En el mundo contemporáneo, la información se ha convertido en un campo de batalla tan decisivo como el económico o el militar. No se trata únicamente de hechos, sino de relatos: narrativas cuidadosamente diseñadas para legitimar posiciones de poder, ocultar contradicciones y mantener a las poblaciones en un estado de ignorancia funcional. Unos relatos que, en condiciones de estabilidad, son integrados en la conciencia colectiva como parte de una realidad legitimada, pero que en situaciones de inestabilidad adquieren una condición sur-realista. Irreal, lleno de contradicciones, especialmente cuando es visto desde el Sur Global.
El Norte Global, quien, hasta bien entrado el siglo XXI domina el relato epistemológico más extendido, a pesar de la resistencia descolonizadora del Sur que aspira a la emancipación de las voces silenciadas por el Norte, u Occidente, existen dos grandes relatos que aparentan ser distintos, pero que en realidad se complementan. Son dos narrativas para una misma idea.
Por un lado, está el relato progresista-globalista que se asocia con la izquierda: se presenta bajo el paraguas del derecho internacional y la democracia. Se apoya en organismos como la ONU y en iniciativas como la Agenda 2030 (que adulteran), así como en ONG’s que, en muchos casos, operan como emblema de la cooperación y la solidaridad pero que por otro lado son manipuladas y terminan siendo engranajes de un sistema de corrupción y dependencia en el Sur. Este discurso busca legitimarse como el “faro civilizador” fiel a los derechos humanos, ocultando que detrás de la retórica se mantiene un sistema que se alimenta de la explotación, el saqueo de recursos, la desigualdad y una migración forzada que mantienen o aspiran a mantener controladas, pero no cesan de presionarlos. El otro afirma que todo esto es un discurso poco creíble y que el futuro pasa por levantar muros y difundir amenazas para mantener al Sur en el Sur, antes de que invada al Norte con migración y violencia, y que “se espabilen”. Son antiONU, antiAgenda 2030 y antiONG’s. Es el relato reaccionario-excluyente de la (extrema) derecha: más visceral, más explícito en su desprecio hacia el Sur y los derechos humanos. Se autoproclama honesto porque no disfraza su elitismo bajo valores universales, sino que lo reivindica como un derecho natural derivado de la historia escrita (por los vencedores).
Ambos relatos, aunque distintos en la forma, comparten el mismo fondo y actúan al unísono cuando comparten el mismo temor a perder el mando de este sistema: aspiran a sostener el poder del Norte y mantener al Sur subordinado. Para ello controlan los medios de comunicación, a los que destinan enormes recursos, tanto de un modo reconocido como no reconocido. Los canales por donde fluyen estos flujos de capitales son múltiples, y destinan los mismos esfuerzos a comunicar que a incomunicar, controlar o, incluso, espiar.
Los primeros manipulan la realidad con un discurso internacional que parece atractivo, los segundos apelan a la ley del poder del más fuerte, y ambos se comportan como quien cree tener las llaves del capital que lo controla todo. Los dos menosprecian al Sur, y cada vez más lo temen, mientras idealizan al Norte y al capitalismo competitivo, si mantiene el monopolio del Norte. Los dos han sostenido el Norte postcolonial desde la creación, primero, de la Sociedad de Naciones, después, de la ONU. Pero ahora ese modelo se resquebraja, y, en lugar de entenderlo y aceptar su colapso o reconfiguración, muestran una beligerancia inusitada, fuera de lugar e inoperante que está dinamitando su autoridad moral a todas luces.
Han aparecido nuevos actores en el Sur que crean y capturan capital y tecnología, y esto se percibe como una amenaza que ha encendido todas las alarmas. Las dos narrativas del Norte se conocen bien, y se ven y se reconocen como la única bipolaridad del sistema ante este desafío. En el teatro político juegan al poli bueno y al poli malo frente a los pueblos que los votan y gobiernan, y frente al Sur. Ambos saben que forman parte de un juego, que creen dominar. Y las reglas de este juego admiten la manipulación. No se basan en la verdad, al menos en toda la verdad.
No hay puentes ni alternativas. Son el motor político bipolar que actúa cuando hay que capitalizar el mercado (progresistas) y cuando hay que descapitalizarlo para ajustar el sistema y seguir el juego de la competencia y el monopolio (extrema derecha). Se mueven en dos dimensiones (ellos), en un mundo donde hay tres (los otros). Desposeídos de su aparente éxito, cuando el Norte está dejando de ser lo que era, pasan a ser versiones banales de un sistema roto. Demuestran no creer en el derecho internacional y oculta la verdadera naturaleza de su motor: la captura de plusvalías en un mundo que, para que funcione, tiene que ser inestable y desigual.
Ambos silencian las voces críticas que denuncian desigualdad, saqueo y migración forzada que ejerce el Norte sobre el Sud, y la presión, destrucción, de la naturaleza. Al verse amenazados, recurren a toda forma de estratagemas, incluida la difamación de los adversarios del Sur que intentan levantar una alternativa, para someterlos y, si no es suficiente, “maquinar” secretamente para imponer sus intereses o amenazarlos o agredirlos con la fuerza de las armas y la imposición de sanciones económicas y comerciales.
Ambos controlan los medios de comunicación, que funcionan como altavoces de las élites políticas y empresariales, mientras mantienen el control de los datos, el espionaje y la militarización. Y en esta tendencia también se le ha sumado el Sur, o una parte de él, la que no está subyugada al Norte.
Así, se destapan las fallas del capitalismo, el maná del que se han estado alimentando. Esto explica la tensión actual, donde todos se acusan de mentir y manipular mientras el Sur sufre y se pierde la unidad del Norte, que se está fragmentando ante su caótica y lamentable deriva. La ignorancia, la desorientación y la violencia generada le pone más leña a esta hoguera descontrolada.
Como resultado, se censura, se fragmenta y se manipula compulsivamente la información a escala global, generando desorientación, tensión y violencia a todos los niveles que permea en la población. El resultado es una ciudadanía universal atrapada en relatos contradictorios, incapaz de acceder a una visión clara de las causas estructurales de esta crisis global, que muestran la evidencia palpable de estar viviendo el colapso de la diplomacia internacional, los vínculos culturales y la civilización.
Ante este descalabro, rebosan la ignorancia y caos, que son instrumentalizadas como herramientas de control, por parte de quienes no quieren soltar el poder para mantener viva la ilusión de formar parte del lado vencedor de la historia, tal como está escrita y se aspira a seguir escribiendo.
La ignorancia (gran parte de ella) no es un accidente, es una estrategia. Mantener a las poblaciones desinformadas, enfrentadas y desorientadas garantiza la continuidad del sistema, y permite usarla para blindar su control en momentos de crisis.
El caos se impone como narrativa dominante: todos se acusan de mentir, se censuran, y mientras tanto el Norte se debilita y deslegitima, pierde todo aquello que lo ha llevado a ser la referencia, el modelo a seguir. Sin embargo, es el Sur quien (por ahora) sufre las consecuencias más desestabilizadoras, especialmente en Oriente Medio. En un mundo, el Sur, ya de por sí desestabilizado, en África y gran parte de Latinoamérica y el Caribe, y del resto de Asia. Más Ucrania, otra región sacrificada en la histórica frontera en disputa Euro-Asiática.
La inestabilidad y la violencia, con la ignorancia y la desinformación, se expanden. Y, sin relato alternativo, todo puede pasar, como ampliar de escala e intensidad. Como señala Boaventura de Sousa Santos, esta crisis narrativa es también una crisis epistemológica: el pensamiento dominante del Norte ha silenciado las epistemologías del Sur, invisibilizando saberes y experiencias que podrían ofrecer alternativas. Sin recuperar esas voces y construir relatos emancipadores desde la pluralidad, el sistema seguirá atrapado en su propio colapso. La capacidad de seguir alimentando esta barbarie seguirá existiendo, y la incapacidad para evitarlo también.
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