El caso de Araceli Sánchez Martínez, mujer en movilidad, fue excepcional no por haber muerto en su travesía hacia Estados Unidos —tragedia común entre quienes se adentran en la trampa mortal que representa el desierto—, sino porque pocas personas fallecidas en ese contexto logran ser localizadas.
Su cuerpo apareció en medio de la nada, entre arbustos y kilómetros de arena en la zona de Jerónimo, rumbo a Santa Teresa, Nuevo México.
La joven, originaria del municipio de Santiago Jojotepec, Oaxaca, llegó a Ciudad Juárez en medio de la ola de desplazamientos motivados por la pobreza y la violencia en diversas regiones del país, condiciones que poco difieren de las que empujan a miles a migrar desde otros lugares del mundo.
Soñaba con cruzar a Estados Unidos, pero su aspiración quedó truncada en 2023.
El reporte de desaparición señala que fue vista por última vez el 29 de septiembre de ese año, en la colonia Rancho Anapra.
Las autoridades estatales iniciaron la búsqueda con base en información proporcionada, aparentemente, por el “pollero” que la acompañaba y después la abandonó, lo que permitió definir una posible zona de rastreo.
Se realizaron varias incursiones sin éxito, hasta que el 7 de marzo de 2024 se localizaron restos óseos que posteriormente fueron confirmados como suyos.
En las labores participaron agentes del Ministerio Público de la Unidad Especializada en Investigación de Personas No Localizadas o Desaparecidas, elementos de la Agencia Estatal de Investigación (AEI), personal de la Unidad de Servicios Periciales y Ciencias Forenses, el área de Antropología, así como elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y la Guardia Nacional (GN).
También colaboraron un binomio canino K-9, personal de Protección Civil, la Comisión Local de Búsqueda y el Instituto Nacional de Migración (INM).
No obstante el hallazgo, la entrega de los restos no fue inmediata. Se requirió realizar estudios genéticos y solo tres meses después se obtuvo la confirmación.
Con el resultado positivo de ADN, la familia recibió la notificación formal el 7 de junio de 2024.
Los seres queridos de Araceli no pudieron abrazarla con vida una vez más, pero al menos tuvieron a quién llorar; un destino que no comparten miles de familias que nunca vuelven a saber de quienes se perdieron en el desierto, mientras esa tierra árida los guarda y los silencia para siempre.
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