Los que andaban buscando agentes extranjeros operando en México —y en Juárez, particularmente— batallaron porque quisieron, porque los tenían ahí, a tiro de piedra, donde medio mundo los pudo ver, sin necesidad de recurrir a aparatos de “inteligencia”.
No había más que echarse una vuelta a los restaurantes más “fifís” de la ciudad y fijarse en los cuentones que pagaban algunos comensales que hablaban en español “mocho” y que se hacían acompañar por agentes de la Fiscalía General del Estado.
El tamaño de la cuenta, la propina que dejaban y el añejamiento de los vinos que se empacaban los pudo delatar, pero nadie se fijó en ese “pequeño detalle”.
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A Mirone le contaron —y no una, sino varias veces— de esas escenas que en su momento parecían normales, pero que hoy, con todo el escándalo encima, cobran otro sentido.
Mesas largas en restaurantes de esos donde no cualquiera se sienta, a menos que traiga una cartera rellena de billetes o el “poder de su firma” para cargar la comida al erario.
Ahí, mezclados sin el menor pudor, se dejaban ver agentes de la Fiscalía General del Estado —los ministeriales de toda la vida— junto a varios extranjeros, güeros, para mayor seña, quienes ya de entrada llamaban la atención… pero no tanto como para levantar sospecha. Porque venían vestidos igual.
Misma ropa, mismo corte, mismo uniforme. Tan integrados que, si no fuera por el físico —el típico estadounidense anglosajón—, pasaban como uno más del equipo. Y si alguien afinaba el oído, apenas ahí se alcanzaba a notar el detalle: el acento. Aunque hasta eso lo tenían resuelto, porque hablaban español perfecto.
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El asunto es que no estaban de visita y tampoco eran invitados. En varias de esas mesas, según supo Mirone de primera mano, los que llevaban la batuta eran ellos. Los otros, los de la FGE, hasta se veían como el amigo de esos que se pueden perder el sombrero, pero “la gorra”, jamás.
Pedían, trataban con el personal, cerraban la cuenta… y dejaban claro quién estaba pagando.
Porque si algo no pasaba desapercibido eran los números: cuentas de hasta 30 mil pesos, con cortes finos, vinos caros y sobremesas largas, con postre, cafecito y digestivo; de esas donde no solo se comparte el pan y la sal. Y por si fuera poco, las propinas: hasta 10 mil pesos que convertían a cualquier mesa en inolvidable para meseros y capitanes, en esos restaurantes fifís de cortes selectos.
Educados, amables, generosos, pero sobre todo, perfectamente acoplados con los mandos locales: así se les veía.
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En esas reuniones —que hoy se leen distinto— no solo departían el pan. También se cruzaban conversaciones largas y discretas, de las que nadie en la mesa iba a decir nada… y de las que afuera, francamente, nadie preguntaba. O nadie quería hacerlo.
Porque lo que ahora se discute en el terreno político —la presencia de agentes extranjeros en territorio mexicano—, en esas mesas ya se vivía con total normalidad. Los mismos perfiles que hoy se señalan como “extranjeros”, en ese entonces eran, simple y llanamente, parte del paisaje.
Y así, entre vino caro, carne jugosa y uniforme compartido, se fue cocinando una historia que apenas empieza a oler… y no precisamente a carne en el asador o a la plancha, ni a vino recién destapado, sino a una cloaca de colaboraciones ilegales entre agentes extranjeros y policías estatales, que no habrían salido a la luz de no ser por un fatal accidente.
Y los tenían ahí, en sus narices.
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El día inició con malos augurios para la elección de quien será el nuevo fiscal —o fiscala— General del Estado, porque ya se asoma una absoluta falta de consenso entre las fuerzas políticas del Congreso del Estado para lograr una votación de mayoría calificada.
Por un lado, el grupo panista del Congreso, con sus 13 votos posibles, dio muestras de no querer ni oír hablar de sus pares de Morena, enojados como están por la caída del fiscal César Jáuregui Moreno tras el “affaire” de los agentes de la CIA en operaciones policiales.
Por otro, el morenismo ya dio señales de que no aceptará que les hagan otro “Adazo”, es decir, que les repitan la dosis que montó el bloque oficialista en el Congreso para elegir a la actual presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), Ada Miriam Aguilera.
Nadie se va a mover de su sitio y eso augura que no habrá fiscal general electo para el período correspondiente, en los términos que marca el artículo 121 de la Constitución Política del Estado.
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Según le informaron a Mirone, la coyuntura es tal que ya no se sabe si los bloques están tan compactos como a principios de la Legislatura, cuando no cabía duda de la existencia del PRIAN y su aliado de cabecera, Movimiento Ciudadano.
Lo ocurrido este martes 28 al mediodía en la sesión ordinaria da muestras de que aquel bloque “cuadradito” que integraban PAN, PRI, MC, PVEM y las eventuales adhesiones del PT —incluida América Aguilar— ya no está tan bien pegado como antes.
Cuando los diputados del PAN abandonaron la sesión para hacerle “hueco” a la diputada Jael Argüelles y su posicionamiento en contra de la creación de la Comisión Especial para investigar lo sucedido en Morelos, se fueron solo con sus “amigochos” de Movimiento Ciudadano y con el diputado del PVEM, Octavio Borunda.
El resto se quedó: los tres del PRI, incluido el presidente de la Mesa Directiva, Guillermo Ramírez, y sus compañeros Roberto Arturo Bonilla y José Luis Villalobos García; las dos petistas, América Aguilar e Irlanda Márquez.
Por Morena, permanecieron en la sesión los doce integrantes originales, incluida la diputada Rosana Díaz, quien ha anunciado en diversos momentos y movimientos que se irá de la bancada guinda.
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Si las vísperas marcan los días, ya podemos imaginar cómo se pondrán las cosas cuando la jefa del Ejecutivo envíe su propuesta para elegir al nuevo fiscal —o fiscala—, para que la aprueben las dos terceras partes del Congreso.
Las cosas ya no están como hace unas semanas, cuando eligieron a la presidenta del CEDH; no: en este forcejeo entre la 4T y el Gobierno estatal ya se cruzó una línea roja y no se ve para cuándo la borren.
Para como van las cosas, lo más probable es que la gobernadora, en uso de sus facultades, se la lleve nombrando fiscales interinos que serían a su entera satisfacción. ¿Para qué se complica la vida buscando el consenso, si sabe que no lo tiene?
Así terminará este período de gobierno, con las fuerzas políticas simulando a las águilas que simbolizaban las casas reales de Europa: con dos cabezas, pero cada una mirando para el otro lado.
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Mientras que los panistas atendían el frente de guerra que se abrió en Chihuahua y en todo el país en torno a la intervención de los agentes de la CIA —que derivó en la petición para que la gobernadora Maru Campos se presentara ante el Senado de la República, así como en la caída del fiscal César Jáuregui—, los morenistas les asestaron otro golpe en el Congreso del Estado.
Quien fue a meterse hasta la Torre Legislativa de la ciudad de Chihuahua, con la espada desenvainada, fue el alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllar.
No se lo esperaba el bloque mayoritario del PAN, pero Cruz se apersonó para reclamar por qué los diputados se hicieron locos y dejaron en el aire la comparecencia que se acordó sobre el tema de la presunta retención del Impuesto Sobre la Renta (ISR) a empleados municipales que —según las acusaciones azules— ocurrió en la administración de Armando Cabada, pero fue ocultada por la presidencia de Pérez Cuéllar.
“Se están haciendo locos, estamos listos (…) insistir en que se aprobó un acuerdo, donde yo mismo le manifesté al diputado Cuauhtémoc Estrada mi voluntad de comparecer y explicarles qué fue lo que pasó en Ciudad Juárez, pero hemos visto que le han dado muchas largas”, soltó el alcalde cuando fue abordado por los periodistas en la ciudad de Chihuahua.
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Cruz llegó acompañado del coordinador de la bancada morenista en el Congreso, Cuauhtémoc Estrada, uno de los pilares operativos de Ariadna Montiel en Chihuahua, quien previamente había manifestado su molestia porque los diputados del PAN se estaban echando para atrás en la intención de que el alcalde de Juárez explicara ante el Congreso todo lo ocurrido en torno al manejo del ISR.
Tanto desde la bancada del PAN, como desde las dirigencias municipal y estatal, se lanzaron varias acusaciones de omisiones y hasta de desvío en contra del alcalde juarense, cuando se habló de un requerimiento pendiente del SAT por 118 millones de pesos.
En su momento, cuando el coordinador de la bancada panista propuso un punto de acuerdo para solicitar una explicación al alcalde, su homólogo morenista se sumó a la propuesta y planteó que Cruz acudiera directamente hasta el Congreso, lo que se votó de manera unánime por el Pleno.
Precisamente eso es lo que pedían ayer Cruz y Cuauhtémoc: que se agendara su participación ante el Pleno, mientras que las bancadas del PAN y sus aliados habían bajado la mira y —si acaso— pretendían recibirlo en la Junta de Coordinación Política o en reunión de comisiones.
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El caso es que la comparecencia se hacía agua, y por eso cayó Cruz a la Torre Legislativa, a clavar banderilla, justo cuando el panismo estaba más preocupado por ver cómo enfrentar la guerra de narrativas en torno al polémico caso de los agentes de la CIA.
“No se debe estar hablando, calumniando, sin ningún elemento… y cuando la persona que calumnias está dispuesta a dar la cara y a decir qué es lo que pasó, y luego echarse para atrás, pues no lo entiendo”, remató el alcalde juarense.
La jugada morenista en el Congreso se desplegó justo cuando se informó que la gobernadora Maru Campos declinó la invitación del Senado de la República para hablar sobre el caso de los agentes extranjeros, en el contexto de la detección del narcolaboratorio y el accidente fatal en Guachochi.
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Mientras que el alcalde juarense Cruz Pérez Cuéllar incursionaba en la capital del estado, el alcalde de la ciudad de Chihuahua, Marco Bonilla, tomó la plaza fronteriza con un evento masivo con juventudes, realizado en el gimnasio del Colegio de Bachilleres.
Claro que hubo toda una organización propia e institucional por parte de la Red Mexicana de Ciudades Amigas de la Niñez (RMCAN), que ahora preside la ciudad de Chihuahua, pero todo quedó servido para el posicionamiento y lucimiento de quien aspira a convertirse en gobernador de Chihuahua.
Estudiantes de Educación Media Superior abarrotaron el gimnasio del Parque Central y Marco Bonilla se dio vuelo con el manejo de temas sensibles a los que le ha entrado el Gobierno Municipal de Chihuahua: violencia digital y explotación infantil.
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La RMCAN impulsa una agenda nacional enfocada en la protección de la infancia y la juventud, y Marco operó previamente quedarse con la presidencia del organismo, para compartir su experiencia, pero también para aprovechar la plataforma y la estructura ya armada.
Tampoco fue fortuito que se escogiera a Juárez como sede de la asamblea de ayer. Siendo la frontera la joya de la corona morenista, tanto Bonilla a nivel personal, como el PAN en lo institucional, tienen claro que aquí deben hacer el mayor ruido posible, aprovechando las estructuras que existen o creando aquellas que sean necesarias.
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Por cierto, antes del evento, se reunió Bonilla con el exregidor y exdiputado priista Polo Canizales. Desayunó con él en El Arrancadero, a unos metros del Parque Central. Supo Mirone que después de la asamblea, también recibió en privado a Carlos Corona, un operador cercano a Polo que trabajó en la administración de Armando Cabada.
Anda Marco en los suyo: tejiendo las alianzas para todo lo que se ofrecerá en el proceso electoral que hoy está bastante adelantado.
No deja de llamar la atención de Mirone que tanto el alcalde juarense como el de la capital del estado sostuvieron sus agendas fuera de su propio municipio, sin esperarse a que llegara el fin de semana.
Tanto en Morena como en el PAN, los aspirantes a las candidaturas corren completamente desbocados rumbo al 2027.
Don Mirone