“No, aquí no hay”, me dice la encargada de farmacia sobre la vacuna contra el tétanos, sin siquiera levantar la vista de la hoja en la que trazaba sus garabatos.
“Me dijeron que tal vez aquí; si no, ¿dónde cree que haya?”, le pregunto.
“No sé, a la mejor en Similares”.
“De allá vengo y tampoco hay”, respondo.
“Pues aquí no, a la mejor en el Seguro”, me dice con tono de mezcla entre “cómo será terco” y “a qué hora se va”.
Salgo con emociones encontradas: a la mejor ni la pena vale, pero… la lámina estaba muy sucia y oxidada… y la cortadita… ¡Ay, la cortadita!
Mañana, pues; sí, mañana.
El corte en el pulgar izquierdo fue de poca extensión, pero profundo.
Eso y lo oxidado y sucio de la dichosa laminita es lo que cala en la confianza.
Tétanos… tétanos… tétanos…
La palabra vibra, rebota en escondidos rincones del cerebro, corretea con jocosa crueldad por los recovecos de la mente, manteniendo en vilo el ya de por sí desgastado ánimo.
Tétanos… tétanos… tétanos…
Habían pasado dos días en que la aguerrida lucha entre las pinzas de tenaza y la herrumbrosa y adherida base interior del monomando del fregadero, casi concluye con el desistimiento.
¡Ahhhh! Pero ese martillo. Unos cuantos golpes estratégicos en las zonas oxidadas, la ayuda de una espátula y unas pinzas cortadoras y… ¡voilá!
Pero el daño estaba hecho.
Fueron tres días de recorridos entre farmacias económicas o de postín y las famosas Similares, con el “aquí no hay” resonando en los oídos, hasta llegar al Seguro.
Sin estar dado de alta, llego al mostrador con cubrebocas, manos sanitizadas, dedo pulgar en ristre y la duda…
“Aquí es solo para afiliados, señor. ¿Ya fue al Centro de Salud? Allá se la ponen gratis”.
Ni hablar.
Una última esperanza
En el Centro de Salud el guardia pregunta la razón por la que acudo.
“Peligro de tétanos”, respondo.
“Pues a ver qué le dicen, porque ahorita sé que no hay; ha venido gente que porque se clavó un clavo (sic) o se cortó, o todo eso… a ver qué le dicen”.
Aparece una joven enfermera.
Contra todo pronóstico me responde que sí hay pero que ya pasó la hora de atención, y que tengo que regresar mañana a las ocho.
Me dice que tal vez aún encuentre abierto el módulo del Ichisal.
“Ahí tienen. Cierran a la una, ahorita son las 12:33, a la mejor alcanza todavía abierto”.
Doy las gracias y… ¡a correr!
“Un cuarto día no”, me digo.
Doce minutos antes de la una estoy entrando al recibidor extrañamente solo y en silencio a esa hora.
Una mujer formal y adusta pregunta a qué voy.
Muestro el dedo y digo “tétanos; me dijeron que aquí puedo vacunarme”.
“Claro que sí, permítame”.
Viene el interrogatorio: nombre, edad, datos generales…
“Nada más que no hay en existencia la vacuna normal, tenemos esta que es solo una dosis y se pone en el brazo, al año se tiene que poner la normal”, comenta.
“Un cuarto día, no”, me digo.
Ya vacunado pregunto por qué no hay en otros lados.
“Hay escasez, hasta a los del Seguro nos los mandan para acá”, dice.
“¿Pero, por qué?”
No responde. Han llegado pacientes y la mujer se ve de pocas palabras.
Así que doy las gracias y me retiro. La palabra “tétanos” se va, se aleja, para ir a instalarse ya, por fin, fuera del sonoro diccionario de mi mente.
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