Algunos de los más grandes jefes del empresariado chihuahuense volaron la semana pasada a Saltillo, Coahuila, y no precisamente para comprar sarapes.
Más bien —según le contaron a Mirone— fue para “echarle la cobija” al virtual candidato del PRIAN al Gobierno del Estado de Chihuahua, Marco Bonilla Mendoza, quien los alcanzó en la capital coahuilense para sentarse a hablar de lo que vendrá en los próximos meses.
Entre los grandes capitanes de empresa que se dieron “la escapada” al estado vecino están los miembros de algunas de las familias que dominan hoy en día el panorama empresarial de la capital y que tienen su peso específico en el tablero nacional de los negocios. Avezados en materia empresarial, pero también en patrocinio de campañas, pues.
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La reunión se celebró apenas una semana después de que Bonilla Mendoza presentara el quinto y último informe de sus dos administraciones como presidente municipal. Decimos el último porque el sexto, con toda certeza, ya lo presentará su suplente.
En aquella ceremonia, efectuada en el emblemático y bien politizado Centro de Convenciones de Chihuahua, estuvieron algunos de los grandes jefes empresariales de la capital y, ojo, el gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez, único “rock star” de la política que queda en ese remilgo de partido que es hoy en día el PRI.
En aquella ocasión, en una entrevista banquetera muy breve, el coahuilense —que todavía saborea el carro completo que les puso a todos en su estado en las elecciones de este año— sugirió “respetuosamente” que exploraran en Chihuahua la opción, no de una coalición de partidos, sino de una candidatura común. Más sencillo, menos enredoso, más fácil de digerir para el electorado. Sonaba bien, pues.
“El respeto a la grilla ajena es la paz”, dijo en aquella ocasión quien fuera alcalde de Saltillo.
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Lo cierto es que, apenas unos días después, los meros “McClain” del capital chihwawita se subieron a un jet privado para volar hasta Saltillo y encontrarse allá con el aún alcalde de Chihuahua y próximo candidato del PAN, si no es que del PRIAN.
Reuniones como esas suelen darse en Chihuahua desde hace mucho, pero cuando ya están definidas las candidaturas de un lado y del otro.
La leyenda urbana, que corría con fuerza en los pasillos de los partidos, es que empezaban poniéndole “kórima” a las dos campañas y, conforme se iba dibujando hacia dónde volaba la diosa de la victoria, le cargaban la cuenta al que iba adelante.
Acá es un tanto distinto: aún no hay definición en el frente de la 4T y ya se reunieron con el muy probable abanderado del PRIAN.
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Todavía no termina Morena de digerir el trago amargo de designar candidatos —coordinadores— en estados donde había una cerrada competencia interna, cuando ya se le viene encima la nada fácil tarea de ponerse de acuerdo con sus aliados para el reparto de las candidaturas a diputaciones locales y presidencias municipales.
¡Vaya que será un tiro, y de peso completo, en “prime time”! Porque aquí los tres partidos quieren que el otro les arrime votos para subir su porcentaje y, con ello, sus posiciones en ayuntamientos y congresos, antes de pensar que deben abonarle a la causa para que continúe adelante el proyecto de la 4T o, al menos, evitar que les pongan una repasada en junio próximo.
En Chihuahua todavía no se define la candidatura: si será Cruz Pérez Cuéllar o Andrea Chávez. Lo que sí tienen claro es que deberán hacer una difícil partición, “mitad y mitad”, de las 67 candidaturas a presidencias municipales y las 22 diputaciones locales de mayoría con el PT y el PVEM.
¡Upssss! Eso sí que va a estar difícil.
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Lo que le contaron a Mirone es que la guerra “cuaticida” —o sea, a muerte entre cuates— se dará en los distritos con cabecera en Juárez, donde los tres partidos quieren su tequila y su limón, bien servidos.
El PT, de seguro, pedirá su Distrito VI, que ha ganado en los últimos años y que conserva hoy en día con la diputada Irlanda Dominique Márquez, quien podría presentarse otra vez como candidata, mientras que el PVEM probablemente pida el Distrito IX, según le chismearon a Mirone.
El detalle está en que Morena se sabe ganador en al menos ocho de los nueve distritos “juaritos” y en la elección del Ayuntamiento, sin problema. Podría jugarla solo y, aun así, sacaría una ventaja abrumadora frente al PRIAN y, contimás, contra sus aliados.
El dilema está en si morenistas, petistas y verdes deciden “sacrificar” dos distritos ganados en Juárez en aras de mantener bien amarrada una alianza que perdure cuando ya esté instalada la LXIX Legislatura.
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El resto podría ser historia, de no ser porque el PT levanta la mano en algunos enclaves importantes, como Cuauhtémoc —municipio y distrito— o Nuevo Casas Grandes, donde gobierna actualmente, mientras que el PVEM podría pedir también la cabeza de la planilla del Ayuntamiento en alguno de los municipios importantes.
Todo eso, aunque no lo crea el amable lector de este Mirone metiche, ya está haciendo remolinos en la mesa de negociación, y ni siquiera han logrado ponerse de acuerdo para elegir a su coordinador o coordinadora de la defensa de la transformación, como les llaman ahí a los candidatos a gobernador o gobernadora.
Ese reparto será, justamente, el hilo con el que se buscará remendar la alianza, que quedará bastante rasgada una vez que la dirigencia nacional de Morena destape la candidatura y decida postular a una de sus opciones, dejando con las ganas a la otra.
¿Les alcanzará el carrete para tanto remiendo?
Ya lo veremos.
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“La distancia entre los dos es cada día más grande…”
Así inicia la canción Retirada, de José Alfredo Jiménez, que cantaba magistralmente Javier Solís y que ahora viene bien para describir la relación entre el Gobierno de la República y el Gobierno de Chihuahua.
Primero, la gobernadora María Eugenia Campos Galván no asistió a la ceremonia de presentación del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, celebrada en Palacio Nacional el pasado 2 de septiembre.
Fue la única ausencia entre los 32 titulares de los Ejecutivos estatales en aquella jornada, a la que sí acudieron sus correligionarios de Aguascalientes, Guanajuato y Querétaro.
La mandataria chihuahuense emitió al día siguiente un comunicado en el que explicaba por qué no estuvo en Palacio Nacional:
“Al respecto les digo que uno sabe bien cuándo una invitación es por compromiso y cuándo por consideración”.
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Pues bien, en esta ocasión, ni compromiso ni consideración. Más bien es “borrón”, porque ni anotada está en la lista de invitados a la visita que hará la presidenta Sheinbaum a Ciudad Juárez el próximo sábado 19 de septiembre.
Según lo han confirmado fuentes del Gobierno del Estado, hasta la mañana del miércoles 16 de septiembre no había llegado invitación alguna al “magno evento”, programado para las 13:00 horas del sábado en la Plaza de la Mexicanidad.
Es la mayor plaza de Juárez y esta, a su vez, es una de las mayores “plazas” del morenismo en todo el país. Ahí se presentará la primera mandataria de la nación para exaltar los logros alcanzados por su gestión en el estado de Chihuahua durante los últimos 12 meses.
Aplauso seguro, rechifla controlada —si la hay— y muchedumbre para contrarrestar cualquier acto de protesta.
Si no es un acto partidista, ¡qué desperdicio de pinta!
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Tanto la dirigencia como la diputación local de Morena en Chihuahua han venido señalando que la gobernadora Campos Galván se comporta más como jefa de campaña del Partido Acción Nacional —y de los asociados que lo acompañen— que como cabeza de un Gobierno que debe atender a todos los habitantes de la entidad, sin distingo de partido.
El panismo, a su vez, ha enderezado intensas campañas contra el Gobierno Federal encabezado por Morena, al que no deja de atribuirle nexos con el crimen organizado y de equipararlo con la “muerte” o la “dictadura”.
Se puede entender que dos fuerzas políticas se ataquen, se critiquen, se señalen y hasta exageren una que otra mancha en el expediente. El problema comienza cuando los gobiernos se ponen en el mismo plan, porque ahí los afectados son los gobernados.
Valdría recordarles a ambas fuerzas políticas que los ciudadanos que no se identifican ni con una ni con otra, incluidos aquellos que ni siquiera van a votar, representan alrededor del 50 por ciento de la población, si no es que más.
Así que se merecen un poco más de respeto.
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Bastan unos cuantos minutos de lluvia para que Ciudad Juárez se convierta en un enorme charco fronterizo. Las avenidas se vuelven arroyos, los pasos a desnivel quedan anegados, los vehículos son arrastrados o terminan varados y miles de ciudadanos deben jugarse el pellejo para llegar a su casa.
No es mala suerte ni castigo del cielo. Es el resultado de décadas de abandono y carencias en infraestructura urbana.
Porque al pobre Juaritos, cuando no le llueve, le llovizna. Pero cuando finalmente le cae agua, queda al descubierto la ciudad que los gobiernos han preferido esconder debajo del pavimento: una frontera que creció sin orden, sin planeación suficiente y, sobre todo, sin un sistema integral de drenaje pluvial.
Y después de cada tormenta aparece el mismo desfile: funcionarios supervisando charcos, cuadrillas destapando alcantarillas, patrullas cerrando calles y autoridades recomendando a los ciudadanos que no salgan de casa.
Lo único que nunca aparece es la solución.
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Ahí tienen los aspirantes de todos los colores uno de los temas que debería ser prioritario en la agenda electoral de 2027. No importa si buscan la gubernatura, una presidencia municipal o una diputación: quien venga a pedirle el voto a los juarenses tendría que explicar qué piensa hacer para que la ciudad deje de colapsar cada vez que llueve.
Porque seguridad no es solamente protegerse de los traviesos que echan bala y cometen cuanto delito se les antoja impunemente. También es poder circular por una avenida sin que una corriente arrastre el automóvil, caminar sin caer en una alcantarilla oculta bajo el agua o llegar a casa sin encontrar la colonia convertida en laguna.

Ese es el verdadero talón de Aquiles de Ciudad Juárez: administraciones van y administraciones vienen, inauguran puentes, repavimentan las mismas avenidas y anuncian obras con bombo y platillo, pero ninguna ha querido comprometerse con un proyecto integral, costoso y de largo plazo para construir la infraestructura pluvial que necesita la frontera.
Claro, el drenaje no deja una placa bonita para la fotografía ni se puede inaugurar completo antes de la siguiente elección. Está debajo de la tierra y requiere miles de millones de pesos. Quizá por eso ha resultado mucho más rentable prometerlo que construirlo.
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La ciudad necesita un plan maestro de drenaje pluvial, con estudios serios, presupuesto multianual y metas de corto, mediano y largo plazo. También requiere un acuerdo entre los tres niveles de Gobierno para que el proyecto sobreviva a los cambios de administración y no termine guardado en el mismo cajón donde descansan tantas promesas para Juárez.
La idea puede parecer utópica, pero esta frontera ya ha sido endeudada durante décadas por proyectos bastante menos útiles. Para muestra está el Plan de Movilidad Urbana, que todavía se sigue pagando.
¿Por qué no comprometer recursos durante varios años para una obra que realmente proteja la vida, el patrimonio y la movilidad de los juarenses?
Los aspirantes tendrán que decidir si en 2027 vienen a ofrecer otra colección de ocurrencias electorales o si están dispuestos a firmar un compromiso que obligue a sus partidos y gobiernos a resolver una de las mayores carencias de infraestructura de la ciudad.
Así que, candidatos, candidatas y candidates, si quieren el voto de los juarenses, ahí se las dejamos botando…
Aunque tendrán que sacarla del agua.
Don Mirone