El reloj marca poco más de las 8 de la mañana de este jueves 2 de julio cuando, a la altura del Kilómetro 27 de la carretera que conecta a Ciudad Juárez con Casas Grandes, pasan decenas de vehículos, en su mayoría tráileres, cuyos operadores parecen indiferentes a lo que sucedió en ese lugar.
La escena era diferente a las 10 de la mañana del pasado lunes 28 de junio, cuando la recicladora establecida en ese punto se convirtió en el epicentro de una tragedia ambiental que provocó grandes niveles de contaminación en el aire y subsuelo debido a un incendio de residuos que se propagó por gran parte del terreno donde había material altamente inflamable, como plástico.
Sin embargo, esta mañana todo luce en calma y predomina el silencio en las afueras del centro de acopio de la empresa Servicios Especiales de Mejoras Industriales S.A. de C.V. (Semisa).
Donde estuvieron decenas de bomberos, quienes trabajaron por más de 60 horas para apagar el incendio, ahora no hay más que algunos empleados del establecimiento, encargados de recolectar los residuos para, posteriormente, llevarlos a centros de reciclaje.


La entrada parece que es custodiada por un muñeco colgado sobre un castillo que, con sudadera verde, casco rojo y lentes de sol, permanece como si estuviera atento todo lo que pasa desde lo alto de la reja principal del inmueble
Esta calma fue interrumpida cuando de un vehículo que llegó al sitio bajó un niño, quien de inmediato se acercó a la puerta gritando “¡Señor! ¡Señor!”, en búsqueda de algún adulto que pudiera ayudarlo.
Junto con su madre, en días pasados trajeron una hielera con envases de agua que dejaron para los bomberos que combatían el incendio; ahora esa familia quería saber si el contenedor seguía ahí o se la habían llevado.
Dos empleados, un hombre y una mujer, abrieron la puerta y lo atendieron.
Al observar a personal de medios de comunicación en el exterior, mostraron reserva. Al principio, optaron por mantener la puerta cerrada, pero tras unos minutos, se acercaron para lanzar una invitación a observar cómo quedó el establecimiento.
“Si quieren pásenle a ver, ahorita ya no hay bomberos, ya se fueron, como desde las 10 de la noche. Ahorita nos aventamos una limpiada al lugar. Desde ayer vino Profepa (Procuraduría Federal de Protección Ambiental) y dijo que nos iban a clausurar y ahorita es lo que estamos esperando”, dijo uno de los trabajadores.
Al entrar, el olor a plástico y acero quemado se respira y provoca irritación en la nariz y en la garganta, impregnándose en la ropa. Desde una plancha de cemento, “la explanada”, como le dicen los empleados, se vislumbra todo el panorama: gran parte del lugar quedó hecho cenizas.
En el terreno se levantaban cinco grandes montes, de aproximadamente 4 metros de altura, compuestos por restos carbonizados de plásticos y metal combinados con tierra totalmente ennegrecida.
Mientras, en el suelo permanecen algunos charcos de agua que, al entrar en contacto con los químicos, tomaron un peculiar tono naranja. Además, en la escena permanece una pipa blanca de agua.
Por las orillas del terreno, pegados a la barda, se observan los restos totalmente carbonizados de camiones de distintos tamaños, modelos y épocas, que ahora están totalmente inservibles.
En uno de los puntos más alejados a la entrada, se percibe una pequeña estela de humo que sobrevive tras los trabajos realizados por los bomberos.
Entre los escombros permanecen dos perros, uno blanco y otro color caramelo que utilizan los montes como si se tratase de su patio de juegos. Uno se esconde, mientras el otro se acerca y trata de jugar con los extraños. Los observa, se pasea a su alrededor y luego el animal empieza a recorrer los montes de residuos, como invitando a adentrarse en un particular juego.


Personal de la Dirección General de Protección Civil (DGPC) dio a conocer que desde las 22:00 horas de ayer el incendio quedó controlado, pero que se mantiene un monitoreo permanente en la zona para evitar la reactivación de algún foco de incendio.
Añadió que las labores de vigilancia continuarán este día hasta descartar cualquier riesgo y garantizar que las llamas permanezcan completamente controladas.
La visita al centro de acopio de materiales termina cuando se escucha un “listo, ¿verdad?” que lanza uno de los anfitriones, quien enseguida encamina a los visitantes hacia la salida.
Los trabajadores se quedan con una actitud de resignación en lo que fue su centro de labores.
Mientras los perros siguen jugando entre restos carbonizados, los empleados permanecen a la espera de que Profepa cumpla formalmente con el procedimiento administrativo para cerrar la operación de ese centro de acopio de materiales que las llamas consumieron.
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