“Dios los hace y ellos se juntan”, dice el refrán popular. Y si algo dejó la comida de la tarde del jueves entre el alcalde de Chihuahua, Marco Bonilla Mendoza, y el activista Julián LeBarón, es la sensación de que la política del 2027 empezó a acomodar a sus jugadores alrededor de la misma mesa. Literalmente.
Y no se trata de cualquier encuentro. LeBarón reveló recientemente su intención de buscar la gubernatura de Chihuahua en 2027, al considerar que “los chihuahuenses podemos hacer por nosotros mismos en unos cuantos años lo que los políticos no han hecho”. También reconoció que mantiene conversaciones con distintos partidos políticos y que tampoco descarta una eventual candidatura independiente.
Bajo ese contexto, la reunión celebrada en el Garufa adquiere una dimensión completamente distinta.
Ambos compartieron el pan y la sal en Ciudad Juárez, lejos de sus respectivas bases de operación, pero muy cerca del territorio donde suelen cocinarse las grandes definiciones políticas del estado.
La reunión llamó la atención porque ni Bonilla suele pasearse con frecuencia por la frontera ni LeBarón acostumbra aparecer en encuentros casuales con aspirantes políticos. Cuando dos figuras con agendas propias se sientan a conversar a un año de una elección para gobernador, difícilmente se trata solamente de cortes de carne y buenos vinos.
Más cuando ambos tienen algo en común: una posición crítica frente al proyecto político que encabeza Morena.
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En política, la forma siempre suele ser fondo y los hechos terminan diciendo mucho más que las palabras.
Julián no milita en ningún partido, pero hace tiempo que se convirtió en una referencia nacional cuando se habla de inseguridad, impunidad y ausencia del Estado frente al crimen organizado. Su apellido está inevitablemente ligado a una tragedia que marcó al país y que sigue siendo utilizada como símbolo del fracaso institucional para garantizar seguridad.
Pero hoy LeBarón ya no aparece únicamente como activista o como una voz crítica frente a la inseguridad.
También se mueve como un actor político que explora opciones para competir por la gubernatura y que busca interlocución con distintos grupos de poder dentro y fuera de los partidos.
Marco Bonilla, por su parte, atraviesa una etapa donde necesita construir algo más que una candidatura.
A estas alturas ya no le basta gobernar Chihuahua capital ni presumir indicadores municipales. Si quiere competir por Palacio de Gobierno necesita tejer relaciones fuera del periférico de la ciudad que administra.
Y el noroeste del estado, donde los LeBarón mantienen influencia moral, política y social, representa una escala obligada para cualquier proyecto que aspire a crecer.
Sentarse con LeBarón le permite a Bonilla acercarse a sectores ciudadanos que desconfían del oficialismo y que han encontrado en la crítica a la estrategia federal de seguridad una de sus principales banderas.
Esa reunión, por sí sola, ya envía un mensaje, pero la historia parece ir más allá. Deja de ser una simple cortesía y comienza a parecer un ejercicio de reconocimiento mutuo entre dos figuras que observan el mismo proceso electoral desde posiciones distintas, pero potencialmente complementarias.
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Por cierto, la reunión no habría sido producto de la casualidad ni de una coincidencia gastronómica.
Según supo Mirone, detrás del encuentro hubo trabajo político fino, y uno de los principales impulsores fue Guillermo “Willy” Álvarez, quien habría operado los acercamientos necesarios para sentar en la misma mesa al alcalde capitalino y al líder mormón.
Y vaya que la gestión parece haber rendido frutos. Fuentes cercanas a las conversaciones aseguran que el mensaje fue directo: el objetivo común es impedir que Morena alcance la gubernatura en 2027 y, dentro de esa lógica, existe el reconocimiento de que Marco Bonilla es actualmente el perfil opositor con mayores posibilidades de competir por el Gobierno del Estado.
Incluso, según esas versiones, la conversación habría avanzado más allá de los saludos protocolarios y el intercambio de puntos de vista.
A la pregunta de Mirone de si ambos proyectos podrían caminar juntos, la respuesta habría sido afirmativa.
El mecanismo todavía está por construirse, pero la intención política estaría clara: sumar esfuerzos, construir coincidencias y explorar una ruta común.
Lo que sí parece evidente es que la comida en el Garufa dejó mucho más que una buena sobremesa.
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Se había ocupado Mirone en la movida agenda político-electoral y dejó reposar la información que le llegó después de la publicación sobre los “afters”, esos negocios que operan fuera de horario, como lo hacía La Vaca, el antro donde asesinaron a un hombre cuando el reloj marcaba las cuatro de la mañana.
Además de La Vaca, esta columna había dado cuenta de la operación del Uxmal, ubicado también en el “corredor seguro” de la Gómez Morín, pero llegaron más reportes sobre otros antros donde, principalmente los fines de semana, la fiesta sigue cuando todos los demás ya bajaron cortinas.
Ya lleva tiempo operando el famoso Top ANTRX, ubicado en plaza Troncoso, sobre la avenida Santiago Troncoso, igual que los Dubai, tanto el de Plaza de las Américas como el de avenida de las Torres.
Por aquel rumbo de de las Torres también aparece constantemente el conocido table Troyanas, donde seguido se avientan sus respectivos “after”.

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Hay varios nombres que se repiten desde hace años, como La Tercera, sobre Gómez Morín, aunque también ya figuran otros más recientes o de moda, como el Babylon, de la Calzada del Río, y otro conocido como La Bodega, en 20 de Noviembre y Carlos Villarreal.
El asunto es que los hay prácticamente por todos los rumbos de la ciudad, operando hasta el amanecer sin que los muchachitos de Gobernación, Comercio e incluso las policías municipal y estatal, los metan en cintura.
Y en Juárez todo mundo sabe por qué.
Porque las cuotas y las pollas —según cuentan los que conocen el negocio— están más gordas que nunca.
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Lo interesante es que no únicamente operan así este tipo de establecimientos.
También andan en las mismas varias terrazas y jardines que recientemente fueron habilitados como “afters”, bajo el mismo esquema de corrupción oficial.
Cierran como salón, pero reabren como fiesta privada. O se manejan bajo reservaciones, eventos especiales o listas exclusivas para brincarse horarios, inspecciones y reglamentos.
Todo ocurre frente a las narices de las autoridades.
Y luego se preguntan por qué los homicidios, las riñas, las drogas y los desórdenes terminan brincando de madrugada en lugares que oficialmente ya deberían estar cerrados desde hace horas.
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El Partido Acción Nacional no le entrará al juego del “a ver quién llena más la plaza” ni tampoco al ya famoso “marchómetro”, esa competencia por ver quién saca más gente a las calles o quién presume la mejor foto aérea del mitin.
Nada de eso.
Los azules optaron por algo mucho más cómodo y controlado: una concentración bajo techo en el Centro de Convenciones de Chihuahua, cosa que, dicho sea de paso, se les puede agradecer.
La convocatoria incluye tanto a cuadros dirigentes como a la militancia en general y hasta a cualquier ciudadano “antimorena”, según le contaron a Mirone.
¿El requisito para entrar? Precisamente ese: ser antimorena.
No importa si el asistente es apartidista, si milita en otro partido, si suele votar distinto o si forma parte de alguna organización civil. Con que rechace la forma de gobernar de la 4T, tendrá pase automático al evento blanquiazul.
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¿Quiénes vendrán al llamado “Evento”, así, con mayúscula y todo, como lo bautizaron internamente?
Confirmados, lo que se llama confirmados, están el dirigente nacional del PAN, Jorge Romero; el coordinador panista en el Senado, Ricardo Anaya, y el líder parlamentario en San Lázaro, Elías Lixa.
También se espera la presencia de la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, además de otras figuras emblemáticas del panismo nacional.
En el cuadro principal aparecerán la gobernadora María Eugenia Campos Galván, la dirigencia estatal panista en pleno y el alcalde capitalino Marco Bonilla, quien cada vez luce menos como “posible” y más como el proyecto azul rumbo al Gobierno del Estado.
Hasta el corte de este jueves 28 de mayo, esa era la alineación confirmada.
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Lo que llama la atención es que el PAN decidió no ponerse frente al espejo de Morena ni intentar competir con el acto que los guindas organizaron el pasado 16 de mayo en Chihuahua capital, donde hubo glorieta, marcha, mitin y oradores hasta para aventar para arriba.
Los panistas no le entrarán al “plazómetro”.
No quieren discutir quién llenó más calles, quién movilizó más camiones o quién armó la mejor toma de dron.
Lo suyo será un acto organizado por panistas y para panistas, siguiendo sus propios usos y costumbres.
Más parecido a aquellas convenciones cerradas donde antes elegían candidatos que a las concentraciones callejeras donde defendían triunfos electorales.
Sin estridencias. Sin bloqueos. Sin contingentes acarreados desde otros municipios.
Así se la aventarán los azules: a la antigüita, como el panismo sabe hacerlo.
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Mientras PAN y Morena velan armas alrededor de procesos judiciales en la FGR contra sus respectivos gobernadores, el PRI también anda en modo resistencia, aunque concentrado en defender lo que hoy consideran su principal bastión político: Coahuila.
Fuentes cercanas al priismo local le contaron a Mirone que, por ahora, no están ocupados ni en las contiendas internas de Chihuahua ni mucho menos en el armado de alianzas. Todo eso quedó congelado.
A poco más de una semana de la instalación de casillas, el priismo nacional —incluido el de Chihuahua— tiene puesta toda su atención en lograr que el tricolor conserve la mayoría legislativa en Coahuila.
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El próximo 7 de junio únicamente se elegirán a los 25 integrantes de la futura LXIV Legislatura del Congreso de Coahuila: 16 diputados de mayoría relativa y nueve por representación proporcional.
Visto así, parecería una elección menor, de esas que se resuelven únicamente con estructura local.
Pero no. Dentro del PRI la elección coahuilense está considerada como la “madre de todas las elecciones” de 2026, porque ahí se juega buena parte del futuro político del partido.
Los tricolores buscan darle margen de maniobra al gobernador Manolo Jiménez Salinas, uno de los únicos dos mandatarios estatales que todavía gobierna el PRI en todo el país.
Quién lo hubiera pensado hace algunos años: el partido que dominó el espectro político nacional durante décadas hoy depende electoralmente de una entidad con apenas 3.3 millones de habitantes y un listado nominal de 2 millones 497 mil 551 ciudadanos.
Así de reducido quedó el antiguo “partidazo”.
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¿Y qué tiene que ver Chihuahua en todo esto? Muchísimo.
Para el priismo, el resultado de Coahuila prácticamente definirá si el partido todavía puede sobrevivir como fuerza independiente o si inevitablemente tendrá que seguir colgado de alianzas con el PAN.
Fuentes mironianas, de esas que pocas veces se equivocan, le contaron a esta extrovertida columna que la decisión de buscar o no una coalición con el blanquiazul en Chihuahua y en otras entidades dependerá, en buena medida, de lo que ocurra en las urnas coahuilenses.
Para los tricolores, retener Coahuila significaría demostrarle al escenario político nacional —y quizá también a ellos mismos— que todavía pueden ganar elecciones, conservar bastiones y competir sin depender de nadie más.
Por eso el priismo prácticamente pausó cualquier otro movimiento político.
Todo quedó aplazado hasta el lunes 8 de junio, cuando ya estén sobre la mesa los resultados del vecino estado.
Pendientes, pues.
Don Mirone