Desde hace algún tiempo se ha venido desarrollando en TikTok una tendencia por demás interesante, alejada de las habituales dinámicas de exhibición de viajes, outfits, comidas exóticas o estilos de vida aspiracionales. En esta ocasión, maestras y maestros de distintos niveles del sistema educativo público mexicano están mostrando algo mucho menos convencional: cómo toman la decisión de abandonar el servicio docente, cómo se preparan para hacerlo y, sobre todo, el momento en que acuden a las distintas oficinas educativas para formalizar su renuncia a una plaza de base.
Más allá de la peculiaridad de que una decisión laboral de esta naturaleza se convierta en contenido para redes sociales, el fenómeno resulta relevante por lo que parece expresar acerca de las transformaciones recientes del trabajo docente. No se trata únicamente de observar quiénes renuncian, sino de preguntarnos qué condiciones hacen posible que una plaza que durante décadas fue considerada una de las expresiones más importantes de estabilidad laboral y movilidad social haya dejado de representar, para algunos docentes ya en servicio y para quienes pensaban en estudiar o estudian actualmente, una opción suficientemente atractiva para permanecer en el servicio.
Entre las razones que aparecen con mayor frecuencia destacan la incertidumbre que actualmente acompaña al ingreso y la permanencia en el magisterio, así como salarios que, para una parte importante de las nuevas generaciones docentes, resultan poco competitivos frente a otras actividades laborales, incluso algunas que ya no requieren necesariamente de estudios profesionales. A ello se suma el incremento sostenido de responsabilidades administrativas, de gestión y de atención que deben ser asumidas por las y los docentes dentro de su jornada laboral. El problema no radica únicamente en que existan más tareas, sino en que muchas de ellas terminan desplazando el tiempo y la energía disponibles para la actividad que constituye el núcleo de su profesión, enseñar.
La tendencia de TikTok permite advertir que las razones de la renuncia no son exclusivamente económicas. La polivalencia y la multifuncionalidad que caracterizan crecientemente al trabajo docente en la educación básica han modificado de manera importante el contenido de la profesión. Al docente se le demanda enseñar, evaluar, atender situaciones socioemocionales, realizar tareas administrativas, participar en proyectos institucionales, generar evidencias, establecer comunicación permanente con las familias y responder a múltiples requerimientos de gestión escolar. La ampliación de estas funciones no siempre ha estado acompañada de mejores condiciones laborales, mayores ingresos o mecanismos efectivos de reconocimiento profesional.
De esta manera, lo que aparece como una decisión individual puede ser leído también como la expresión de una tensión estructural: se exige cada vez más a quienes ejercen la docencia, pero no necesariamente se incrementan en la misma proporción las condiciones materiales y simbólicas que hacen sostenible su ejercicio profesional. El resultado puede traducirse en frustración, desgaste y hartazgo, particularmente cuando las nuevas responsabilidades deben resolverse con recursos económicos, materiales y personales de los propios docentes para poder atender adecuadamente a sus comunidades escolares. Sobre todo a partir de la pandemia, muchas de esas prácticas se normalizaron.
A esta situación se agrega un problema particularmente relevante, las escasas posibilidades de crecimiento y el estancamiento profesional que experimentan muchos docentes de nuevo ingreso. La situación contrasta de manera evidente con las condiciones laborales y salariales de quienes ingresaron al servicio bajo otros arreglos institucionales y previsionales, particularmente antes de las transformaciones derivadas de la reforma a la Ley del ISSSTE de 2007.
La coexistencia de múltiples esquemas laborales y previsionales al interior de un mismo colectivo docente produce, inevitablemente, mecanismos de comparación entre pares. Quienes realizan funciones similares, atienden grupos semejantes y enfrentan prácticamente las mismas responsabilidades pueden encontrarse, sin embargo, en condiciones salariales y de seguridad social profundamente distintas. “¿Por qué, por hacer el mismo trabajo y atender al mismo número de alumnos que mi compañera, gano cuatro veces menos?”, comentaba una de mis alumnas en clase. La pregunta, más allá de su dimensión anecdótica, sintetiza una de las contradicciones más visibles del actual mercado laboral docente, la realización de un trabajo aparentemente equivalente no garantiza condiciones laborales equivalentes, por ejemplo las y los maestros que llevan desde su ingreso con plazas en condición de interinato.
La eliminación del régimen de pensiones de carácter solidario en 2007 y la desaparición del Programa de Carrera Magisterial en 2012 forman parte de una serie de transformaciones que modificaron las expectativas de quienes ingresaron posteriormente al servicio docente. Para estas nuevas generaciones, la trayectoria profesional parece construirse bajo condiciones menos favorables y con menores certezas respecto de su futuro laboral y previsional. El problema no reside solamente en cuánto gana actualmente un docente, sino en qué tan posible resulta construir, a partir de ese empleo, una trayectoria profesional y una vida económicamente sostenible a largo plazo.
Conviene recordar, en este punto, la crisis que se produjo en febrero de 2025 a partir de la propuesta de nuevas modificaciones a la Ley del ISSSTE. La iniciativa provocó una amplia movilización magisterial a nivel nacional y reactivó una demanda que había adquirido especial relevancia política: el compromiso de derogar dicha legislación. La discusión volvió a colocar en el centro del debate la cuestión de las pensiones, pero también hizo evidente la distancia existente entre las expectativas construidas por el magisterio y las posibilidades financieras del Estado para restituir un esquema previsional de carácter solidario.
La respuesta gubernamental ha insistido en que no existen recursos suficientes para regresar al esquema anterior y, frente a ello, se ha planteado complementar las condiciones previsionales mediante mecanismos como las pensiones del bienestar. El problema es que este tipo de respuestas puede funcionar como una compensación en el presente, pero no necesariamente resuelve la incertidumbre respecto del futuro laboral y previsional de quienes apenas comienzan su trayectoria en el servicio docente.
Por ello, quizá el fenómeno que observamos en TikTok no debería ser interpretado simplemente como una colección de historias individuales de maestras y maestros que decidieron renunciar a una plaza. Lo significativo es preguntarnos qué está ocurriendo cuando la renuncia comienza a convertirse en una posibilidad narrada, compartida e incluso mostrada públicamente como una decisión razonable.
Durante décadas, la plaza docente de base representó estabilidad, seguridad social, posibilidad de jubilación y, en muchos casos, una forma de movilidad social. Hoy, para algunos sectores del magisterio de nuevo ingreso, esa misma plaza parece estar perdiendo parte de su capacidad para garantizar dichas expectativas. El problema, entonces, no es solamente que algunos docentes estén renunciando. El problema más profundo es que el empleo docente puede estar dejando de funcionar como una promesa de futuro.
Y quizá por eso resulta tan inquietante aquella invitación que circula en las redes: “Acompáñame a renunciar a mi plaza docente”.
Detrás de la aparente ligereza de un video de TikTok puede encontrarse una pregunta mucho más seria sobre el futuro del trabajo docente en México ¿qué tendría que ofrecer hoy el magisterio para que renunciar a una plaza estable dejara de parecer una opción razonable?
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