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La alquimia de la plusvalía (del suelo)

Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio

Por Andreu Marfull Pujadas | Norte Digital | 10:58 am 21 abril, 2026

La ciudad contemporánea ha dejado de ser un simple refugio de convivencia para convertirse en el campo de batalla definitivo donde se dirime la soberanía económica de las naciones. En este escenario, el urbanismo no es una disciplina neutral, sino el motor que decide quién se sienta en el trono de la riqueza y quién queda relegado a la periferia de la supervivencia.

Como si se tratara de un auténtico “Juego de Tronos” del asfalto, el capital global y los poderes locales convergen sobre el suelo urbano, luchando por conquistar cada palmo de territorio. El urbanismo es, por necesidad y naturaleza, un sector especulativo; un engranaje que cataliza el valor y tiene el poder de transformar el barro en oro financiero.

Para ganar esta partida, los jugadores deben dominar la alquimia de la “plusvalía”, el fluido invisible que alimenta el crecimiento de las metrópolis.

La plusvalía es el elemento casi mágico que dicta quién acumula poder en la economía urbana. No es un valor estático, sino una fuerza dinámica cuya gestión define si una ciudad es soberana o esclava del mercado. Para descifrarla, hay que distinguir entre dos realidades: la plusvalía urbana, el valor añadido que el mercado y el entorno otorgan al suelo privado en función de su potencial, y la plusvalía urbanística, que nace del poder soberano cuando la planificación pública concede derechos de vuelo, como transformar un erial en una torre de oficinas.

Esta segunda plusvalía, la urbanística, es la que se puede capturar al planificar, donde el libre mercado actúa como catalizador que pondera, estima, su plusvalor urbano futuro.

Cuanto mayor es la densidad de servicios y el potencial de beneficios de una zona, si el mercado lo alimenta, más se acelera esta escala de valor. Se trata de una jerarquía que se estructura según la intensidad de la actividad humana: el suelo en estado puro o natural, sin actividad económica, es el que menos valor recibe; después está el sometido a actividades primarias —agricultura, ganadería, minería o turismo—, donde su valor aumenta proporcionalmente al rendimiento que se pueda obtener; a continuación, el suelo urbano, que incorpora el capital invertido, su valor de uso y su potencial futuro, alineado al nivel adquisitivo de quienes lo habitan; y finalmente el suelo metropolitano, que acumula más inversión, más expectativas y mucho más valor.

Esta escala no es fruto del azar, sino que responde a las reglas del “Libro de Cuentas del Soberano”, unas fórmulas matemáticas que rigen el destino de los inversores y la forma misma de nuestras comunidades.

Bajo la superficie de planos y maquetas, el desarrollo urbano es una representación abstracta de la lucha por el capital. Para entender cómo se mueve el poder, hay que recurrir a la secuencia clásica de Marx: D – M – D+. Aquí, un “dinero” o capital inicial (D) se lanza al mercadeo o producción (M) para retornar como un valor incrementado (D+). Ese “plus” (+) es la plusvalía, el motor que alimenta la actividad urbanizadora. En la gestión diaria, este mecanismo se traduce en la ecuación de viabilidad financiera, que es, en esencia, el balance de poder de una ciudad: I – G = B. La (I) es el ingreso: el botín obtenido de la venta de la obra y de la recaudación impositiva. La (G) es el gasto: el costo de la batalla, que incluye la urbanización física, las zonas verdes y la cesión de suelo público. Y la (B) es el beneficio: el resultado final de la operación.

Este beneficio no es solo lucro privado; en un sistema justo, el “Beneficio” puede y debe ser un bien colectivo, la misma infraestructura que sirve a la sociedad. El plan urbanístico es la herramienta de calibración: permite prever ese valor futuro antes de que se materialice, decidiendo qué parte de la plusvalía quedará en manos privadas y cuál se colectivizará. Esta disputa por el “Beneficio” es la que sienta a los distintos agentes en la mesa de negociación.

La configuración de la ciudad es el resultado de una tensión permanente entre jugadores con intereses contrapuestos, donde el gran trofeo es la captura de la plusvalía. El Municipio actúa como guardián de la comunidad: su misión es defender la hacienda colectiva.

Su objetivo es modelar la plusvalía para transformarla en escuelas, hospitales y calles, garantizando que el crecimiento cumpla su función social. La Propiedad del Suelo, en cambio, busca el máximo lucro privado. Aspira a que la ecuación B – C (Beneficio menos Costos) sea lo más positiva posible, viendo a menudo las cargas públicas como un obstáculo para su acumulación de riqueza. Y, finalmente, la Empresa Desarrolladora es quien ejecuta la obra y compite por su parte del pastel, cobrando a menudo sus servicios en “especies” (inmuebles o parcelas).

La disputa se vuelve especialmente peligrosa cuando se produce la fusión de la propiedad y el desarrollador, una alianza estratégica diseñada para capturar la totalidad de la plusvalía potencial y eludir la función social de la propiedad. Sin embargo, este juego de capturas y cesiones no se juega con las mismas reglas en todo el planeta. Aquí aparece el Mapamundi de la Desigualdad: El Norte Global vs. El Sur Global.

La fractura global se define por la capacidad de una sociedad para secuestrar o redistribuir el “plus” (+), la plusvalía. Esta es la tragedia geopolítica del urbanismo contemporáneo. El “Trono” del Orden del Norte es estable porque existe una Hacienda Pública capaz de capturar la plusvalía lucrativa de la actividad privada para convertirla en ciudad. El valor se recicla en infraestructuras, transporte público y mantenimiento gracias a una planificación precisa y negociada.

El Caos del Sur, en el Sur Global, deja escapar la plusvalía. La falta de planificación entrega la ciudad al capital especulativo más voraz, derivando en marginalidad e infraestructuras deficientes.

Además, el tablero es frágil: el valor puede desaparecer totalmente ante la devastación (guerras, terremotos o el cambio climático) o el abandono, provocando devaluaciones que condenan a poblaciones enteras a la pobreza. La ausencia de planificación no es un ahorro, es un saqueo.

La planificación es la mejor inversión posible porque captura valor a bajo costo; renunciar a ella es entregar el destino de la ciudad a un capital que no quiere construir comunidad, sino extraer riqueza rápidamente.

En última instancia, la plusvalía no nace del vacío ni del riesgo aislado de un inversor. Es una obra colectiva. El suelo vale más porque toda una comunidad lo hace habitable, dinámico y seguro. Por tanto, la riqueza que genera el asfalto debe retornar a quien la crea: la sociedad en su conjunto.

Para combatir la acumulación desigual de capital, se necesita una mentalidad más social y comunitaria que entienda que la ciudad es un bien compartido. Solo así podremos transformar el “Juego de Tronos” de la especulación en un proyecto de justicia urbana para todos.

Nota de crédito: Este análisis se basa en la obra Urbanismo en el Sur Global (Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2025) de Andreu Marfull. Texto elaborado con el uso de IA.

* Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio.

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