El tren se salió de las vías y, en cuestión de segundos, comenzó a caer al vacío. Para Juan Manuel Iglesias López, ese fue el instante en que pensó que todo había terminado. El vagón del tren Interoceánico se transformó en una trampa de acero: asientos desprendidos, cuerpos lanzados por el aire y gritos atrapados en la oscuridad. Su familia sobrevivió al accidente ocurrido el 28 de diciembre, pero no todos los pasajeros corrieron con la misma suerte.
Ya en la tranquilidad de su hogar en Ciudad Juárez, la familia de misioneros intenta reponerse no solo de las lesiones físicas, sino también del miedo que dejó aquella pesadilla. Juan Manuel, contador de profesión y pastor de un templo, relata con serenidad lo que vivieron cuando el vagón en el que viajaban se desprendió de las vías férreas y se precipitó a un barranco. Al menos 14 personas murieron y más de 90 resultaron lesionadas.
“Era como una película”, describe. Justo en una curva de la montaña, el ferrocarril, que se desplazaba a alta velocidad, se salió de las líneas de metal, se separó de la locomotora y comenzó a caer en picada. En ese momento, los asientos —anclados al piso— se desprendieron y volaban como proyectiles, mientras las personas daban vueltas en el aire.



La misión humanitaria y el regreso truncado
El viaje había comenzado en Ciudad Juárez, en la comunidad que dirige, Casa del Alfarero. Ahí se organizaron para reunir ayuda y llevarla a la sierra de Tehuantepec, una de las regiones más olvidadas del país.
En esta ocasión, un equipo de unas 13 personas trasladó un tráiler con cerca de 20 toneladas de donaciones: ropa, dulces, juguetes, artículos de ortopedia, sillas de ruedas, medicamentos y otros insumos. Tras entregar la ayuda, se disponían a regresar para pasar unos días con la familia de su esposa, Flor del Carmen Temich Sinta, en una comunidad de Veracruz, cuando ocurrió el accidente.
Relata que apenas habían abordado el tren y no alcanzaban siquiera la primera estación cuando todo sucedió. En 2024 habían utilizado el mismo tren y realizado exactamente el mismo recorrido, sin ningún contratiempo.
“La diferencia entre aquella vez y esta es que desde el inicio la velocidad era muy alta”, afirma.
No habían pasado ni 20 minutos desde que partieron de Ixtepec cuando sintieron un fuerte jalón. De inmediato se apagaron las luces del vagón y comenzaron a dar vueltas. Todo lo que llevaban colocado, así como el equipaje en la parte superior, empezó a golpearlos con violencia.



La caída, el caos y las escenas más duras
Las sillas se desprendieron y salieron disparadas. El vagón dio al menos dos vueltas y, al llegar al fondo del barranco “todo era un caos: gritos de ayuda, gritos de dolor”.
En medio de la tragedia, Juan Manuel pidió en voz alta que los presentes pidieran perdón a Dios y que, si ese era su último día o su último segundo, lo ofrecieran a Él; y que, si los dejaba vivir, no olvidaran esa oración.
Logró ubicar a su esposa y a su hijo. Al menor lo sacó de entre las bancas destrozadas.
“Debajo de mí quedó la niña de seis años que murió, con la masa encefálica expuesta”, narra.
Encontró a su esposa atrapada entre los fierros, con la ceja derecha abierta y la sangre escurriendo. Sin embargo, el caso más grave era el de su hijo, quien sufrió una herida aparatosa en la cabeza y una fractura en el húmero derecho.
“Era el que más sangraba y tenía el brazo colgado”, recuerda.
Describe escenas desgarradoras, como la de una mujer atrapada entre los asientos, que sostenía a su hijo de ocho años y suplicaba ayuda para rescatarlo. Se apresuró a tomar al menor entre sus brazos y sacarlo de aquella mole de acero.



El rescate, la atención médica y el regreso a casa
Aproximadamente 30 minutos después comenzaron a llegar habitantes de la zona para auxiliarlos, y cerca de una hora más tarde arribaron elementos de la Guardia Nacional y la Marina, así como personal de Protección Civil, Policía Municipal y paramédicos.
Primero rescataron a los pasajeros de otros vagones y, al final, a ellos, que habían caído hasta el fondo del barranco. Ya en la parte alta, todavía tuvieron que caminar alrededor de 30 minutos hasta el punto donde se encontraban los vehículos que los trasladaron para recibir atención médica.
“Mi hijo fue el primero en ser evacuado, porque los paramédicos decían que estaba en código rojo”, subraya.

A su esposa le dieron de alta con rapidez, pero su hijo fue trasladado a un hospital en la zona militar y posteriormente llevado vía aérea a Oaxaca. Ahí permanecieron en un hospital particular que carecía incluso de lo básico. Pasaron días sin alimento y, en ocasiones, fueron personas muy humildes del sector quienes, pese a sus propias carencias, les regalaron algo de comer.
“Estuvimos 12 días en ese hospital; a mi hijo le colocaron una placa en el húmero”, explica.
Cuando la situación estuvo más controlada y su esposa e hijo comenzaron a mejorar, a él le tocó solicitar atención médica por un dolor persistente en el pie. Le diagnosticaron un esguince de tercer grado, por lo que fue inmovilizado.
Finalmente, el pasado domingo, la Marina dispuso un jet para trasladarlos a los tres en un vuelo directo de Oaxaca a Ciudad Juárez. Hoy, ya en casa, intentan rehacer sus vidas, al tiempo que se preparan para regresar a las comunidades pobres de Oaxaca, donde la necesidad sigue siendo imperiosa.
“No es tiempo de acobardarse”, concluye.