Hay una diferencia enorme entre gobernar una realidad y gobernar una narrativa.
La primera exige observar los hechos, incluso cuando son desagradables. La segunda consiste en intentar acomodar los hechos para que encajen con aquello que deseamos creer.
La titular del Poder Ejecutivo Federal, Claudia Sheinbaum, parece haber desarrollado una afición particular por una frase que se repite con sorprendente frecuencia: “No creo que…”.
No creo que exista tal problema. No creo que sea así. No creo que Estados Unidos esté detrás. No creo que tenga consecuencias. No creo que ocurra.
A simple vista parece una expresión inofensiva. Todos creemos cosas. Todos tenemos convicciones. Todos interpretamos la realidad a partir de ciertos marcos de referencia. Pero cuando quien habla es la persona que encabeza el Gobierno de una nación de más de ciento treinta millones de habitantes, la frase adquiere otra dimensión.
Porque gobernar no consiste en creer. Gobernar consiste en prever. Gobernar consiste en evaluar riesgos. Gobernar consiste en prepararse incluso para aquello que no deseamos que ocurra.
Existe una vieja técnica de comunicación política que el filósofo Herbert Marcuse habría reconocido inmediatamente. La llamó “tolerancia represiva”. La idea era simple: permitir y promover únicamente aquellas opiniones que fortalecieran una determinada visión ideológica, mientras se desacreditaban o minimizaban las voces contrarias.
No se censura directamente. Se desacredita. Se ridiculiza. Se descalifica. Se presenta como imposible aquello que contradice el relato oficial.
Marcuse seguramente estaría orgulloso al observar cómo algunos Gobiernos contemporáneos han perfeccionado el método. Particularmente cuando se combina con otra herramienta muy utilizada por los movimientos progresistas: la inversión de la tendencia. La que consiste en negar o minimizar un fenómeno mientras ocurre, para después reinterpretarlo cuando ya resulta imposible ocultarlo.
No es nuevo. Ha ocurrido muchas veces. Primero se afirma que algo no sucederá. Después sucede. Luego se explica que en realidad nunca fue tan importante. Y finalmente se presenta como una consecuencia inevitable que siempre estuvo contemplada.
La historia reciente mexicana ofrece varios ejemplos. Se dijo que determinadas tensiones políticas no tendrían relevancia. La tuvieron. Se dijo que ciertas fracturas internas no existían. Aparecieron. Se dijo que determinados conflictos diplomáticos eran exageraciones. Escalaron. Se dijo que ciertas presiones internacionales eran imaginarias. Terminaron ocupando titulares nacionales e internacionales.
Lo preocupante no es equivocarse. Todo gobernante se equivoca. Lo preocupante es convertir la negación en método de gobierno.
Porque la realidad tiene una característica profundamente incómoda para los ideólogos: No coopera.
La economía no pregunta qué creemos. Los mercados no preguntan qué creemos. La inseguridad no pregunta qué creemos. Las disputas internacionales no preguntan qué creemos. Simplemente ocurren. Y cuando ocurren, presentan la cuenta.
Quizá por eso una parte importante del debate público mexicano ha comenzado a girar alrededor de percepciones en lugar de resultados. Lo importante ya no parece ser resolver el problema. Lo importante es controlar la explicación del problema.
La narrativa sustituye a la evidencia. La consigna sustituye al análisis. La lealtad sustituye a la crítica. Y entonces aparece el peligro. Porque cuando un Gobierno se acostumbra demasiado al “No creo que…”, corre el riesgo de dejar de prepararse para aquello que sí puede suceder.
La historia política está llena de dirigentes que confundieron sus deseos con la realidad. Todos terminaron encontrándose con el mismo adversario. Los hechos. Y los hechos tienen una mala costumbre. Llegan sin pedir permiso.
La pregunta no es cuántas veces escucharemos a Claudia Sheinbaum decir “No creo que”. La pregunta verdaderamente importante es cuántas veces los Gobiernos mexicanos seguirán confundiendo sus creencias con la realidad.
Porque una cosa es tener convicciones. Y otra muy distinta es gobernar con base en ellas. Ahí, el meollo del asunto.
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