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Análisis y opinión

Pulsos comerciales que generan guerras

Los comentarios del autor son responsabilidad suya y no necesariamente reflejan la visión del medio

Por Andreu Marfull Pujadas | Norte Digital | 10:28 am 22 mayo, 2026

Las guerras que hoy sacuden Ucrania y Oriente Medio no pueden entenderse únicamente como conflictos locales ni como disputas de seguridad. Son el reflejo de una estrategia global que tiene como motor oculto los desequilibrios fiscales y comerciales de Estados Unidos y como objetivo frenar el ascenso de China. La manipulación mediática ha disfrazado esta realidad bajo discursos de defensa de la democracia o de protección de los derechos humanos, pero tras el telón se despliega una lucha comercial y financiera que tiene como verdadero escenario el mercado mundial y como víctimas la paz, la vida y la prosperidad de millones de personas.

La situación fiscal de Estados Unidos es insostenible. El gobierno gasta sistemáticamente más de lo que ingresa, y las causas son múltiples: el envejecimiento de la generación Baby Boomer ha disparado el gasto en Social Security y Medicare; el sistema sanitario, uno de los más caros del mundo, encarece continuamente los programas públicos; las rebajas fiscales, como las de 2017, han reducido la recaudación; las crisis, como la financiera de 2008 o la pandemia de la Covid-19, han obligado a rescates masivos; y los intereses de la deuda crecen como una bola de nieve, superando ya otras partidas clave del presupuesto. Este patrón no es nuevo: ya en la crisis de 1929 el Estado tuvo que recurrir al endeudamiento masivo para sostener el sistema financiero, y lo mismo ocurrió en 2008 con el rescate bancario. La diferencia es que ahora el volumen es tan descomunal que supera el 122% del PIB, convirtiendo a Estados Unidos en el país con la deuda per cápita más alta del mundo.

Paralelamente, el déficit comercial crónico refleja una economía que importa mucho más de lo que exporta, con una tasa de ahorro doméstico bajísima, un dólar fuerte que encarece las exportaciones y abarata las importaciones, y un modelo cultural basado en el consumo inmediato. La hipótesis conocida como de los “déficits gemelos” muestra cómo el déficit presupuestario alimenta el déficit comercial: la emisión de bonos atrae capital extranjero, refuerza el dólar y agrava la dependencia de productos externos. El déficit comercial es el reflejo financiero del déficit presupuestario. Esta dinámica recuerda la crisis del rublo de 1998 en Rusia, cuando la falta de reservas obligó a una política restrictiva que aún hoy define su prudencia fiscal. Estados Unidos, en cambio, ha seguido el camino opuesto: endeudarse sin límite, confiando en que el mundo seguirá comprando sus bonos.

En este círculo vicioso, China es la otra cara de la moneda. Su capacidad manufacturera masiva abastece el consumo estadounidense, mientras acumula dólares que reinvierte en bonos del Tesoro. Es un círculo cerrado: Estados Unidos necesita el déficit comercial para financiar su deuda, y China necesita exportar para mantener el empleo y la estabilidad social. Esta simbiosis es tan peligrosa como inevitable. Cualquier guerra comercial amenaza el PIB chino, y cualquier venta masiva de bonos por parte de Pekín podría colapsar el dólar. Cualquier movimiento en esta línea se convierte en una “trampa mutua”: ninguno de los dos puede prescindir del otro sin destruir su propio modelo.

Este vínculo ha acelerado un cambio de poder. Estados Unidos sufre desindustrialización, adicción a la deuda y polarización política interna. Décadas de dependencia de las importaciones chinas han desmantelado gran parte de la base manufacturera estadounidense, reduciendo la capacidad de innovar en producción física y en equipos complejos. La deuda pública federal ha alcanzado cifras récord, destinando una parte creciente del presupuesto únicamente a pagar intereses, y limitando la capacidad de financiar infraestructuras, educación o investigación científica. La pérdida de empleos industriales ha alimentado el descontento social, provocando una polarización política que dificulta las reformas estructurales. Mientras tanto, China ha utilizado los excedentes para transformarse: ha pasado de ser la fábrica de productos baratos a liderar sectores tecnológicos como los vehículos eléctricos, las baterías, la energía solar y las telecomunicaciones. Con la iniciativa de la Franja y la Ruta, ha comprado puertos, vías de tren y minas en África, América Latina y Asia, ganando aliados políticos y acceso exclusivo a materias primas. Además, ha diversificado reservas hacia el oro y activos físicos, reduciendo la dependencia del dólar y blindándose contra sanciones.

En este contexto, la reacción estadounidense ha sido abandonar el libre mercado. Con aranceles, subsidios masivos y bloqueos tecnológicos, busca frenar el ascenso chino. La guerra de los semiconductores, el nearshoring y el friendshoring forman parte de una estrategia que pretende desconectar las cadenas de suministro globales y crear un sistema bipolar. Pero esta fractura macroeconómica se ha trasladado al terreno militar. Los conflictos en Ucrania y Oriente Medio actúan como mecanismos de corrección: bloquean los corredores ferroviarios y energéticos que conectaban China con Europa, erosionan los puentes diplomáticos y obligan a los aliados de Estados Unidos a rearmarse, generando un “boom” de exportaciones militares que alivia la balanza comercial estadounidense. Las ventas de armas han alcanzado los 331.180 millones de dólares, con un incremento del 217% hacia Europa en el último lustro. Paralelamente, Europa, forzada a romper con Rusia e Irán, queda ligada a la tecnología y energía de Estados Unidos, consolidando la dependencia industrial y energética del continente. Esta situación recuerda la Guerra Fría, cuando Europa se convirtió en escenario de la competencia entre bloques, pero ahora con una dependencia económica mucho más marcada.

La dependencia energética de China es otro punto débil. El 80% del crudo que consume Asia Oriental proviene del Estrecho de Ormuz, y las tensiones con Irán amenazan este suministro. El pacto de 400.000 millones de dólares acordado en 2021 entre Pekín y Teherán, que preveía una masiva inversión china en Irán, queda en entredicho, y China se ve obligada a pivotar hacia Rusia y Asia Central, con infraestructuras limitadas que encarecen la producción y agravan la desaceleración interna. Esta asfixia energética pone en riesgo el modelo de producción masiva y acentúa la vulnerabilidad de Pekín frente a las maniobras estadounidenses. Es un escenario que recuerda las crisis del petróleo de los años setenta, cuando el bloqueo de la OPEP paralizó economías occidentales. Ahora, China vive la misma fragilidad que Estados Unidos sufrió hace cincuenta años.

Los datos de la deuda pública per cápita ilustran la magnitud del problema. Estados Unidos ha pasado de ~23.000 € por habitante en 2006 a ~104.000 € en 2026, cuadruplicando la cifra y situándose por encima del 122% del PIB. China, aunque partía de una deuda muy baja, la ha multiplicado por treinta en dos décadas, alcanzando ~13.500 €, mientras Europa mantiene una trayectoria moderada (~33.500 €) y Rusia conserva niveles bajos (~3.400 €) gracias a una política restrictiva y previsora, lo que la deja menos expuesta al aislamiento financiero internacional provocado por Occidente. Estas cifras muestran un mundo dividido en bloques: unos Estados Unidos endeudados hasta el extremo, una China en expansión acelerada, una Europa fragmentada y una Rusia prudente. La situación actual no parece haber resuelto aún cuál será el nuevo reequilibrio en juego. Al contrario, todo indica que tanto el mercado como las regiones en disputa seguirán ampliándose, y que la lógica de la deuda y del consumo puede arrastrar a la civilización a un punto de no retorno.

El resultado es, pues, que nos encontramos inmersos en una fuerte manipulación mediática de los motivos reales de las guerras en Ucrania y Oriente Medio. Se trata, en realidad, de una lucha comercial provocada por la desigual tendencia a la pérdida de competitividad de Estados Unidos frente a China, y de cómo Estados Unidos ha optado por obstaculizar esta tendencia a costa de la paz, la vida y la prosperidad, por no decir de la civilización humana. Las guerras abiertas en Ucrania y en Irán son herramientas para debilitar los proyectos de Rusia y China de comerciar con Europa. Se han estimulado enemigos históricos de forma interesada. En realidad, se trata de una jugada a tres bandas, en la que también se pretende convertir a Europa en una región subsidiaria de Estados Unidos, tal como se está haciendo en el continente americano, con la intervención en Venezuela y las amenazas a Cuba, Groenlandia y Canadá. Es una operación geopolítica perversa que incluye debilitar a China y ganar tiempo, con la imposición de nuevas reglas que ponen fin al libre mercado y a los avances logrados en el seno de la ONU, ahora convertida en una mesa de negociación estéril. Al hacerlo se impone un orden violento, para dominar sobre un Sur Global que se ve obligado a elegir entre China o Estados Unidos, mientras se encuentra expuesto a los riesgos de ser víctima de esta perversa lucha, con consecuencias por ahora imprevisibles en el medio ambiente, que todo parece indicar que seguirán ampliándose, en la competencia feroz por los recursos naturales, la mano de obra barata y el dominio tecnológico.

Este artículo, por tanto, no es solo una crónica económica, sino una advertencia sobre el futuro. Las guerras actuales son el reflejo de un sistema que ha agotado sus límites y oculta a la humanidad el rostro de la lamentable causa de fondo de esta situación. La pregunta que queda es si la humanidad abrirá los ojos y sabrá reinventar las reglas de este juego de la competencia por la generación y captura de la plusvalía ahora agotado, antes de que la competencia global nos condene a la ruina y la autodestrucción.

Texto e investigación apoyados con el uso de IA.

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