En el Panteón Tepeyac, una cruz de piedra conserva el nombre de José Borunda Escorza, quien fue presidente municipal de Juárez en 1938. Hoy, su tumba permanece, al parecer, sin visitantes y sin familiares que paguen por su mantenimiento, afirma uno de los cuidadores, Narciso Vargas, quien ha vivido desde niño al costado del camposanto.

Vargas menciona que es una de las tumbas más icónicas del panteón y que el exalcalde “lamentablemente tuvo un deceso muy, muy remarcado”. Agregó que, una tarde en su oficina, en 1938, el expresidente recibió una carta proveniente de la capital del estado, pero en realidad era la bomba que terminó con su vida.
“Al abrir el regalito, nadie se esperaba que fuera una bomba. Se dice que fue algo drástico. Las manos, las cuencas, cayó de rodillas… querían que le quitaran las vendas de los ojos, pero ¡cuáles ojos, si ya no tenía el pobre!”, agregó el panteonero al recordar historias que ha escuchado desde pequeño.

Borunda había iniciado su gestión el 1 de enero de 1938 y solamente tenía tres meses en el cargo, bajo el Partido Nacional Revolucionario. Su muerte fue una prueba de que los conflictos postrevolucionarios seguían existiendo y, desde entonces, se le recordó como “el presidente que mataron”, sin que se supiera con exactitud por qué o quién fue.
Tres años después, su sobrino Teófilo Borunda tomó la presidencia estatal y, para conmemorar la vida y la trágica muerte de su ascendiente, nombró así al parque que está en la avenida Vicente Guerrero y calle Ignacio Ramírez: Parque Borunda.
Hasta la fecha, el parque sigue recibiendo a cientos de personas, sobre todo los fines de semana; disfrutan de antojitos, se suben a los juegos mecánicos o solo caminan por el lugar. Pero aquella zona verde se llama como alguien que en algún momento gobernó la ciudad, aunque fuera por poco tiempo.

Una cruz entre la hierba
En la actualidad, su lápida conserva el grabado “Señor José Borunda E.”; lleva una cruz funeraria de color gris hecha de piedra, con relieves ornamentales en sus extremos y de aproximadamente un metro de altura. Al frente se encuentra su esposa, descansando en una fosa cerca de su pareja.
Su cónyuge tenía una lápida de mármol rosa, traído desde la Ciudad de México; sin embargo, hoy solo quedan vestigios de lo que un día fue: dos pequeños pedazos de mármol incrustados en el cemento que cubre los restos.
Narciso opina que, conforme pasó el tiempo, el mármol se fue cayendo por causas naturales, pero que los trozos rotos se los llevaban “malandros”. Aunque remarca que no es todo lo que se ha esfumado, pues reafirmó que nadie va a visitar tales tumbas.
Indicó que tampoco hay quienes paguen cuotas oficiales para que los restos del matrimonio Borunda puedan ser los únicos en sus fosas, o bien, para que a las tumbas se les dé mantenimiento.
Lo único que piden para todos son 500 pesos anuales y el pago de cada año que no se pagó; aunque las tumbas de personajes históricos suelen permanecer y recibir mantenimiento constante, agregó.
“Siempre esperamos a ver si viene alguien a hacerle homenaje. Ahorita la hierba ha crecido… pero para el 2 de noviembre ya va a estar limpio todo esto. Esperando, pues, que se acuerden de sus héroes, de sus fieles difuntos, porque sigue habiendo gente que viene a solicitar fosas”, exclamó.
Narciso contó que la administración del Tepeyac tiene expedientes de cada uno de los difuntos que descansan en el panteón y que se guían con esos datos para decidir cuál fosa es la más antigua y buscar si aún hay descendientes directos vivos.
De esa manera, analizan las fechas en que fueron sepultados, las posibles edades de sus hijos y, por último, consideran si es un espacio apto para una nueva apertura en la que se dé lugar a un cuerpo nuevo.
“No se desentierran, en aquella época los enterraban muy abajo porque estaba cerquita el cerro y los coyotes; si los ponían muy arriba podían venir y desenterrarlos. Entonces solo preparamos todo y arriba se coloca al nuevo difunto”, afirmó Vargas.
Por otro lado, agregó que, antes de decidir si se recuperará una fosa, se da aviso de la apertura en los periódicos Presencia y El Heraldo.
Además, aseguró que regularmente los difuntos dejan de recibir visitas cuando fallecen los hijos; sin embargo, José Borunda no tuvo hijos, por lo que no tiene descendientes directos o cercanos.

La familia que busca reencontrar su historia
El legado de los Borunda persistió en la ciudad, no solo en nombres de icónicos parques o avenidas, sino también en la descendencia que prospera en la actualidad, como un familiar lejano: Pedro Borunda Meléndez, licenciado en Derecho y graduado en 2025 por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ).
Pedro, con tan solo 25 años, mencionó a Norte Digital que no tiene muy clara la estructura familiar. Sin embargo, recordó que José Borunda fue familiar de su abuelo y recalcó que los dos se criaron como hermanos por sus edades cercanas, aunque el expresidente, al parecer, era el tío de su abuelo.
Además, el joven también es sobrino de Eduardo Borunda, presidente de la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez y actual cronista de la ciudad, quien le contó algunas historias familiares, pues, aunque siempre las escuchó desde niño, hubo detalles que necesitó corroborar o añadir.
“Creo que José Borunda por ahí de pronto ha sido un poquito olvidado dentro de la propia narrativa de la historia de la ciudad… Aunque la gente ya trae un chip, se asocia con un elote del Borunda o con Las Misiones”, exclamó.
Tras 88 años de la muerte del exalcalde, Pedro mencionó que no sabía en dónde se encontraban los restos de su familiar. Sin embargo, indicó que en el Tepeyac también descansa su abuelo, quien se llamó como él, Pedro Borunda, y en la misma tumba está su abuela.
Recordó que, mientras crecía, conoció parte de la historia familiar cuando le encargaron de tarea hacer un árbol genealógico, pero fue hasta una visita a la Antigua Presidencia Municipal cuando pudo conocer el rostro de José Borunda.
Hoy reconoció que el linaje ha crecido mucho, pues incluso hay “Borundas” que la familia ya no sabe quiénes son. Explicó que algunos se fueron a Estados Unidos a trabajar; otros se dedicaron a la bolería enfrente de la catedral, en la colonia Gregorio M. Solís, donde iniciaron el oficio y lo volvieron un negocio familiar; otros se fueron por el ámbito académico en la UACJ.
Lo más cercano a la sangre de José Borunda son los descendientes de su hermano: el abuelo de Pedro, quien tuvo 12 hijos. Dos de ellos ya fallecieron, pero todos tuvieron hijos. En la actualidad hay aproximadamente 50 sobrinos y como “800” nietos, exclamó entre risas.
“Habrá que ponerse de acuerdo para hacer la visita, para dar continuidad y, por supuesto, generar esta memoria colectiva que de pronto, por el paso del tiempo, se puede ir borrando. Hay que reconocer el legado que nos antecede y, sobre todo, respetar el honor de víctimas de la guerra”, expresó Pedro Borunda.