Más allá de lo cómico que pueda resultar el término “alucines” para referirse a los imitadores de capos, detrás de este fenómeno subsiste una realidad que nada tiene de graciosa, advierten especialistas en temas de juventud.
Los expertos explican que la fascinación de ciertos sectores de la población por el supuesto estilo de vida criminal —difundido en videos musicales, series de televisión y redes sociales— los lleva a emular esos comportamientos con el anhelo de convertirse en esas personas.
Subrayan que, en términos sencillos, un “alucín” es alguien que vive en contextos de pobreza, marginación, exclusión y abandono institucional por parte del Estado, condiciones que los grandes grupos criminales aprovechan como un fértil campo de cultivo para el reclutamiento.
El éxito: una ilusión
Salvador Salazar Gutiérrez, académico de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), explicó a Norte Digital que la expansión de la violencia asociada al narcotráfico en México no solo tiene que ver con las transformaciones en las dinámicas de seguridad pública, la macrocriminalidad y el impacto de las políticas punitivas del Estado, sino también con la forma en que se han instaurado referentes culturales que, para amplios sectores de la población —sobre todo adolescentes y jóvenes—, se han convertido en modelos identitarios y aspiracionales.
Señaló que, en el caso de la frontera, donde existen contextos marcados por una fuerte desigualdad, una intensa explosión social y una movilidad económica muy limitada, la narcocultura se ha posicionado de manera importante.
Dijo que esta narcocultura, que permea en las redes sociales, las plataformas de entretenimiento, las películas, los videos musicales y las canciones, es un fenómeno “con capacidad de influenciar, a partir de una serie de imágenes, la idea del éxito, del prestigio, de la riqueza, del reconocimiento, en fin”.
Aseveró que este fenómeno resulta preocupante, “sobre todo cuando hablamos de la población adolescente y de jóvenes en contextos de precariedad, porque para muchos de ellos estas referencias se convierten efectivamente en modelos aspiracionales”.
El Estado, incapaz de garantizar oportunidades
Salazar Gutiérrez mencionó que, de acuerdo con el profesor investigador emérito de El Colegio de la Frontera Norte José Manuel Valenzuela Arce, la narcocultura debe comprenderse como una expresión sociocultural vinculada a procesos estructurales de pobreza y marginalidad, y no simplemente como una forma de apología del delito.
Sostiene —dijo— que las narrativas relacionadas con las figuras de los narcotraficantes y los narcocorridos cobran mucha fuerza, “sobre todo en lugares donde el Estado y sus instituciones han sido opacos, han sido superados, han sido desplazados y, por lo tanto, incapaces de garantizar oportunidades de vida y de desarrollo para la población juvenil”.
Indicó que es ahí donde, por ejemplo, la figura de los “alucines” se ha popularizado, aunque reconoció que la palabra es, más bien, un término periodístico.
Aclaró que, en lo personal, no está de acuerdo con el término, pues se utiliza para referirse a adolescentes y jóvenes, sobre todo de zonas marginadas y contextos de pobreza, que mediante la imitación de la vestimenta, el lenguaje y el consumo buscan proyectar un estilo de vida al que aspiran y que tiene como referencia central la cultura del narcotráfico.
El investigador de la UACJ mencionó que es importante no perder de vista que se trata de prácticas culturales ancladas, sobre todo, en condiciones de precariedad y exclusión.
Aseveró que es en ese contexto altamente excluyente donde este imaginario en torno a la narcocultura “se vuelve un campo de cultivo muy apetecible, no solamente para ese sector de la población, sino para el propio interés macrocriminal”.
Alucines: un grito de auxilio disfrazado de moda
El término “alucín” deriva de la palabra alucinado, la cual proviene del verbo alucinar: tener una ilusión, confundir la realidad o ver cosas que no existen.
En la jerga juvenil mexicana, el concepto se transformó para describir a quien se imagina a sí mismo dentro de un estilo de vida que no le corresponde.
Aunque inicialmente el modismo se enfocaba en quienes imitaban la ostentación del narcotráfico —mediante autos, ropa y accesorios de lujo—, hoy se ha extendido a cualquiera que busque aparentar un estatus socioeconómico ficticio.
De acuerdo con los especialistas, el fenómeno tiene una doble lectura. En el ámbito psicológico refleja la construcción de una vida irreal; desde la sociología, representa el síntoma de profundas carencias sociales que permanecen sin atender.
Para los investigadores, detrás de un joven que aparenta ser lo que no es puede existir mucho más que una moda pasajera: puede haber una historia marcada por la exclusión, la falta de oportunidades y un entorno donde el crimen organizado encuentra terreno fértil para sumar nuevos integrantes.
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