Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) y una de las figuras más influyentes de la economía mundial en las últimas décadas, falleció este lunes a los 100 años de edad.
La noticia fue confirmada por medios estadounidenses y por su esposa, la periodista Andrea Mitchell. De acuerdo con los reportes, el economista murió a consecuencia de complicaciones relacionadas con la enfermedad de Parkinson.
Greenspan encabezó la Fed entre 1987 y 2006, convirtiéndose en uno de los presidentes con mayor permanencia al frente del banco central estadounidense. Durante ese periodo trabajó bajo las administraciones de Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton y George W. Bush.
Su gestión estuvo marcada por algunos de los episodios económicos más relevantes de finales del siglo XX y principios del XXI, entre ellos el desplome bursátil de 1987, la crisis financiera asiática de 1997 y las consecuencias económicas derivadas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001.
Gracias a su influencia en la política monetaria y a la estabilidad económica que caracterizó gran parte de su gestión, Greenspan fue conocido durante años como “El Maestro”, una figura cuya opinión era seguida de cerca por inversionistas, gobiernos y mercados de todo el mundo.
Sin embargo, su legado también quedó marcado por las críticas surgidas tras la crisis financiera de 2008. Diversos analistas y economistas señalaron que las políticas de desregulación financiera impulsadas durante su gestión, así como un prolongado periodo de bajas tasas de interés, contribuyeron a generar las condiciones que desembocaron en el colapso hipotecario y la posterior recesión global.
A pesar de esas controversias, Greenspan es considerado uno de los arquitectos de la política monetaria moderna y una de las personalidades más influyentes de la economía contemporánea.
La Reserva Federal destacó su contribución al fortalecimiento de la institución y a la consolidación de la confianza en el sistema financiero estadounidense.
Con su muerte concluye una etapa que marcó la economía global durante casi dos décadas y que dejó una huella profunda en la manera en que los bancos centrales enfrentan las crisis y regulan los mercados financieros.