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La droga que se queda

Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio

Por Daniel Valles | Norte Digital | 2:08 pm 1 julio, 2026

Durante muchos años, México encontró una explicación relativamente cómoda para el problema del narcotráfico. Éramos productores, transportistas involuntarios y víctimas de la violencia asociada al negocio. Las drogas se dirigían a otros mercados. Los consumidores estaban principalmente al norte de la frontera. Nosotros poníamos las rutas, los decomisos y los muertos.

Esa explicación ya no alcanza para describir la realidad.

El Informe Mundial sobre las Drogas 2026 de la Organización de las Naciones Unidas confirma algo que miles de familias mexicanas conocen desde hace años: las drogas ya no solamente cruzan por México. Las drogas se están quedando en México. El país sigue siendo un actor fundamental en la producción y distribución internacional de narcóticos, pero al mismo tiempo se está convirtiendo en un consumidor cada vez más importante, particularmente de drogas sintéticas como la metanfetamina. Los datos son contundentes. Entre 2015 y 2023, el número de personas que recibieron tratamiento por consumo de metanfetaminas se multiplicó por veinticinco, mientras que los ingresos hospitalarios relacionados con estos estimulantes crecieron siete veces. Sin embargo, las estadísticas adquieren una dimensión completamente distinta cuando se observan desde Ciudad Juárez.

Nuestra ciudad conoce desde hace décadas los efectos devastadores del narcotráfico. Durante años aparecimos en los encabezados internacionales por los niveles de violencia, los homicidios y las disputas entre organizaciones criminales. Aquella etapa dejó cicatrices profundas que todavía forman parte de la memoria colectiva de la comunidad. Pero mientras la atención pública se concentraba en los enfrentamientos y las ejecuciones, otra tragedia comenzaba a desarrollarse silenciosamente dentro de los hogares.

La drogadicción dejó de ser un problema lejano para convertirse en una realidad cotidiana. Familias completas comenzaron a enfrentar situaciones que antes parecían excepcionales. Hijos atrapados por las adicciones, matrimonios destruidos, abandono escolar, problemas de salud mental, violencia doméstica y una creciente sensación de desesperanza en sectores vulnerables de la población.

En Ciudad Juárez existen numerosos testimonios de personas que han logrado recuperar sus vidas gracias al trabajo de organizaciones comunitarias, grupos religiosos y programas de rehabilitación. Su labor revela una verdad incómoda: el problema de las drogas no puede entenderse únicamente como un asunto de seguridad pública. La adicción es también una crisis espiritual, familiar, cultural y social.

Por ello resultan particularmente relevantes las observaciones de Carlos Ortiz, quien ha insistido en que la reconstrucción del tejido social debe convertirse en una prioridad si se pretende enfrentar seriamente el fenómeno de las adicciones. Su planteamiento es sencillo, pero profundo: no basta con perseguir criminales si no se restauran las personas. No basta con decomisar sustancias si las familias continúan desintegrándose. No basta con aumentar presupuestos de seguridad si una generación completa pierde el sentido de propósito y pertenencia.

El informe de la ONU parece apuntar precisamente en esa dirección. Durante décadas se pensó que la solución consistía en más policías, más soldados y más operativos. Esas herramientas tienen una función importante, pero los datos actuales muestran que el fenómeno es mucho más complejo. La metanfetamina ya no representa únicamente un problema de tráfico internacional. Se ha convertido en un problema de salud pública, de educación, de convivencia familiar y de cultura.

Y precisamente en el ámbito cultural encontramos uno de los aspectos más preocupantes. México ha consumido durante años una creciente dosis de narcocultura. Series televisivas, canciones, películas y contenidos en redes sociales han contribuido a construir una imagen donde el criminal aparece como poderoso, exitoso, admirado y hasta digno de imitación. Poco a poco se ha normalizado la idea de que el dinero rápido, el lujo ostentoso y la vida fuera de la ley constituyen una forma legítima de éxito.

Cuando una sociedad comienza a admirar aquello que debería rechazar, el problema deja de ser únicamente criminal para convertirse en moral y cultural.

Mientras tanto, las organizaciones criminales continúan adaptándose. La ONU documenta que México se ha consolidado como una potencia mundial en la producción de metanfetaminas y que el conocimiento técnico desarrollado por grupos criminales mexicanos ha llegado incluso a otras regiones del mundo. Ya no solamente se exportan drogas; también se exportan métodos, conocimientos y estructuras operativas. Al mismo tiempo, la tecnología amplía las capacidades del crimen organizado mediante el uso de drones, sistemas de comunicación avanzados y nuevas modalidades de distribución.

Todo esto obliga a replantear la conversación pública. La pregunta ya no es solamente cuánta droga cruza la frontera. Tampoco basta preguntarse cuántos decomisos se realizaron este año. La pregunta verdaderamente importante es cuántas familias están siendo destruidas por las adicciones, cuántos jóvenes están perdiendo su futuro y cuánto daño permanece dentro de nuestras comunidades.

Porque la gran lección que deja el informe de la ONU y que Ciudad Juárez observa todos los días es que las drogas ya no son únicamente un problema que pasa por México. Ahora viven entre nosotros. Y mientras no se reconstruyan las personas, las familias y las comunidades, cualquier victoria será temporal.

* Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio.

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