Carlos es uno de muchos migrantes que han decidido hacerle frente al muro fronterizo de Estados Unidos y a quienes lo resguardan, solo para recordarles que tras las promesas quedan las ilusiones, y a los venezolanos estas ilusiones dan vida.
Está en Juárez, viendo hacia El Paso, Texas, esperando que por orden ejecutiva o magia, los cruces indocumentados se habiliten nuevamente.
Lleva ocho años fuera de Aragua, de su hogar con su esposa Génesis y su hija Nikolle, y aunque ha trabajado día y noche en lo que le gusta en otros países, no ha sido suficiente.
Carlos tiene 36 años, es delgado, de mediana estatura y piel morena clara. Lleva una chamarra guinda del equipo de futbol soccer Roma. Está, junto con tres amigos suyos, mirando hacia la frontera y gritándole a quienes intentan cruzarse, paisanos suyos tal vez, para que no lo hagan, o para que se desprendan de todo lo que, de todos modos, les quitarán.
Desde los nueve años de edad trabaja, y aún así logró llegar al quinto grado de bachillerato. Cuando salió de la escuela, ya tenía tres motos trabajando de transporte de pasajeros (mototaxi), y tenía sus ahorros, pero llegó el Gobierno de Hugo Chávez y “el dinero se fue devaluando y ya no valía una mierda. Llegó la delincuencia y me robaron dos motos. Me quedaba una, y la vendí y me fui a Bogotá”.

Conoce a sus amigos desde que vivía en Aragua, en Venezuela, pero él ya tenía ocho años sin ir a casa. Seis los pasó en Bogotá, Colombia, y dos más en Perú. Es chef profesional, y repite constantemente que le encanta la cocina.
Come picante sin problema, entonces su estancia en México no representa, al menos gastronómicamente, un reto. Asegura que en Bogotá preparaba comida mexicana: tortillas, tacos, burritos y más.
Y llegó a la tierra de los burritos, a Juárez. Llegó a intentar cruzar a Estados Unidos pero se encontró con la terminación de la excepción a venezolanos que había en el título 42, así que se quedó en México.
El miércoles pasado habló con Norte Digital y hoy ya es uno de los más de 150 migrantes que ha tramitado un permiso humanitario que le concede 180 días en México. Y aquí trabajará, dice.
“Bueno, no hay de otra. A trabajar acá en México mientras pasa todo”, publicó en su perfil de Facebook.
Culpa a los migrantes que delinquen en sus países de entrada, en especial de Estados Unidos, de dejar sin oportunidades a gente como él, que busca trabajar.
“Yo creo que esto es inhumano, lo que está pasando”, añade. Se refiere a la expulsión y al hacinamiento en México.
Quiere ir a Estados Unidos, con sus dos primos que se encuentran en Florida. Ellos le cuentan que aquel estado requiere de al menos 600 personas para la limpieza posterior al paso del huracán Ian.
Como ya no pudo cruzar vía terrestre, por el pedazo de frontera juarense que no tiene muro metálico, sus primos le sugieren cruzar con un traficante de personas, un “coyote”, pero él quiere hacerlo de manera legal.
Relata que lleva casi cuatro mil dólares gastados, entre comidas y hospedajes, el costo grande que representa un guía y un hilo verde en su muñeca derecha para pasar a salvo la selva del Darién, y los pagos y extorsiones en distintos países para poder transitar y cruzar.
Gran parte de ese dinero lo debe, pues han sido préstamos de conocidos y amistades que quieren verlo llegar a Estados Unidos. Sin embargo, sabe que, donde esté aunque especialmente en el país de la leche y la miel, “uno tiene que joderse para uno poder también pagar sus cosas. Uno no va allá a hacerse rico”.
Trabaja, principalmente, para su hija, que presenta discapacidad. Dice que en Venezuela cada consulta al médico le cuesta al menos 40 dólares, y necesita de especialistas en pediatría, odontología, neurología, oftalmología, y todavía pagar los medicamentos. Su hija no ha conseguido psicomotricidad fina, ni capacidad de identificar colores, de contar, de hablar bien, cuenta.
Por ella trabaja y por ella vive, y su cara se llena de emoción, ilusión y nostalgia cuando la recuerda y muestra fotos con orgullo. Es una pequeña de cabello rizado. Quiere trabajar y mandar dinero a su hija y su esposa en Venezuela, pero a la vez menciona que quiere solo trabajar dos años para poder comprarle una casa a Nikolle.
“Estoy cansado. Quiero estar con mi familia”, señala, con los ocho años fuera de casa como lastre.
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