Al ras de la tierra árida y seca, como la justicia cuando no llega, una lentejuela violeta brilla debajo de un arbusto seco.
Está ubicada justo donde empieza una pequeña rampa, pedazo de suelo elevadizo y desnudo en el que, metros más adelante, el nombre de Araceli Esmeralda Martínez Montañez, sigue plasmado sobre la barda de una quinta.

El sol del medio día apenas alcanzaba el cénit de su lumbre, cuando familiares y amigos de la joven, que hace una semana ya habría cumplido los 49, gritaban en silencio desde los corazones inconformes, ‘treinta años sin justicia’.
Fue en este sitio donde en un oscuro día de 1995, manos asesinas privaron de la vida a la joven mujer originaria de Durango, que en ese instante indigno tenía apenas 19 años.
Ahí estaban la madre y la hermana, los amigos, las mamás de otras mujeres, niñas, desaparecidas, ultrajadas, privadas de la vida, asesinadas, en esos años que muchos quisieran amordazar de olvido.
“Para nosotros este es un lugar al que venimos seguido durante el año, le nombramos la cruz de Esmeralda”, expresa Cinthia Martínez Montañez, que tenía apenas cuatro años cuando asesinaron a su hermana.
Apoyada por un reducido grupo de personas, coloca las mesas, la bocina, los globos y un lienzo entre rosa y anaranjado para cubrir el mural restaurado que un artista local pintó en memoria de Aracely Esmeralda.
El sitio está ubicado a menos de un kilómetro del cruce del eje vial Juan Gabriel y la carretera a Casas Grandes, donde inicia la larga y solitaria vialidad, que todos conocen como el Camino Real.

En el mural, la madre de Cinthia y Aracely Esmeralda, tiene la mirada fija hacia el sur. A su lado su hija sonríe, con grandes arracadas doradas y un vestido rojo. Al ver ambas figuras, cualquiera pensaría que el tiempo se detuvo en un instante de felicidad, incorruptible.
Hace una semana, el sábado 5 de abril, Araceli Esmeralda habría cumplido 49 años. Por eso en la manifestación de este fin de semana se incluyó un pastel, adornado con rosas rojas, como el vestido del mural que parece moverse con el viento, como si ella estuviera ahí, abrazando su causa.
Pero nadie aquí viene en son de paz o festivo. Igual que su madre, Cinthia hoy está enojada.
“Aquí fue donde encontraron su cuerpo en 1995, aquí fue donde la tiraron”, dice envuelta en esa aura de fortaleza, que rodea a las mujeres que han luchado contra el feminicidio, su ignominia y su deleznable indiferencia oficial por más de treinta años aquí, en Ciudad Juárez.
La impunidad, ese amargo pan nuestro de cada sexenio que termina y que, como una maldición, siempre vuelve a empezar, es el motivo de su queja.
Todos los años, varias veces han venido al lugar para recordarla, pero hoy decidieron salir a protestar por lo que está sucediendo con el caso, en la Fiscalía General del Estado de Chihuahua.
“Lo calificaron como un homicidio simple y le dieron carpetazo, lo cerraron”, dice la joven, con el gesto endurecido.
Ella es la hermana más pequeña, nunca ha dejado de luchar al lado de su madre. Desde hace varios años trabaja en una planta maquiladora de la frontera, como miles en las últimas décadas.
En medio de esa obrera vulnerabilidad de la que tanto presumen las instancias públicas y privadas, cuando se trata de enaltecer la pujanza económica y el empleo, Cinthia hace un señalamiento que suena a grito en medio del desierto, que, aunque pueda parecer una metáfora, nada tiene que ver con el paisaje.
En estos años, afirma, las autoridades de la Fiscalía, actuales y pasadas, han encontrado siempre una nueva manera de engañarlas.
Por eso siguen buscando, empecinadas, que el caso no prescriba, que sea calificado como lo que es, un feminicidio, aunque algunos oídos en las instancias de Gobierno se sientan ofendidos, importunados, por la realidad de ese delito que sigue siendo lacerante.
“Porque eso fue (feminicidio), a mi hermana, aquí la encontraron torturada, degollada, violada, semidesnuda, le desfiguraron su rostro, no me pueden decir que no es un crimen de odio en contra de una mujer”.
La descripción de Cinthia no necesita ninguna atribución. Se sostiene a sí misma por el peso de su verdad, tan terrible, como inocultable.
La voz de la joven mujer emerge como rayo, como si el sol que sigue encaminándose a su cénit, le hubiera dado fuerza. En el reloj faltan doce minutos para que sean las doce.
Ya solo resta que Rosaura, la madre, parta el pastel y al fondo se alcancen a escuchar, con un volumen suave, Las Mañanitas, mientras a un lado del camino, una lentejuela violeta, no deja de brillar.
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Por José Estrada