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Ni el tiempo ni el temor apagan la voz del padre Óscar Enríquez

Su voz y sus pasos se han debilitado, pero su lucha permanece intacta, viva; tras 60 años de sacerdocio, el fundador del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte recibe un homenaje en vida por defender la dignidad humana de los fronterizos

Por Jisselle Alvarado | Norte Digital | 7:30 am 4 septiembre, 2026

Con la voz cansada por el tiempo y la enfermedad, el padre Óscar Enríquez camina lentamente entre flores y abejas bajo el cielo juarense de una mañana de septiembre, a unos días del otoño. Sus pasos son pequeños, pero permanece firme la convicción que los ha guiado durante 60 años: la defensa de la dignidad humana como una forma de vivir el Evangelio.

Influenciado desde su juventud por los jesuitas, la teología de la liberación y la opción pastoral por los pobres, Enríquez no concibe la defensa de los derechos humanos como una actividad separada de su vocación religiosa, sino como una extensión de ella.

«El trabajo de derechos humanos lo veo como una extensión del compromiso social que para mí, brota del Evangelio, una opción de fe».

Toma asiento y recuerda la sorpresa que recibió al enterarse de que le rendirían un homenaje en vida por sus 60 años de sacerdocio y por la creación, hace 25, del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte (Cdhpn).

“No sé quién tuvo la idea original de convocar a la gente, por eso sentí extrañeza en primer lugar. Pero también lo recibo con agradecimiento. Creo que es un reconocimiento al trabajo realizado durante 60 años”, confesó.

Muerte y desaparición: caminos de extrema violencia para las familias

Cuando llegue el día de su homenaje, el padre Óscar Enríquez sabe que recordará a las familias víctimas de desaparición forzada. Son ellas, afirma, a quienes deben escuchar y dejarlas de ser ver como grupos ajenos a la comunidad.

Sus historias marcaron el camino que todavía recorre. Entre los casos que conserva en la memoria menciona el de la familia Fabela, de la parroquia San José de Lomas, cuyo hijo Adrián desapareció durante un operativo en el que estuvieron involucradas las autoridades.

La cercanía con la familia le permitió observar cómo la desaparición del joven fue consumiendo durante años la vida y la salud de su madre mientras lo buscaba.

“A pesar de que es una pareja que tiene mucha fe y practica mucho su religión, ahí en la comunidad, uno se da cuenta de cómo se van acabando, cómo les va afectando la ausencia del hijo”.

También recuerda a la familia Baca, a cuyo hijo secuestraron los militares y posteriormente apareció sin vida cerca de un retén de soldados. El padre de la víctima murió después de dedicar buena parte de su vida a conocer el destino de su hijo.

“Finalmente sí lo encontró. Encontró unos restos, pero yo pienso que le afectó vitalmente en su desarrollo por la pérdida del hijo”, expresa.

Otro de los episodios que permanece en su memoria es el caso relacionado con cinco jóvenes detenidos por la entonces Policía Federal, acusados de portación de armas y tráfico de drogas.

Enríquez afirma que torturaron a los jóvenes y los trasladados a distintas cárceles, en Nayarit y Veracruz. Finalmente, se reconoció que fueron víctimas de tortura y los pusieron en libertad.

Una decisión fecunda

Después de una de las audiencias del caso, varias patrullas llegaron al Cdhpn y rodearon el inmueble. Era domingo y el Centro operaba en una casa de renta en la colonia División del Norte. Los agentes entraron por la fuerza. Para quienes trabajaban ahí, el mensaje era evidente: debían dejar de exigir la liberación de los jóvenes.

El sacerdote considera que el allanamiento ocurrió en el contexto de la defensa jurídica de los cinco detenidos y de la insistencia del Cdhpn en demostrar que eran víctimas de tortura.

“Entraron por la fuerza, rompieron las rejas, rompieron las puertas, quitaron la alarma que teníamos y todo”, recuerda.

Para Enríquez, aquello representó una forma de presión contra quienes mantenían abierta la defensa de las víctimas y exigían verdad y justicia.

A pesar de los riesgos y de haber recibido una carta de extorsión, durante los años de mayor violencia en Ciudad Juárez, no considera que haya sido un error dedicar gran parte de su vida a la defensa de los derechos humanos.

Describe esa decisión como “fecunda”, llena de fraternidad hacia quienes sufren y sostenida por la convicción de dedicar la vida a los demás. Ahí encuentra, incluso, el sentido de su propia existencia.

Si pudiera hablar con el joven sacerdote que alguna vez fue, le diría que tomó una buena decisión al involucrarse en las necesidades de la población. Escuchar a las víctimas, acompañarlas y hacer suyo su dolor, sostiene, es una parte fundamental de la defensa de los derechos humanos.

“Es bueno dedicar la vida a eso. Hay que dejar atrás la indiferencia y el individualismo para construir una sociedad más solidaria”.

Del sacerdocio a la defensa de los derechos humanos

Óscar Enríquez Pérez nació en Madera, Chihuahua, a principios de la década de 1940. Influenciado durante su juventud por los jesuitas y la teología de la liberación, se ordenó sacerdote en 1966.

Después de su ordenación fue maestro en el seminario de Chihuahua y posteriormente trabajó durante cuatro años en templos de Nuevo Casas Grandes. En 1973 llegó a Ciudad Juárez, donde comenzó una labor pastoral ligada a los sectores populares.

En la frontera impulsó las comunidades eclesiales de base, desde las cuales promovió la participación activa de la feligresía en la vida comunitaria y en la atención de los problemas sociales.

También acompañó a migrantes salvadoreños, algunos de los cuales llegaron a vivir temporalmente en una iglesia. Aquella experiencia le permitió conocer de cerca las condiciones que enfrentaban quienes abandonaban sus países en busca de mejores condiciones de vida.

“No podemos ver como un extraño al que llega de fuera, sino tener siempre una actitud de apertura, una actitud de reconocimiento y, sobre todo, reconocer la dignidad humana de cada migrante. Andan buscando una vida mejor porque no hay condiciones sociales favorables en sus países”, señaló.

Después de aproximadamente 25 años de trabajo con las comunidades eclesiales de base, los cambios en la orientación pastoral de la Iglesia limitaron la organización de esos grupos. Enríquez concentró entonces su trabajo en la defensa de los derechos humanos.

En ese proceso se relacionó con el grupo Red de Análisis, dedicado a estudiar desde el cristianismo los problemas sociales de Ciudad Juárez. Ahí conoció a Esperanza, una mujer cuyo hijo había sido torturado por militares.

El acompañamiento a Esperanza propició la formación de un grupo de apoyo y, posteriormente, la idea de crear un organismo especializado en derechos humanos que brindara atención legal y psicosocial a las familias, particularmente a aquellas que tenían a sus seres queridos desaparecidos.

Así nació, en 2001, el Centro de Derechos Humanos Paso del Norte.

Desde antes de su fundación, Enríquez ya había enfrentado dificultades dentro de la propia Iglesia por el tiempo que dedicaba a las causas sociales. Cuando lo enviaron a la parroquia Jesús Obrero buscó financiamiento de asociaciones civiles extranjeras para distintos proyectos. Uno de los requisitos era contar con la firma de los obispos, pero uno de ellos cuestionó que dedicara tanto tiempo a la defensa de los derechos humanos.

“Siempre les pedía su firma. Eso lo requerían las financiadoras: la firma del obispo. Siempre me la daban. Nada más un obispo, don Renato, me decía que así como dedicaba tanto tiempo a los derechos humanos, lo dedicara a la parroquia. Yo le decía que era parte de mi trabajo pastoral, el trabajo en derechos humanos”.

Su concepción de los derechos humanos está profundamente ligada a la fe cristiana, la que entiende como una preocupación permanente por el prójimo. Para él, el cristianismo no consiste únicamente en seguir los dogmas de la institución eclesiástica, sino en velar por la vida, la salud y la dignidad de las personas.

“Yo creo que la vida cristiana es seguir a Jesús de Nazaret. No consiste la vida cristiana en portarse bien, en hacer cosas buenas, en practicar el culto; más bien, es una preocupación permanente por el hermano”, sostiene.

Óscar Enriquez

Madres buscadoras, un ejemplo de vida

Enríquez permaneció durante más de 15 años como director del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte. Entre las personas que han acudido al organismo se encuentran las madres de personas desaparecidas, a quienes describe como “un ejemplo de vida”.

Ante una realidad que persiste en Ciudad Juárez, evita decirles cómo deben conducir su lucha. Por el contrario, considera que todos deberían reconocer que ellas han construido su propia determinación, una que “nace del corazón y de la necesidad de encontrar a sus hijos”.

Sostiene que deben continuar buscando, presionar activamente al Gobierno e incidir en la sociedad para impedir que la desaparición de personas se convierta en un problema frente al cual la población permanezca indiferente.

A las autoridades les recuerda que existen normas relacionadas con la desaparición forzada y la tortura, por lo que resulta indispensable contar con especialistas capaces de comprender la realidad social de Ciudad Juárez. También les pide que quienes ocupan cargos públicos respeten el dolor y la vida de las víctimas de desaparición y tortura.

Óscar Enríquez

“Que respeten las leyes y hagan su trabajo”, señala

Después de 60 años de sacerdocio, para el padre Óscar Enríquez, la defensa de la dignidad humana es más que una labor: es la manera en que entiende su vocación. Su homenaje en vida no representa únicamente el reconocimiento a una persona, sino la oportunidad de colocar en el centro las historias de las familias que acompañó y de las víctimas cuyos casos defendió.

“Las familias son un elemento muy activo en la búsqueda de personas desaparecidas. A uno le toca escucharlas, hacer suyo su dolor, sus problemas y apoyarlas en todo lo que podamos”, dice.

Con las manos entrelazadas y la mirada fija, Enríquez advierte que el futuro de la región no parece positivo. Después de seis décadas de trabajo, sostiene que permanecen múltiples factores que alimentan la violencia, entre ellos la presencia tanto del crimen organizado, como del Ejército.

Frente al panorama de sangre que persiste en Ciudad Juárez, considera que el cambio solo será posible si las autoridades asumen el respeto a la dignidad humana como principio. De lo contrario, dice, mantendrán una actitud incapaz de combatir eficazmente al crimen organizado, mientras la corrupción deteriora la seguridad y la integridad de la población.

Su voz está cansada y sus pasos se han vuelto pequeños. Su convicción, en cambio, permanece enorme e intacta.

“Es bueno dedicar la vida a eso. Hay que dejar atrás la indiferencia y el individualismo para construir una sociedad más solidaria”, sentenció.

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