En cualquier empresa, institución o, incluso, en el núcleo familiar, lo primero que se hace cuando las deudas ahogan sus finanzas es recortar gastos innecesarios y, por supuesto, los de “relumbrón”, esos a los que les llamamos superfluos.
Lo de recurrir a la venta de lo poco que se tiene —la casa, el auto, la maquinaria o el largo etcétera— es casi lo último, porque con eso se puede continuar trabajando y, en una de esas, cubrir el boquete financiero.
Eso pasa en cualquier parte, menos en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH), la que dirige el rector aficionado al futbol americano, Luis Alfonso Rivera Campos.
Acá, en la UACH de Rivera Campos, sí harán su propia venta de garaje para pagarle nada más y nada menos que a Pensiones Civiles del Estado. ¡Habrase visto!




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Mirone se enteró de que la deuda con ese organismo, encargado de administrar las pensiones y jubilaciones de los empleados universitarios y, además, proporcionarles servicio médico, anda cerca de los mil millones de pesos.
Lo curioso es que, antes de hablar de una cirugía mayor al gasto corriente, de recortar privilegios o de revisar la estructura administrativa, la conversación ya llegó hasta los ranchos universitarios, esos que tanto prestigio le han dado a la UACH por ser espacios donde se han realizado investigaciones de alto alcance en materia agrícola y ganadera.
El tianguis que ya habría instalado Rivera Campos incluye el Rancho Experimental Teseachi, ubicado en Namiquipa, con alrededor de 14 mil hectáreas; Las Canoas, en Gómez Farías, con unas 7 mil 500 hectáreas; y otro predio de menores dimensiones en El Sauz, municipio de Chihuahua.
En conjunto, son más de 21 mil 500 hectáreas que durante años han servido para investigación, prácticas académicas y proyectos vinculados con las ciencias agropecuarias.
Por eso, la sola posibilidad de ponerles precio y colocarlos en el mercado ha levantado más de una ceja entre maestros y universitarios.
A estas alturas, cuando la noticia ya recorrió buena parte de la comunidad universitaria, abundan las caras que se voltean a ver unas a otras preguntándose si no había de otra, o si mejor se recortaba acá o allá para pagar, al fin que la UACH también está llena de burocracia dorada.
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La pregunta que resuena en los pasillos de los planteles e incluso en la misma Rectoría es por qué se le debe tanto a Pensiones Civiles del Estado si los empleados pagan en tiempo y forma sus aportaciones, aun antes de recibir el cheque o la transferencia de nómina.
Según la revisión de la Auditoría Superior del Estado, correspondiente al año 2024, la UACH les retuvo a sus trabajadores 221.1 millones de pesos para seguridad social. Entonces, ¿por qué se acumuló una deuda tan grande con Pensiones?
A propósito de esa venta de garaje, también han vuelto a brotar los cuestionamientos hacia la actual administración por sus constantes viajes a destinos tan lejanos como diversos y por gastos que muchos consideran absolutamente innecesarios.
Ahí están los recorridos nacionales e internacionales que han acompañado a la actual administración universitaria. Ciudad de México, Guadalajara, Phoenix, China, Japón, varios países europeos y otros destinos forman parte de una agenda que algunos consideran necesaria para la representación institucional y otros califican como excesiva para una institución que enfrenta semejante boquete financiero.
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Y es ahí donde aparece la pregunta del millón: ¿qué debe vender primero una universidad, sus ranchos o sus gastos?
Porque una cosa es tener problemas financieros y otra muy distinta terminar rematando patrimonio acumulado durante décadas mientras se conserva intacta la estructura que ayudó a generar el problema.
Desde luego, la operación no es tan sencilla como poner un anuncio de “se vende”.
La Ley Orgánica de la UACH obliga a pasar por el Consejo Universitario, obtener el visto bueno del Poder Ejecutivo y, finalmente, conseguir la autorización expresa del Congreso del Estado.
Es decir, la eventual venta tendría que superar varias aduanas políticas.
Y ahí es donde el asunto deja de ser exclusivamente universitario para convertirse en un tema de interés público.
Porque si se pretende vender patrimonio construido con recursos de generaciones de chihuahuenses, más vale que antes quede perfectamente claro por qué se llegó a ese punto y qué otras alternativas se intentaron para evitarlo.
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Las “fuerzas” —si a eso todavía le podemos llamar fuerza— del PRI de Chihuahua se acuartelaron en Coahuila para librar la “madre de todas las batallas” este domingo 7 de junio, cuando los ciudadanos de aquella entidad salgan a votar para decidir el rumbo del actual periodo de gobierno estatal, uno de los dos que todavía le quedan al tricolor.
Según le contaron a Mirone, desde principios de semana ya andaban por allá los pocos magos electorales que le quedan al PRI chihuahuense —¡después de que los producía con calidad de exportación!— para reforzar los operativos que les permitan asegurar una votación suficiente para retener el control del Congreso de Coahuila.
Como ya lo había adelantado Mirone, el priismo local está allá, en la tierra de los Moreira, para calar sus fuerzas, medir el grosor de su bíceps electoral y regresar a Chihuahua con una decisión tomada sobre si va o no en coalición con el PAN.
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Así de famélicas andan las arcas electorales del tricolor en Chihuahua y en buena parte del país: dependen de lo que logren rescatar en una de las entidades menos pobladas de México, donde nunca ha existido alternancia en la gubernatura, al menos durante la etapa posrevolucionaria.
Allá solamente ha gobernado el PRI y, de unos años para acá, prácticamente solo el grupo político de los Moreira. Los demás, háganle como quieran.
Van a descargar el poco parque que les queda para intentar retener las nueve diputaciones de mayoría que actualmente poseen y conservar el control de un Congreso integrado por 25 legisladores, ocho menos que el de Chihuahua.
Si ganan, los priistas chihuahuenses regresarán a casa con parte de las medallas y, ahora sí, como la Aventurera, a vender caro su amor o a jugarla por cuenta propia, como quisieran los sectores más rancios del priismo estatal.
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A reserva de lo que ocurra en Coahuila, delegados del PAN nacional y estatal ya habían sostenido reuniones con diversos sectores del PRI durante la semana que termina para dialogar sobre la forma en que podrían caminar juntos en la próxima elección.
El detalle con el que se toparon esos operadores panistas —ya se los había contado Mirone— es que una parte del viejo priismo, que todavía conserva buena memoria y recuerda las fragorosas batallas contra el PAN, no está muy convencida de ceder sus espacios de influencia para ayudar a los blanquiazules a retener la gubernatura.
Lo que son las cosas: el destino de una eventual alianza PAN-PRI ya no depende del rumbo que tomen las investigaciones de la FGR sobre el narcolaboratorio de Morelos ni de la presunta injerencia extranjera en aquel operativo.
Depende, más bien, de la voluntad de un electorado que vive en una entidad con la que Chihuahua ni siquiera tiene una carretera directa que la comunique.
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Justo cuando los ganaderos del norte del país tenían ya fría la champaña, lista para celebrar la reapertura de la frontera a la exportación de ganado en pie hacia Estados Unidos, la fiesta se aguó con una noticia absolutamente inesperada que vino a cambiar todo el decorado: el gusano barrenador apareció en Texas.
Tras casi 60 años de ausencia, el Cochliomyia hominivorax, mejor conocido como gusano barrenador, pasó lista de presentes en el condado de Zavala, Texas, muy cerca de la frontera con México. Con ello se vino abajo buena parte de lo que se había avanzado para poner fin al asfixiante cierre de la frontera al comercio ganadero.
Ante ello, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) volvió prácticamente al modo en que operaba en 2024, cuando comenzó a apretarle el pescuezo a la ganadería mexicana: estableció cuarentenas, restringió el movimiento de animales y reforzó la liberación de moscas estériles para evitar que la plaga vuelva a establecerse en territorio estadounidense.
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La plaga ha caminado sin mayores obstáculos por los estados del sureste mexicano, particularmente aquellos cercanos a la frontera con Centroamérica, donde se detectó el rebrote del gusano barrenador del ganado (GBG) en años recientes.
Durante 2026 se han acumulado miles de casos en México. Reportes recientes señalan más de 14 mil casos desde noviembre de 2024, con presencia principalmente en Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Yucatán y Tabasco; es decir, a más de dos mil kilómetros de la frontera entre Chihuahua y Texas.
De poco les sirvió a los ganaderos chihuahuenses y sonorenses ser los “bien portados”, porque son ellos quienes hoy terminan pagando la cuenta del broncón que se nos vino encima por permitir el ingreso de ganado infectado desde Centroamérica y dejar que avanzara hasta las cercanías de Texas, por el lado de Nuevo León.
La ironía es evidente: quienes menos contribuyeron al problema son quienes hoy enfrentan buena parte de las consecuencias económicas.
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Y, como quien busca consuelo donde probablemente no lo encontrará, vale decir que México y Chihuahua no son los únicos afectados. Quizá ni siquiera sean los que más pierden en esta historia.
Quienes realmente la están pasando peor son los consumidores estadounidenses.
Estados Unidos enfrenta actualmente el hato bovino más reducido en alrededor de 75 años, situación que ha disparado los precios de la carne de res mientras las cadenas de distribución operan con inventarios cada vez más limitados.
El círculo entre Chihuahua y Texas era virtuoso: la industria de engorda estadounidense depende en buena medida de los becerros mexicanos, mientras los estados ganaderos del norte encontraban en ese mercado su principal destino de exportación.
Lástima. Todo quedó suspendido por un gusano que apareció donde nadie lo esperaba.
La ganadería local y nacional permanece ahora a la espera de que entre en operaciones la planta productora de mosca estéril, la misma estrategia con la que alguna vez se logró erradicar la plaga.
Eso significa que, por ahora, no queda más que esperar a que la mosca estéril le haga ‘mosca’ al dichoso gusano y permita, de una vez por todas, que los ganaderos vuelvan a exportar.
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El Instituto Municipal de Investigación y Planeación (IMIP) publicó su más reciente “Radiografía Socioeconómica de Juárez” con una portada que parece una broma de mal gusto.
Es la fotografía de una bicicleta estacionada en medio del desierto juarense, con un majestuoso atardecer como telón de fondo. Si se trataba de una imagen artística, el autor merece reconocimiento. Pero si la intención era presentar a la bicicleta como una alternativa de movilidad urbana, la imagen termina pareciendo una ironía involuntaria en una ciudad donde no se respeta al peatón, al usuario del transporte público y mucho menos al ciclista.
La bicicleta, como otros medios alternativos al automóvil particular, enfrenta un problema estructural que difícilmente se resolverá con proyectos llenos de buenas intenciones: la ciudad creció de manera abrumadora, casi descontrolada, hasta abarcar 32 mil hectáreas, según el propio IMIP. Una dimensión que obliga a miles de personas a recurrir diariamente a algún medio motorizado para poder desplazarse.
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Después de la poética fotografía de portada, la bicicleta —ese vehículo que no requiere combustible más allá del esfuerzo de quien la conduce— prácticamente desaparece del documento.
El grueso del análisis vuelve a girar alrededor de lo que históricamente ha dominado la planeación urbana fronteriza: puentes, vialidades, ampliaciones y más infraestructura para los automóviles.
Todo pensado para vehículos que consumen gasolina o diésel, expulsan emisiones, pesan más de una tonelada y ocupan varios metros cuadrados de espacio público. Eso, sin contar la superficie que se destina a estacionamientos.
Y vale aclararlo: no es culpa del estudio del IMIP.
Si el enfoque sigue concentrado en la movilidad motorizada, es porque la ciudad fue construida bajo esa lógica durante décadas.
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Fraccionamiento tras fraccionamiento, desarrollo tras desarrollo, las constructoras encontraron tierra barata y los Gobiernos encontraron cifras alegres para presumir crecimiento.
Todos ganaban, menos la ciudad y sus habitantes. Mientras se inauguraban nuevas colonias, los servicios públicos corrían detrás de la expansión urbana como quien intenta alcanzar un tren que ya abandonó la estación.
Primero llegaron las casas. Después —mucho después— aparecieron las escuelas, los parques, las rutas de transporte público, los centros de salud y, en algunos casos, hasta el pavimento.
La paradoja es que Juárez creció hacia afuera mucho más rápido de lo que creció hacia adentro.
Miles de viviendas fueron construidas en la periferia mientras otras miles quedaron abandonadas en sectores más antiguos de la ciudad.
Se trata de un fenómeno que urbanistas, académicos y organismos de planeación llevan años señalando, pero que rara vez ocupa un lugar destacado en los discursos políticos.
Quizá porque resulta más rentable cortar listones que hablar de planeación. Más atractivo inaugurar pavimento, cordones, banquetas o puentes peatonales que impulsar seriamente medios alternativos de movilidad.
Lástima que en Juárez no tengamos las bicicletas de la película E.T., porque quizá solo volando por encima del tráfico podríamos llegar a tiempo a nuestro destino.
Don Mirone