En el fraccionamiento Rincón del Solar las familias estrenaron recientemente equipamiento en su área verde tras una inversión municipal. Pero el espacio que debía ser punto de encuentro para los niños depende de algo más básico: que el aire se pueda respirar.
Aquí no siempre se puede. Por eso, antes de salir, los padres miran el ambiente. Si el humo es denso, los niños se quedan adentro.
Ixchel Nieto, fundadora del grupo Guardianes del Medio Ambiente JRZ, vive en el mismo fraccionamiento y también padece las consecuencias.
“Mi voz que escuchan no es normal”, dijo durante una sesión de la Comisión de Ecología del Ayuntamiento, realizada en el propio sector.
Ahí, vecinos y autoridades pusieron sobre la mesa una realidad que se repite en la zona del Kilómetro 20: problemas respiratorios, irritaciones en la piel y un entorno contaminado que ya no es tolerable.
“Muchos de los habitantes hablan igual, como gangosos, por las afectaciones en las vías respiratorias, y presentan erupciones en la piel”, denunció una madre de familia, cuyos hijos se enferman de manera constante.


El aire, para quienes no viven ahí, resulta difícil de respirar.
Para quienes sí, es parte de la rutina diaria.
Los vecinos señalaron varias fuentes de contaminación, como los hornos ladrilleros que liberan humo durante gran parte del día, la quema de residuos por comerciantes del mercado del Kilómetro 20, recicladoras instaladas en viviendas y el brote constante de aguas negras.
Aunque autoridades municipales y federales intervinieron previamente un predio cercano donde se realizaban quemas clandestinas, el problema todavía no se resuelve, señalan los vecinos.
La ladrillera más cercana se encuentra a unos diez metros del fraccionamiento. Los fines de semana se queman muebles y colchones. En otros puntos, llantas.
Así, no solo el humo se acumula, en esta zona el drenaje también se tapa, por todo lo que se vierte en él.
Y el ambiente se vuelve irrespirable, sobre todo en la temporada de calor.
Desde la puerta de su casa, María observa si logra distinguir los juegos del parque. Su vista se convirtió en una forma de medir el riesgo.
Si no se ve, no salen.
“Tenemos un parque que ganamos con el presupuesto participativo, pero los niños no lo pueden disfrutar porque están respirando humo”, lamentó Ixchel.
Tras la reunión, autoridades se comprometieron a gestionar contenedores para reducir la quema a cielo abierto. También se planteó reactivar un programa de hornos ladrilleros menos contaminantes, con apoyo de investigadores de la UACJ.
En tanto, la realidad sigue siendo la misma. Y con un parque que, aunque nuevo, no siempre se puede usar.
“Es una problemática muy grande. Yo hablo por mis hijos y por todos los del fraccionamiento: queremos que se solucione y que puedan respirar un aire sano”, expresó una vecina.
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