.
Las reformas educativas no han reconocido el enorme deterioro de las condiciones laborales del magisterio: la pérdida del poder adquisitivo, la intensificación de las actividades y el incremento de responsabilidades al interior de las escuelas, ni la necesidad de procesos de actualización y reconocimiento que mejoren el desarrollo profesional. Tampoco se han establecido mecanismos suficientes de acompañamiento y apoyo emocional.
Expreso mi reconocimiento a las y los docentes que, día a día, trabajan en condiciones adversas y continúan desempeñando su labor con compromiso, ética y vocación.