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La deuda que no se va… hasta que se siente

Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio

Por Daniel Valles | Norte Digital | 11:34 am 4 marzo, 2026

Cuando el discurso de “sostenibilidad” se vuelve una falacia técnica política.

Dieciocho punto seis billones de pesos. (18.1). Esa es la cifra oficial del Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público al cierre de enero de 2026. La presentan como un dato técnico, casi neutro: 49.6 por eicnto del PIB. Y rematan con la frase comodín: “trayectoria sostenible”.

El problema no es que el Gobierno use números. El problema es el tono con el que los usa. El mensaje oficial que a diario se repite desde la capital de la República pareciera una perfecta falacia técnica: por la forma en que se narra, por el énfasis político que se le imprime, por la intención de convertir una alerta estructural en un aplauso de coyuntura. No están mintiendo. Pero sí están nublando.

Porque la deuda, como el colesterol, no duele… hasta que duele. Y cuando duele, ya no basta con boletines.

Lo primero: no es el número, es la trayectoria. En materia de deuda pública, el dato que mata no es el nivel de hoy, sino la dinámica de mañana. ¿Crece la economía más rápido que la deuda? ¿El financiamiento se abarata por estructura o por suerte? ¿La carga de intereses compite o no con el gasto que sostiene servicios básicos?

Se presumió una reducción en el costo financiero. Bien. Pero hay que decir la letra chiquita: buena parte de ese alivio puede depender de factores coyunturales —tipo de cambio favorable, refinanciamientos oportunos—, no de una transformación de fondo. Si el peso se debilita por volatilidad internacional, tasas en Estados Unidos o choque energético, ese “ahorro” se evapora. Y el presupuesto vuelve a sangrar por el lado de los intereses.

Ahora, bajemos esto a la realidad de Chihuahua y, sobre todo, de Ciudad Juárez. Porque aquí el impacto se siente antes, se siente más y se siente con nombre y apellido.

En la frontera, el margen fiscal federal no es una abstracción. Cuando a la Federación se le aprieta la cobija, el frío baja en cascada: inversión pública más lenta, infraestructura que se posterga, mantenimiento que se recorta, proyectos que se ‘reprograman’ hasta nuevo aviso. Y Juárez vive —para bien y para mal— de logística, industria y movimiento.

Si se frena infraestructura, se frena competitividad. Un cruce fronterizo saturado, una carretera sin mantenimiento, una obra estratégica detenida no son simples incomodidades: son costos. Costos para la maquila, para el comercio, para el transporte, para la proveeduría local. En una economía que compite por minutos y por centavos, la infraestructura no es adorno; es supervivencia.

Además, Juárez depende de la economía de Estados Unidos como el desierto depende del agua: si allá hay desaceleración, aquí se enfría la contratación. Si el costo del dinero sube, aquí se encarece el crédito. Y si la deuda nacional presiona al tipo de cambio, aquí se mueven precios, se mueven insumos y se mueve la incertidumbre.

Y viene otro punto que no se dice con la misma alegría que la palabra “sostenible”: la recaudación. Si el Estado necesita más margen para sostener compromisos, el incentivo natural es apretar donde puede: fiscalización, cobro, eficiencia recaudatoria. En la frontera, donde la pequeña y mediana empresa opera con márgenes cortos y competencia feroz, ese apretón se traduce en menos reinversión y, eventualmente, menos empleo.

Lo verdaderamente delicado es el efecto social. Cuando la deuda compite con el gasto, el recorte rara vez se anuncia con tambor y trompeta. Se manifiesta como deterioro gradual: trámites más lentos, servicios más pobres, obras a medias, seguridad sin gasolina. Es el ajuste silencioso, ese que no cabe en un tuit pero que pesa en la vida diaria.

Por eso, el debate público debe dejar de ser una pelea de porcentajes y convertirse en una discusión de prioridades. Una deuda puede ser sostenible en papel y políticamente insostenible en calle. Puede ser “comparativamente aceptable” y localmente asfixiante.

Y aquí cierro con lo esencial: la economía no se gobierna con falacias. Se gobierna con crecimiento real, disciplina fiscal, inversión estratégica y transparencia sin maquillaje retórico. Porque los intereses no se pagan con discurso. Se pagan con dinero. Y el dinero sale, al final, de la gente. Y eso es el meollo del asunto.

* Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio.

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