El 5 de diciembre, mientras nos preparábamos para celebrar un cumpleaños en casa, un encargo mínimo —ir al súper de al lado a comprar una vela— se convirtió en un recordatorio brutal de cómo se normaliza el riesgo en Ciudad Juárez.
Max, de 17 años, tomó el coche para recorrer tres cuadras. Sin licencia. Sin seguro. Con la confianza adolescente —y adulta— de que “no iba a pasar nada”. Decidió alargar el trayecto unos minutos más. No avanzó ni 800 metros cuando se pasó un alto e impactó otro vehículo en el que viajaban un padre y su hijo.
El choque fue fuerte. El auto comenzó a incendiarse. Personas que pasaban sacaron un extintor y evitaron que la escena fuera peor. No hubo lesionados. Y eso fue suerte.
Lo peor vino después.
Dos vehículos con daños totales. Un menor de edad al volante. Ninguna póliza que respondiera. Ninguna institución que resolviera. Solo familias negociando en la calle para evitar consecuencias mayores.
Emiliano llegó primero al lugar del accidente, apoyado en muletas, debido a una lesión de su rodilla. Llegó a ofrecer su propio coche como pago para que su hermano no fuera detenido. Y así se resolvió: regresamos a casa sin festejo, sin pastel y sin dos vehículos.
Esa noche la lección no fue menor. Aprendimos cómo funciona la desidia cotidiana en esta ciudad.
En Juárez se maneja sin seguro porque “sale caro”. Se confía el coche a menores porque “es tantito”. Y las malas decisiones pasan la factura.
En una ciudad como esta, en la que circulan más de un millón de automotores, una aseguranza no es un lujo. Es una obligación social, porque no solo protege al que conduce, protege al otro: al padre que va con su hijo, al peatón, al ciclista, al conductor que sin querer se convierte en víctima circustancial.
El problema esa noche del 5 de diciembre no fue el choque. El problema fue todo lo que se normalizó antes de que ocurriera.
El cumpleaños se detuvo a metros de casa. El coche ardía. Un hermano entregaba su patrimonio para salvar al otro. Mientras la familia entendía, demasiado tarde, la omisión.
No eran las velas lo que faltaba. Era conciencia. Era responsabilidad.

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