“Todos mienten”, sentenció el doctor Gregory House desde el primer episodio de la serie. House es un personaje de ficción, no un filósofo, pero su diagnóstico parece tener expediente mexicano.
En 2007, una encuesta de Consulta Mitofsky encontró que los mexicanos reconocían decir 3.6 mentiras diarias: los hombres 4.2 y las mujeres tres.
Mentían por necesidad, conveniencia, costumbre, diversión, para evitar conflictos o no ser rechazados. Casi cuatro mentiras al día y todavía nos queda tiempo para indignarnos por las ajenas.
En México la mentira no siempre avergüenza. A veces hasta acredita experiencia. Al mentiroso que no ha sido descubierto lo llamamos astuto, hábil, colmilludo, muy vivo. Cuando finalmente lo atrapan, aparece el dedo flamígero y lo llamamos corrupto. Es una doble moral: admiramos el engaño mientras produce dividendos y recuperamos la conciencia cuando fracasa.
La mentira es una forma de corrupción porque altera la verdad para obtener una decisión, un permiso o un beneficio que quizá no se habría concedido conociendo los hechos. El soborno compra la voluntad de quien decide; la mentira corrompe la información con la que decide. Cambia el instrumento, no la intención.
Jordan Peterson formuló una regla modesta y al mismo tiempo exigente: “Di la verdad o, por lo menos, no mientas”. Bernard Williams, en ‘Verdad y veracidad’, señaló dos virtudes indispensables: la exactitud, que obliga a procurar conocer la verdad, y la sinceridad, que exige decir honestamente lo que uno cree verdadero.
La persona que miente no solo falta a la verdad: traiciona la confianza y adquiere poder sobre a quién engaña, porque manipula sus decisiones.
Eso ocurre en un puente internacional. La oficial pregunta: “¿A qué va?”. La respuesta fronteriza por excelencia es: “De compras”. Tres palabras capaces de llevar más de lo que hubiere que la cajuela. A veces significan exactamente eso; otras, visita familiar, consulta médica programada, trabajo no autorizado, permanencia prolongada o hasta un parto cuidadosamente planeado.
Para nosotros puede ser una expresión cultural. Para el oficial de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos es una declaración sobre el propósito del ingreso. No escucha folclor mexicano: determina admisibilidad. Compara la respuesta con el historial de cruces, el equipaje, el dinero disponible, el domicilio, el empleo y los documentos. Si algo no concuerda, puede enviar al viajero a inspección secundaria. La visa permite presentarse en la frontera; no obliga a Estados Unidos a admitir a su titular. No es un derecho otorgado a quien la posea.
Por eso nos exigen tantos comprobantes al solicitar una visa o pedir la entrada. No únicamente porque los mexicanos, hombres y mujeres mintamos, sino porque la ley coloca sobre el extranjero la carga de demostrar identidad, propósito, solvencia y elegibilidad. Sin embargo, cada engaño descubierto termina convertido en otro documento que nos exigirán a todos. Quién miente obtiene una ventaja individual y deja como herencia colectiva otra fila, otro formulario y otra sospecha.
La falsedad adquiere consecuencias mayores cuando es material: cuando la verdad podría haber cambiado la decisión del agente. Decir “voy de compras” cuando el propósito real es trabajar, recibir atención médica previamente planeada u obtener otro beneficio puede provocar cancelación de la visa, rechazo de entrada y, en casos graves, inadmisibilidad por fraude o tergiversación deliberada. No se castiga el embarazo ni el simple hecho de tener un hijo estadounidense. Se investiga si hubo un propósito oculto y una declaración falsa para conseguir la entrada.
Haber pagado completamente un hospital elimina la deuda, pero no necesariamente la mentira. Son preguntas diferentes: ¿Pagó el servicio? ¿Dijo la verdad al cruzar? Una factura en ceros no borra por sí sola una declaración falsa. Tampoco todo nacimiento ocurrido en Estados Unidos demuestra engaño: pudo existir residencia legal, tratamiento médico declarado o una emergencia. El Gobierno debe distinguir y no cortar con machete donde corresponde utilizar bisturí.
Algo semejante ocurre con quienes poseen residencia permanente, viven en México y cruzan diariamente para trabajar. Una residencia ordinaria supone mantener el hogar permanente en Estados Unidos. Declarar un domicilio ficticio o aparentar vivir allá puede provocar una revisión. Pero tampoco todos están en falta: existe legalmente la modalidad de residente commuter para quien vive en México o Canadá y cruza regularmente por empleo. El problema no es vivir de este lado del río, sino mentir sobre la situación migratoria o pretender conservar una condición distinta de la que realmente se ejerce.
Durante décadas muchas de estas prácticas fueron conocidas o toleradas. Pero tolerancia no significa legalidad y la costumbre no convierte automáticamente el engaño en derecho adquirido. Donald Trump no inventó la sanción por mentir ante una autoridad migratoria. Su Gobierno decidió buscarla y aplicarla con una severidad que antes no se veía. Podrá hacerlo con justicia individual o con arbitrariedad colectiva; ese será el punto que habrá que vigilar.
Los estadounidenses también mienten. No poseen un gen especial de sinceridad ni desayunan a Kant con café y huevos. La diferencia comprobable no es que sean moralmente superiores, sino que su sistema migratorio asigna consecuencias muy graves a determinadas mentiras. Aquí en México, podemos llamar “astuto” al que engaña al oficial. Allá pueden llamarlo inadmisible, criminal.
Podemos criticar la dureza de Trump, su oportunismo o el uso de un machete migratorio. Lo que no podemos exigir es que Estados Unidos considere inocente una mentira porque nosotros la convertimos en costumbre. Mentir para obtener una visa, entrar con un propósito oculto o conservar una residencia mediante datos ficticios no es viveza fronteriza. Es corrupción de la verdad para conseguir un beneficio. Y cuando la mentira cuesta la visa, quién mintió deja súbitamente de parecer inteligente. Lástima que la conciencia llegue después que el oficial de CBP. Así es el meollo del asunto.
Fuentes de verificación
• Consulta Mitofsky, “La mentira cotidiana, una aceptada costumbre” (2007), difundida por Expansión
• USCIS Policy Manual, vol. 8, parte J: fraude y tergiversación deliberada
• CBP, Immigration Inspection Program y Applying for Admission into the United States
• USCIS Policy Manual, vol. 11, parte B, cap. 4: Commuter Cards
• Jordan B. Peterson, 12 reglas para vivir, regla 8
• Bernard Williams, Verdad y veracidad: una aproximación genealógica (2002)
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