En una habitación cerrada con candado y con un perro pitbull en el balcón, siete migrantes permanecieron en cautiverio, hasta que una persona que escuchó sus gritos llamó a la policía.
El hecho ocurrió en una vieja casa de dos pisos ubicada en el número 1855 de la calle Jesús Nájera, en la colonia Monterrey, en una de las zonas más deprimidas y antiguas de esta frontera.
“Yo no oigo bien, y aquí estoy siempre adentro de mi casa con mi esposo”, dijo una mujer de unos 65 años, que sin saberlo tenía como vecinos a un grupo de traficantes de personas.
No pudo escuchar nada de lo que ocurría en su calle, hasta que llegó un fuerte contingente de agentes de Seguridad Pública Estatal, en lo que después se supo era un operativo de rescate.



En la fachada de la vivienda agentes de la Fiscalía General del Estado colocaron un cordón amarillo y un sello en papel membretado con la leyenda “bien inmueble asegurado”.
Otra vecina que se acercó en el momento que se llevaba a cabo el traslado de una persona enferma la tarde del martes, hizo un comentario sobre el perro pitbull que no paraba de ladrar en el balcón.
Tampoco ella se dio cuenta de que en ese lugar, hasta el día anterior, había personas secuestradas. El can probablemente era usado para mantener alejados a los curiosos.
Poco antes de las 11:00 de la mañana del lunes 4 de noviembre, agentes del grupo especial SWAT de la policía estatal acordonaron la calle.
Respondieron a una llamada anónima que les alertaba. Desde el interior de la casa se escuchan gritos de personas, les dijo el denunciante.
Cuando llegaron, encontraron a un sujeto de 43 años apodado “el diablita”, bajando de una camioneta Suburban negra estacionada afuera de la casa. Al ver a los policías, trató de darse a la fuga.
Fue capturado en el mismo momento y entonces las personas en cautiverio empezaron a gritar con fuerza.



Los agentes ingresaron rompiendo cerraduras y detuvieron a un segundo secuestrador, “el toreto”, de 33 años, y le incautaron una pistola con 13 cartuchos útiles.
Dentro de un cuarto con candado estaban dos parejas, una era de Guatemala y la otra del Perú. También había tres hombres menores de edad originarios de Argentina, Ecuador y Honduras.
Como una rara ironía de la violencia normalizada que se vive en Juárez, en la barda de la esquina estaba pintada la frase, “la vida como el humo, siempre desequilibrada”.
Las puertas de la casa de seguridad quedaron cerradas con cadenas y candados y una advertencia escrita:
“A quien quebrante sellos puestos por orden legítima de la autoridad competente, se le impondrán de 2 a 7 años de prisión y de 100 a 500 días de multa”.
En lo que va del año unas 428 personas migrantes han sido rescatadas en domicilios o vehículos de carga en esta ciudad por agentes de las policías estatal y municipal.
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