Hay algunas partes del río Bravo en que el caudal no intimida a personas en situación de movilidad, quienes no desaprovecharían una oportunidad así para cruzarlo e internarse en Estados Unidos sin documentos oficiales de aquel país.
Esto lo han entendido todas las personas que deciden cruzar por aquí, por Juárez. Aún siguen llegando grupos, mayormente compuestos de gente venezolana, a entregarse en el campamento que improvisó el Gobierno de Texas en El Paso, bajo un puente del anillo envolvente 375.
Pero no todos se atreven a cruzar, ni van en grupos, ni son de Venezuela.

Tres hombres de piel negra vigilan la frontera. Están en un punto del río que parece de fácil cruce, pero no se atreven a cruzar. Son de Haití.
“Tenemos miedo de que nos regresen a nuestra tierra”, compartió con Norte Digital.
En febrero, uno de ellos cruzó y terminó siendo deportado a su tierra natal, sin ninguna razón de por medio. Tardó dos meses en su trayecto de Haití de nuevo a Juárez. A él, lo esperan allá en Estados Unidos su papá, cinco hermanas y un hermano.
Tiene 24 años, mientras que quien lo acompaña tiene 26. El tercero de ellos apenas si se acerca. El más joven denunció que le colocaron cadenas en las manos y en los pies, y lo devolvieron por Laredo, Texas, hacia Haití.
Platican en su idioma, en creole, entre ellos, y deciden irse. Tienen que ir a trabajar, dicen, en Electrocomponentes, en la industria maquiladora juarense. Corren hacia el viaducto Díaz Ordaz sin dejar de ver la frontera.

Luego, están quienes no van en grupos. Un hombre vestido con tenis negros y playera y pantaloncillos rojos caminó al menos dos kilómetros antes de decidir por dónde cruzar.
Encontró un punto donde el caudal era mínimo y las tierras (o lodo) no se veían riesgosas. Se quitó los tenis y los calcetines y se fue hacia Estados Unidos. No dijo de dónde venía. Su paso no fue hacia el campamento instalado por el éxodo venezolano, sino hacia el otro lado. Siguió, sin la vigilancia de la Patrulla Fronteriza estadounidense, hasta donde estaba una malla ciclónica de metal que de alguna manera cruzó. Se internó en El Paso, Texas, sin que nadie se inmutara.

En los grupos de personas que caminan la infraestructura que rodea el río, hay quienes gritan que son de Cuba o de Colombia.
Por otra parte, está la historia de un hombre de playera naranja que decidió no identificarse.
Llegó hablando con voz alta para ser escuchado antes de cruzar. Acusó que le robaron, lo extorsionaron y lo maltrataron desde Colombia hasta acá. Pasó 25 días en una odisea que lo desprendió de dos mil dólares.

“Eramos seis personas. Cada quien vive su experiencia a su manera, pero es muy poco recomendable emigrar así”, dijo.
Compartió que tiene 28 años, es ingeniero instrumentista graduado del Instituto Politécnico Santiago Mariño en la extensión de la ciudad de Valencia.
Contó que ya tiene a alguien que lo apoye allá, su amigo de la iglesia mormona. Y luego brincó algunas piedras que atraviesan el río para después enfrentarse a quienes custodian la frontera, quienes les pidieron desprenderse de cinturones y las agujetas de sus tenis. Esta historia fue parecida a la de las seis personas que cruzaron hoy el río frente a una cámara de Norte Digital.
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