Aquí no hay confusión. Hay simulación.
El excelentísimo senador Gerardo Fernández Noroña, decidió dar una lección pública sobre el Estado laico… sin entenderlo. O peor: entendiéndolo, pero usándolo a conveniencia. Porque lo que vimos no fue una defensa del laicismo, fue un ejercicio clásico de tolerancia selectiva. Y eso, en castellano simple, se llama intolerancia.
El detonante fue menor. El diputado Ricardo Monreal publicó un mensaje sobre el “Jueves Santo”, acompañado de una fotografía en un recinto religioso. Nada institucional, nada impositivo, nada que obligue a nadie a creer. Una expresión personal, en un día de asueto, sobre una tradición que —dato duro— comparten más del 90 por ciento de los mexicanos.
Pero para Noroña, eso fue suficiente para montar su regaño público: “Tus creencias personales son absolutamente respetables, el respeto al estado laico, de un compañero tan destacado como tú, debería ser ejemplar”.
En pocas palabras: “respeta el Estado laico”. Lo dice, además, desde su propia trinchera ideológica, desde su “no creencia”, como bien le respondieron. Y ahí empieza el problema.
Porque el excelentísimo senador no explica en qué se violó el Estado laico. No lo argumenta. No lo demuestra. Simplemente señala. Y cuando alguien acusa sin sustento, no está defendiendo un principio; está imponiendo una postura. Costumbre de don Gerardo.
Entonces, para no “pecar” de lo mismo que el senador, aquí conviene poner orden conceptual, porque el debate no es menor.
El Estado laico no es un Estado antirreligioso. No es un Estado que prohíbe la fe en lo público. Es algo mucho más serio: Un régimen que garantiza tres cosas fundamentales:
1) Libertad de conciencia
2) Igualdad ante la ley
3) No discriminación
Y, además, algo clave: la autonomía de lo político frente a lo religioso. Es decir, el poder no se legitima por lo sagrado, sino por la soberanía popular.
Traducido: el Estado no puede imponer una religión… pero tampoco puede prohibir que las personas —incluidos los políticos— tengan una.
Entonces, ¿dónde está la falta de Monreal? ¿En sentarse en una iglesia? ¿En hablar de una tradición religiosa? ¿En expresar lo que cree?
No hay tal falta. Lo que sí hay es una incomodidad ideológica. Y esa incomodidad es la que Noroña convierte en reclamo público.
Aquí entra el tercer personaje: Sergio Gutiérrez Luna, también diputado como Monreal que le reclama al senador y con ello, “pone el dedo en la llaga”. No es la creencia lo que molesta, sino la “no creencia” convertida en criterio de juicio. Es decir, no estamos ante un debate jurídico, sino ante un filtro ideológico.
Y eso es peligrosísimo. Porque cuando el Estado laico se interpreta como un instrumento para silenciar ciertas creencias —pero tolerar otras— deja de ser laico y se convierte en sectario. Y ahí es donde aparece la famosa tolerancia selectiva:
Se tolera lo que coincide con mi visión. Se condena lo que la contradice.
Noroña no ha tenido el mismo rigor cuando en espacios públicos —incluso legislativos— se han permitido expresiones religiosas de otro tipo. Las prehispánicas.
Ahí no hay regaño. Ahí no hay defensa del laicismo. Ahí hay silencio. Y el silencio, en política, también es postura.
Así que no, no es ignorancia pura. Es algo más funcional: un uso discrecional del concepto de Estado laico.
Porque el verdadero Estado laico no persigue creencias. Las protege. No censura expresiones personales. Garantiza que existan. No discrimina. Precisamente evita eso.
Y aquí viene el punto fino: sin laicidad no hay democracia. Pero tampoco hay democracia cuando el laicismo se convierte en una herramienta para imponer la visión de una minoría sobre el resto. Ese es el giro perverso.
El senador quiso dar una cátedra. Terminó exhibiendo un problema más profundo: la incapacidad —o la falta de voluntad— para distinguir entre neutralidad del Estado y censura ideológica. Porque una cosa es que el poder no se arrodille ante lo religioso, y otra muy distinta es que quiera borrar lo religioso de la vida pública.
Lo primero es laicidad. Lo segundo es intolerancia con disfraz. Y ahí, justo ahí, es donde se revela el meollo del asunto.
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