Las doctoras Martha Aurelia Dena Ornelas y Olivia Aguirre Bonilla presentaron el libro ‘La industria del sexo en Ciudad Juárez. Una mirada desde la persona consumidora del servicio y contenido sexual’.
La obra, editada por Reditech y Tirant Lo Blanch, representa un recordatorio de que la trata de personas y la explotación sexual de mujeres y niñas continúan siendo una realidad en Ciudad Juárez, una ciudad marcada durante décadas por la violencia de género.
De acuerdo con las autoras, la frontera cuenta con un amplio mercado de consumidores de servicios y contenido sexual, por lo que la investigación rompe con la tendencia de estudiar la trata únicamente desde la perspectiva de las víctimas o del marco legal.
“Este trabajo académico rompe con una tendencia dominante: estudiar la trata únicamente desde la perspectiva normativa o desde la condición de las víctimas”, plantean las investigadoras.
El enfoque se centra en quienes pagan por esos servicios y contenidos, al considerar que sus decisiones y recursos económicos sostienen una cadena de explotación.
Del tratante al consumidor: el eslabón que pocas veces se analiza
Durante la presentación, Daniel Sierra Carpio, profesor investigador de tiempo completo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Chihuahua, destacó que el libro dirige la mirada hacia el consumidor.
“No hacia el maleante que imaginamos normalmente, sino hacia la persona común, esa con la que convivimos todos los días: el vecino, el amigo, el compadre, la compañera de trabajo, porque sí, este libro pone de manifiesto que también existe el consumo femenino”, señaló.
Para la investigación se entrevistó a 14 personas, entre ellas consumidores de servicios y contenido sexual, personas sentenciadas por trata que cumplían condena en el Cereso Estatal número 3 de Ciudad Juárez, una trabajadora sexual y un empleado de un establecimiento de comercio sexual.
Sierra afirmó que quienes pagan por prostitución o pornografía no son figuras marginales del sistema económico, sino participantes activos de una cadena de producción que tiene víctimas reales.
Uno de los hallazgos más relevantes tiene que ver con la contradicción presente en varios consumidores entrevistados. Muchos reconocieron que la prostitución puede estar vinculada a la trata de personas, que puede implicar coerción y que no constituye un trabajo digno, pero aun así continúan consumiendo.
“Las autoras nombran esto junto con Hannah Arendt: la banalidad del mal. No se trata de monstruos. Se trata de personas que han aprendido a no pensar en las consecuencias de lo que consumen”, subrayó el académico.
Una explotación que ocurre a plena vista
La investigación también cuestiona la idea de que la explotación sexual ocurre en espacios ocultos o clandestinos.
Sierra explicó que la llamada “arena de la explotación sexual” está presente en lugares visibles y cotidianos de la ciudad.
“Es un bar frente a las oficinas de la Fiscalía General de la República en la avenida Lincoln.
Es un hotel enseguida de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UACH. Es una casa en una zona residencial. Es un restaurante o centro nocturno legalmente establecido en una de las principales avenidas comerciales de la ciudad.
Es una agencia de modelos con sede en Venezuela que importa mujeres y les cobra el pasaje al llegar. Son plataformas digitales —algunas que todos conocemos— donde el contenido se consume gratuitamente y sin que nadie pregunte de dónde viene”, expresó.
El investigador señaló que el perfil predominante del consumidor identificado en el estudio corresponde a hombres y mujeres de entre 30 y 50 años de edad, con estudios universitarios o de posgrado, ingresos medios y altos y, en su mayoría, casados.
“No es la periferia social. Es el centro”, resumió.
Finalmente, destacó que las autoras proponen sancionar penalmente al consumidor, además de regular y fiscalizar las plataformas digitales y los medios de comunicación que publican anuncios codificados relacionados con la explotación sexual.
“Pero lo que a mí me queda al terminar el libro no es una respuesta, sino una pregunta colectiva: ¿qué tipo de sociedad hemos construido en la que el cuerpo de una niña de doce años puede ser una mercancía, y eso ocurra a plena vista, en establecimientos con licencia, y con la complicidad —por acción o por omisión— de instituciones, medios, empresas y ciudadanos?”, reflexionó Sierra.
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