Nueve a-eme. A esta hora empiezan a llegar pepenadores, vendedores ambulantes, señoras de la limpieza y adictos, todos conocidos por que a diario acuden al comedor público El Barreal, pero también rostros nuevos: recién llegados a la ciudad, deportados y personas que con la pandemia se quedaron sin trabajo.

A las 10:00 horas, en el comedor El Barreal ubicado en la calle 20 de Noviembre, frente al Monumento a Benito Juárez, la fila ya pasa de la vieja escuela primaria 29, a unos cuantos metros antes de llegar a la esquina con avenida Constitución.
“Son las 500 personas que recibimos a diario para darles un desayuno caliente, de las 10 a las 12 del mediodía”, señala Petra Emiliano Ramírez, una de las coordinadoras del comedor administrado por el Municipio.
A la fila se integra un pepenador que empuja un carro de supermercado, con botes de aluminio, fierros oxidados, una plancha destartalada y hasta una almohada destripada, y detrás de él, un perro amarillo que lo sigue a discreción.

Una señora, que apoya su cuerpo sobre un solo pie, que de tanto en tanto lo cambia, cuando avanzan las personas hacia la entrada, mientras juega con una pequeña caja de bolsas negras para la basura.
En junio se multiplicó
“Este programa lo tenemos desde 2016, pero en mayo cerramos por la pandemia, cuando Salud ordenó el confinamiento y que todos nos encerramos en las casas, pero en junio lo reabrimos”, explica Emiliano Ramírez.

Varios jóvenes de delgadez extrema, con huellas de pinchazos en los brazos, con poca coordinación de sus movimientos corporales, esperan un desayuno estándar, un guiso de carne, acompañado de un alimento con base en granos, agua de fruta, frijoles y pan.
De 300 desayunos que se servían antes de la pandemia, aumentó a 500 diarios, a partir de junio, cuando las condiciones de la pandemia cambiaron y que las medidas sanitarias se flexibilizaron, indica la coordinadora.
Los nuevos pobres
“Calculamos que estas 200 personas más que vienen, son los nuevos pobres, gente que se quedó sin trabajo, personas enfermas que la maquila no quiere contratarlas y también indocumentados”, advierte.

Existen varios indicios que son “nuevos” en las filas de la pobreza: la poca (todavía) exposición al medioambiente, por lo que no se observan maltratados físicos en su piel, su ropa aún no está desgastada y su pena es notoria al acercarse a solicitar un plato de comida.
Al llegar a la mesa de “control” atravesada en la puerta, porque todavía no pueden pasar al área de comedor por prevención al virus Covid-19, se registra su nombre, edad y lugar de nacimiento.
¡Bienvenidos todos!
Los de diario se reúnen en pequeños grupos y muestran su afinidad de forma, los “nuevos”, se esparcen, por separado, por toda la plaza Benito Juárez, entre los bancos de cemento, entre los olmos, lejos del comedor, como si quisieran conjurar su nueva desgracia.
«Aquí recibimos a todos, no deben sentir vergüenza, todos tenemos momentos difíciles, nadie se queda sin comer, cuando no alcanza cocinamos más raciones», agrega Emiliano Ramírez.
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