Al entrar, el aroma intenso del café era el encargado de dar la bienvenida. Era un olor fuerte, inconfundible, que penetraba inmediatamente al cuerpo y le inyectaba vitalidad. Nada como un buen café para empezar el día y, si era en vaso, mejor, pero que fuera uno de esos vasos grandes, donde el café y la leche se mezclaban después de brotar de unas jarras metálicas en manos de meseras perfectamente uniformadas y bien planchadas, que invariablemente llevaban una pluma entre el cabello bien peinado.

Quizá eran ellas las que, sin saberlo, perfumaban el lugar en su ir y venir a las grandes cafeteras del fondo para llenar aquellas jarras que no paraban de pasearse entre las mesas. Y claro que en el lugar había comida. Había de todo, desde huevos rancheros hasta platillos chinos a toda hora. Los platos eran abundantes como para que nadie se quedara con hambre. Y el pan, el inolvidable pan, que era exhibido en los inmensos ventanales y en las vitrinas del interior: ahí estaban los bisquets, los ojos de Pancha, las esponjas y, desde luego, los pays de crema y de limón.
¿Y la clientela? Había también de todo: voceadores que regresaban de sus recorridos, oficinistas apresurados, comerciantes, paseños que buscaban estirar sus dólares, uniformados de todos colores, choferes de taxi y hasta policías que empezaban o terminaban el turno.
El ruido era especial, era el murmullo de los restaurantes populares: platos y vasos que chocaban, voces de meseras que repetían las órdenes, hombres maduros de muchos años y poco oído que alzaban la voz, repartidores de refrescos que gritaban como si estuvieran en la calle.
Era un lugar ubicado en el mero corazón de la ciudad, o lo que fue el corazón, antes de que la ciudad se partiera en varios pedazos. Hasta ahí llegaban en diciembre las caravanas de hombres y mujeres guadalupanos a dar gracias, entre el ruido de tambores y el sonar de los carrizos del vestuario de los danzantes. Y en el invierno, cuando en esta ciudad nevaba, los grandes ventanales daban la oportunidad de ver una calle blanca, con el tráfico de autos suspendido y con las banquetas cubiertas de nieve. Cuando las nevadas eran intensas, aquel era el mejor lugar para contemplarlas, porque entonces el perfume del café parecía volverse más intenso, los ojos de Pancha sabían mejor y los tragos de café eran más hondos, más profundos.
El café que marcó una época



La Nueva Central era un lugar para todos porque cualquiera entraba y, lo que era mejor, los precios —por lo menos los del siglo pasado— estaban como para que mucha gente pudiera meterse a disfrutar de una cocina sencilla y agradable, que no era presuntuosa, que no pretendía ser lo que no era. Era simple y llanamente comida regional bien servida, que se complementaba con algunos platillos chinos que tampoco eran caros.
Cuando la presidencia municipal estaba a dos cuadras de distancia y la Catedral a una, aquello era indudablemente el centro de la ciudad. Ahí estaban los cines, las farmacias, las tiendas de abarrotes, las papelerías. Y tomarse un café en ese lugar era un gusto que muchos se daban en cuanto podían.
Por desgracia, a muchos cafés y restaurantes los venció el tiempo y se fueron yendo. A este no. Los años le refrescaron su fama y creció. Se extendió por allá por el Tecnológico, a un espacio grande, inmenso. Y también llegó hasta el rumbo del nuevo Consulado norteamericano. Y siguió creciendo cuando llegó hasta lo que fueron las ruinas de un viejo cabaret de la calle Mariscal, en la vieja zona roja de la ciudad.
El rescate de un lugar histórico


Con paciencia, el nuevo dueño de ese lugar se hizo de fotografías y testimonios de cómo era aquel sitio, para reconstruirlo poco a poco. Y lo logró: tras muchos meses, aquel cabaret lucía como lo mostraban las fotografías de la época. Su dueño hizo lo que a veces no pueden hacer las instituciones oficiales: rescató un lugar histórico, para devolverle todo lo que alguna vez tuvo.
El dueño de La Nueva Central, Francisco Yepo, fue un hombre generoso que devolvió a la ciudad parte de su pasado y le puso la mesa para que hombres y mujeres de todas las edades se sentaran a reunirse, a festejar, a reencontrarse, a reconciliarse o simplemente a comerse un generoso plato de comida china. ¿En dónde más, si no ahí, puede alguien darse el gusto de tomar un café con leche hirviendo, acompañado de un bisquet recién salido de un horno inmenso? En ninguna otra parte, porque nomás ahí es posible ese pequeño banquete que muchos juarenses se han dado.
Y todos estos pequeños y grandes momentos la ciudad se los debe a Francisco Yepo, hombre sencillo, de trato amable, juarense como pocos y generoso con muchos. Sin olvidar que el lugar adquirió una cara más, porque ahí, en La Fiesta, en la calle Mariscal, se presentaron algunos libros, con el apoyo generoso y discreto de ese reconstructor de pasados.
El legado de Francisco Yepo

Pero el creador de eso, el rescatista de ayeres, el empresario audaz, ya no está. Francisco Yepo se fue. Deja herencia invaluable no solo a su familia, sino a todos los que se dieron el gusto de comer en algunos de los lugares que fundó. Deja el ejemplo del trabajo intenso y de la sencillez. Deja en los labios y en los recuerdos de los juarenses el sabor y el aroma del café. Y en la memoria de muchos, los gratos momentos de comer con los amigos y con la familia.
Los aromas sin duda seguirán flotando en esos lugares que creó, donde las añoranzas de muchos darán testimonio de su vida y de su trabajo.
Y Francisco Yepo será recordado como juarense ejemplar, como el hombre que vivirá por largos años entre el aroma del café.
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Por Hugo Chávez