En 1995, la vida de Rosaura Montañez Lermas se rompió cuando su hija, Araceli Esmeralda, fue asesinada en Ciudad Juárez. Tenía 19 años. Con el paso del tiempo, ese crimen sería identificado por la familia como un caso de feminicidio.
Desde entonces, lo que siguió, además del duelo, fue un camino largo, desgastante y lleno de obstáculos: el de buscar justicia.
Durante más de tres décadas, Rosaura sostuvo una exigencia constante frente a instituciones que cambiaban de nombre, de funcionarios y de discursos, pero no de resultados. Su caso avanzó entre omisiones, expedientes mal integrados y decisiones que, lejos de esclarecer, cerraban puertas.
Con el tiempo, descubrió que el asesinato de su hija había sido tratado como un homicidio simple. Que el expediente había sido cerrado. Que incluso la posibilidad de detener a un responsable se había desvanecido en los pliegues de la burocracia. Nadie se lo notificó.
A partir de ahí, su lucha tomó otro rumbo: lograr que el caso fuera reconocido como feminicidio, para evitar la prescripción y abrir nuevamente la posibilidad de justicia.
Rosaura caminó oficinas, acudió a protestas, participó en actos de memoria hasta el cansancio parecía imponerse. Fue una madre que tuvo que aprender a moverse dentro de un sistema que no estaba diseñado para acompañarla.
En cada aniversario, en cada cruce de calles, en cada sitio donde se recordaba a su hija, estuvo presente.
Su historia se entrelaza con la de muchas otras mujeres en Ciudad Juárez: madres que, ante la ausencia de respuestas, convirtieron el dolor en una forma de resistencia. Rosaura no dejó de insistir.
Incluso cuando el caso parecía cerrado y cuando las instituciones daban por terminado lo que para ella seguía abierto.
Murió a escasos días de una fecha que para ella nunca dejó de doler: el cumpleaños de Esmeralda, que este año habría cumplido 50.
Su muerte no sepulta su lucha porque esta no solo fue por su hija, su legado ayudará a evitar que otros casos corran con la misma suerte.
Las voces que la despiden
La muerte de Rosaura no solo deja un vacío en su familia, también en una red de mujeres y familias que durante años compartieron la misma lucha: la búsqueda de justicia para sus hijas.
Desde Nuestras Hijas de Regreso a Casa, organización a la que perteneció, su fundadora Norma Esther Andrade colocó expresó:
“Cuántas madres más tenemos que partir de esta vida terrenal sin obtener justicia. Vuela alto para encontrarte con tu hija.”
En esa misma línea, Marisela Ortiz -otra de las fundadoras- recordó a Rosaura como parte de una generación de madres que no soltaron la exigencia, aun frente a la impunidad:
“Con la frente en alto y el corazón lleno de amor, seguramente Rosaura ahora encuentra la paz que tanto buscó, en un lugarcito privilegiado muy cerca de Dios, sentada junto a su hija Esmeralda, después de luchar por ella hasta el último aliento.
“Descanse en paz, mi querida Rosaura, confiada en que la semilla que usted sembró dará muy buen fruto. Y su hija Marcela Mont, nuestra querida ahijada, no se queda sola, pues aquí estamos firmes para consolarla y acompañarla por el resto de nuestros días”, expresó a través de sus redes sociales.
Desde lo más íntimo, su hija Marcela compartió un mensaje que refleja el dolor inmediato de la despedida: “Hoy es el funeral de mi madre, (es muy difícil hacer esta publicación) pero espero puedan despedirse de ella todas y todos que le quisieron y conocieron en vida. Solo Dios sabe los tiempos, las formas y las situaciones en las que ocurren las pedidas de aquellos que tanto amamos. Solo pido que no me suelte de su mano, me consuele en todo momento, me fortalezca, enseñe y me guíe por el mejor camino, aquel que se encuentre lleno de amor, hasta encontrar mi final”.
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