El ambiente en las afueras de la Fiscalía General del Estado (FGE), ubicada en el eje vial Juan Gabriel, se siente más tenso que de costumbre; regularmente nadie va a ese lugar a recibir buenas noticias, pero ahora se siente una mayor tristeza.
Las nubes que amenazan una lluvia inminente y tiñen los cielos de melancólicos tonos grisáceos que enmarcan los rostros de las personas que se sientan en las jardineras y esperan con el gesto desencajado y la papelería de funerarias entre sus manos.

Hace años se despidieron de sus familiares, algunos de sus seres más queridos, hijos, hijas, esposos, madres, padres. Les lloraron y llevaron a cabo todas las ceremonias civiles y religiosas para despedirse de sus cuerpos terrenales.
Quisieron quedarse con sus restos, hechos cenizas, como un símbolo que se mantendría al paso de los años.
Tomaron la decisión de que los restos de sus familiares fueran cremados por razones ahora irrelevantes, ahora enfrentan la necesidad imperiosa de presentarse en las instalaciones gubernamentales por la sospecha de que lo que les entregaron en las urnas son cenizas, pero no de sus seres queridos.
A Lorenza le cuesta trabajo expresarse. Está llena de tristeza, coraje y rabia, pero las palabras no le salen, se vuelven un nudo en la garganta y no encuentra la forma de expresarse.
Con dificultad, cuenta que en febrero de 2024, su esposo, Raúl Rodríguez Cisneros, falleció a los 70 años de edad, víctima de un derrame cerebral.
Fue una pareja y persona maravillosa, recuerda a la mujer, quien espera a que su hija salga del edificio de la FGE, a donde entró a solicitar información relacionada con los restos de su padre.
Hace un año contrataron los servicios funerarios de la empresa Luz Divina, una de las señaladas de haber participado en el delito de ocultamiento de cadáveres que se hizo en el lugar.
Relató que, pese a su sugerencia, sus hijos decidieron despedirse de Raúl incinerándolo. Sostiene que si le hubieran hecho caso, probablemente no estarían viviendo este momento, pero cita lo que su hija le dijo: “¿Quién iba a saber que iba a pasar todo esto?”.
Tienen la sospecha de que el cuerpo de su esposo es uno de los 383 cadáveres que fueron encontrados en el crematorio ubicado en la colonia Granjas Polo Gamboa.
Solo una persona podía ser atendida en la FGE, por eso entró solo su hija, quien al momento de la entrevista, llevaba poco más de media hora en el trámite.
Recibió una llamada de su hija, pero no entendió lo que le decía porque estaba llorando. Aunque ignora cual sea la información qué le darán, sí espera que sea lo peor.
Comentó que en su momento, la funeraria tardó 15 días en entregarle la urna, lo anterior, luego de que estuvieron llamando de forma insistente a las oficinas, hasta que finalmente se las dieron.
Su intención era acudir directamente a la funeraria, pero les dijeron que el único lugar donde podían solicitar información era la FGE.


Al igual que Lorenza, Josefina también llegó acompañada de su familia para preguntar acerca de los cuerpos encontrados en el crematorio.
Sin embargo, ella tiene una acusación más directa, porque personalmente fue a llevar el cuerpo de su hija, Melisa, para que fuera cremado en este lugar.
Aseguró que, desde que le entregaron los restos, siempre tuvo dudas de que realmente se tratarán de las cenizas de su familiar.
Contó que pudo entrar al sitio y que le dieron oportunidad de ver parte del proceso. Sin embargo, la parte final, el momento de la incineración, le pidieron que se retirara, que no podía estar presente.
Siempre se preguntó la razón por la cual no mostraron el proceso completo, pero aún así confió en que le estaban entregando a su hija, aunque con cierto escepticismo.
Al momento de escuchar la noticia del crematorio intervenido por las autoridades, se dirigió a la FGE para pedir información.
Mencionó que los agentes le pidieron datos de identificación básicos como señas particulares, características físicas, entre otros datos.
“No sé, estuvo muy extraño, no sentía la confianza de que nos la hubieran entregado, pero ahora que sale todo esto, es más la duda”, afirmó.
Al hablar de su hija, se le rompe el corazón y no puede evitar que el llanto recorra su rostro y salga por debajo de las gafas negras que la cubren.
Describe a Melisa como una mujer extraordinaria, como una hija, madre y esposa que compartió su alegría con el mundo hasta sus últimos minutos de vida.
Falleció en 2020, a los 32 años, un día estaba en su cama y no volvió a despertar nunca más, a causa de un derrame cerebral.
El trato que sospecha le dieron a los restos de su hija, es un horror inimaginable.
“No eran unos animales, ellos merecían un trato digno, como personas, parece una película de terror ver las imágenes de los cuerpos que están ahí”, concluyó.
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