Hay tragedias que duran un ciclo de noticias.
Y hay otras que golpean distinto porque evidencian algo que Ciudad Juárez necesita desesperadamente: personas buenas.
La muerte de Briana Sofía Alday Bujanda no se convirtió en tema solamente por el accidente ocurrido en la Sierra de Juárez. Se volvió conversación porque la ciudad descubrió, de golpe, que perdió a una joven que sí estaba construyendo algo valioso.
Y eso, en estos tiempos, pesa más de lo que muchos creen.
Briana tenía apenas 22 años. Era madre de un bebé pequeño. Estudiaba enfermería. Formaba parte de la Cruz Roja. Sus compañeros la describieron como disciplinada, servicial, líder y comprometida.
No era “influencer” profesional de frases huecas. No vivía de aparentar conciencia social desde un celular. No era de esas celebridades instantáneas que duran menos que una pila china. Era una joven útil. Y eso hace toda la diferencia.
La Fiscalía informó que el accidente ocurrió durante un recorrido recreativo en vehículos RZR dentro del parque Ecoaventuras Trepachanga, en la Sierra de Juárez. El vehículo volcó. No hubo detenidos. Pero la discusión volvió a abrirse inmediatamente: ¿qué tanto se regulan realmente este tipo de actividades?
Porque el problema ya no es solamente la adrenalina. El problema es la cultura de la improvisación mexicana.
Aquí solemos creer que toda actividad recreativa se resuelve con una frase clásica: “Cada quién sabe lo que hace”. Y no. No siempre. La realidad demuestra otra cosa.
El crecimiento de actividades “off-road” en el norte del país ha sido enorme. Los RZR, cuatrimotos y recorridos extremos forman ya parte de una identidad regional ligada a la velocidad, al riesgo y al espectáculo social.
Pero también han normalizado algo peligroso: la falsa sensación de control.
El ser humano moderno cree dominar más de lo que realmente domina. La tecnología produce una ilusión curiosa: mientras más potente es la máquina, más invencible se siente quien la conduce. Hasta que la física recuerda quién manda.
Y la física no negocia. Un segundo basta. Un descuido basta. Una mala decisión basta.
Lo delicado es que muchas veces estas tragedias se discuten únicamente desde el morbo o desde el sentimentalismo automático de redes sociales. Todo dura unas horas: condolencias, fotografías, frases recicladas y luego la ciudad sigue adelante como si nada hubiera pasado.
Pero algunas pérdidas sí deben provocar reflexión. Porque no todas las vidas aportan igual al tejido social. Aunque suene incómodo decirlo.
Personas como Briana, con su entrega, disciplina y actitud de servicio, son quienes restablecen y restauran, quienes construyen el tejido social en una comunidad. Por eso es tan lamentable un fallecimiento como el de ella, en un accidente que trunca una vida que tenía tanto que dar a su bebé, a su familia, a su ciudad.
Eso fue precisamente lo que tanta gente percibió después de su muerte.
La reacción emocional no surgió solamente por la juventud de Briana. Surgió porque mucha gente identificó en ella algo que hoy escasea: vocación de servicio auténtica.
Las ciudades no sobreviven únicamente gracias a inversiones, puentes, centros comerciales o megaproyectos. Sobreviven gracias a personas responsables que sostienen silenciosamente la vida diaria de una comunidad.
Maestros buenos. Paramédicos responsables. Enfermeras comprometidas. Madres presentes. Padres trabajadores. Voluntarios. Gente confiable.
Ese tipo de personas mantiene unido un entorno social que constantemente amenaza con fracturarse. Por eso, cuando muere alguien así, la sensación colectiva cambia. No es solamente tristeza. Es percepción de vacío.
Y Ciudad Juárez conoce demasiado bien los vacíos. Los ha visto en la violencia, en las adicciones, en la desintegración familiar, en la pérdida de jóvenes, en la normalización del caos y en esa peligrosa costumbre mexicana de convertir todo en estadística.
Pero una ciudad no puede vivir únicamente contando muertos. Necesita reconocer también el valor de quienes intentaban hacer las cosas bien.
Porque si dejamos de distinguir entre quienes destruyen y quienes construyen, entonces todo da igual. Y cuando todo da igual, la comunidad empieza a desmoronarse lentamente.
Tal vez por eso la muerte de Briana golpeó distinto. Porque recordó algo muy simple: todavía existen jóvenes que quieren servir, ayudar y aportar algo bueno.
Y cuando una ciudad pierde a uno de ellos, pierde mucho más de lo que aparece en un reporte oficial. Pierde futuro. Y eso es, el meollo del asunto.
* Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio.