
Han pasado más de cinco semanas desde que el primer grupo de migrantes cruzó por la puerta fronteriza número 36, y aunque en la zona del bordo no se observan grandes grupos de indocumentados, todavía hay algunos que persisten en su lucha para alcanzar el sueño americano.

Varias familias pernoctaron anoche del otro lado del río Bravo, dentro de las improvisadas casas de campaña elaboradas con cobertores, telas y sábanas.

En este punto de la frontera el viento fresco cala. Por eso los niños traen suéters o chamarras rompevientos. A las 10:00 de la mañana las familias comienzan a moverse entre la basura que dejaron miles de migrantes que pasaron horas o días en este sitio, a la espera de que la puerta 36 fuera abierta.

Dos adultos y dos menores caminan entre bolsas y botellas de plástico, mientras del otro lado de la malla ciclónica que ha sido reforzada en múltiples ocasiones, un elemento de la Guardia Texana observa sus movimientos.

La puerta 36 sigue siendo custodiada por elementos de diversas corporaciones, aunque con menos presencia.

Un hombre camina tomado de la mano de un niño.

La mayoría de quienes siguen cerca de la puerta 36 son venezolanos o centroamericanos, se constató en el lugar.

La basura dejada por los grupos de personas en movilidad no ha sido recogida por ninguna autoridad. En la imagen se observan telas y un recipiente de pasta de dientes.

Un tenis de uno de los menores que estuvo en el campamento improvisado.

La ropa utilizada por los indocumentados en su travesía para llegar a la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso, sobre le bordo del río Bravo.

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