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¿Por qué desaparecen nuestros adolescentes?

Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio

Por Daniel Valles | Norte Digital | 10:30 am 23 septiembre, 2026

Siete familias mantienen activa la búsqueda de sus seres queridos en Ciudad Juárez. Tres de las personas desaparecidas son adolescentes de entre 15 y 16 años: Jocelyn, Flor y Julisa. Las tres fueron vistas por última vez el mismo 16 de septiembre.

La coincidencia obliga a preguntar si existe alguna relación entre los casos. Sin embargo, la información difundida no permite saberlo. Conocemos sus fotografías, edades, características físicas, vestimenta y señas particulares. Sabemos cómo ayudar a buscarlas, pero no tenemos elementos suficientes para comprender qué ocurrió.

Y en Ciudad Juárez una pesquisa nunca es solamente una ficha pegada en una pared.

Los antecedentes de desapariciones y asesinatos de mujeres registrados desde los años noventa dejaron una herida que no termina de cerrar. Por eso, cada vez que desaparece una adolescente, la sensibilidad colectiva alcanza inmediatamente su nivel máximo. Nadie quiere volver a escuchar que se exageró el peligro, que se juzgó anticipadamente o que la autoridad reaccionó demasiado tarde.

Toda ausencia debe investigarse desde el primer momento. No puede esperarse a determinar si alguien se marchó voluntariamente, sufrió un accidente o fue víctima de un delito. Mientras no se encuentre a la persona, todas las posibilidades deben permanecer abiertas.

Pero buscar con urgencia no elimina la obligación de informar con claridad.

La desaparición de adolescentes puede relacionarse con múltiples factores: violencia familiar, amenazas, manipulación, búsqueda de placer, deseo de independencia, necesidad de pertenencia, aspiración a una vida mejor, hartazgo o captación por grupos criminales. También puede tratarse de un accidente, una privación de la libertad o un delito más grave.

Nada de eso puede atribuirse, sin pruebas, a estas tres adolescentes.

No sabemos si salieron juntas, si se conocían, si mantuvieron comunicación después de su desaparición, si alguien las persuadió para marcharse o si las autoridades consideran que existe una conexión entre los casos. Tampoco sabemos si investigan una ausencia voluntaria, una captación mediante redes sociales o alguna forma de violencia.

El problema es precisamente ese: no sabemos.

Cuando los informes ofrecidos a la opinión pública carecen de información suficiente y confiable, resulta imposible establecer un diagnóstico. Y sin diagnóstico no puede construirse una estrategia correctiva. Es como intentar curar una enfermedad cuya única descripción consiste en decir que el paciente no se siente bien.

Ese vacío nunca permanece desocupado.

Cuando la autoridad no explica, aparecen quienes están dispuestos a hacerlo por ella. Algunos llenarán el espacio con prejuicios; otros, con intereses políticos; otros más, con una ideología preparada de antemano. Con bases o sin ellas, acomodarán los casos dentro de su propia explicación del mundo.

Después, la misma autoridad puede terminar adoptando alguna de esas interpretaciones porque carece de datos sólidos para responder. Primero desaparece la información y luego aparece el dogma. Así se diseñan campañas muy llamativas, discursos perfectamente inclusivos y estrategias que quizá combaten una causa imaginada mientras la verdadera continúa operando.

Familias, autoridades de los tres niveles de Gobierno, iglesias, escuelas y organizaciones sociales, feministas y no feministas, han realizado esfuerzos para localizar personas y prevenir nuevas desapariciones. Sería injusto negar ese trabajo. Pero también sería irresponsable afirmar que la solución ha sido encontrada.

Los reportes continúan. Las pesquisas se acumulan. Las fotografías cambian, pero las preguntas permanecen.

Aquí aparece una pregunta todavía más profunda: quien desea algo es porque carece de ello, o al menos cree carecer de ello.

Si algunos adolescentes abandonan voluntariamente el seno familiar, ¿qué sienten que les falta dentro y qué esperan encontrar afuera? ¿Afecto, atención, libertad, reconocimiento, seguridad, placer, independencia, pertenencia o una vida distinta?

La carencia no siempre es material. Un adolescente puede tener casa, alimento, escuela y padres presentes, pero sentirse ignorado, incomprendido o sin un lugar propio. También puede creer que carece de algo que realmente posee, pero que una pareja, un grupo, las redes sociales o un adulto manipulador le presentan como insuficiente.

El deseo también puede ser inducido. Alguien puede ofrecer afecto, dinero, aventuras, aceptación o libertad y ocultar detrás de esa promesa la explotación, la violencia o el delito. Lo que parece una salida puede ser una puerta que solamente se abre desde fuera.

Pero nuevamente encontramos el mismo obstáculo: carecemos de información confiable para saber cuánto pesa cada factor. No sabemos cuántos adolescentes fueron localizados, cuántos se ausentaron voluntariamente, cuántos huyeron de la violencia, cuántos fueron manipulados y cuántos terminaron como víctimas de un delito.

Mezclar todos los casos impide comprenderlos. Separarlos antes de encontrar a la persona sería irresponsable; diferenciarlos después de localizarla es indispensable.

El meollo del asunto no consiste solamente en preguntar dónde están. También debemos preguntar qué les faltaba, de qué huían, qué buscaban, qué les ofrecieron y por qué creyeron que debían abandonar su hogar para encontrarlo.

Juárez sabe activar pesquisas, repartir fotografías y movilizar búsquedas. Lo que todavía no sabe explicar es por qué desaparecen sus adolescentes. Mientras la autoridad entregue rostros, señas particulares y teléfonos, pero no produzca conocimiento público sobre las causas, seguiremos atendiendo cada alarma sin comprender el incendio.

Antes de preguntar únicamente dónde están, también necesitamos preguntar qué les faltaba, qué les ofrecieron y por qué creyeron que debían abandonar su hogar para encontrarlo. Ahí, el meollo del asunto.

* Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio.

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