Hay una frase que se repite como mantra en el discurso oficial: “la violencia va a la baja”. Se dice con sonrisa, con gráficas selectivas y con la seguridad de quien cree que el ciudadano ya se cansó de revisar los números.
El problema es que la realidad, esa terca señora que no obedece comunicados, dice otra cosa. Y la dice con cadáveres, con desaparecidos y con familias rotas.
Para estar en posibilidades de aminorar la ola de crímenes y anarquismo que padecemos, hace falta una justicia retributiva. La que escasea en el país, a pesar de la corte que tenemos, que es “nueva”.
Sí, es cierto: en 2025 algunos indicadores bajaron. La llamada “violencia letal integrada” descendió 8.6 por ciento respecto a 2024. El homicidio doloso, el indicador favorito del gobierno, también muestra una reducción en el corto plazo. Y ahí es donde empieza el truco de magia: se enfoca la luz en un número mientras todo lo demás queda en penumbra.
Porque cuando uno se atreve a levantar la alfombra estadística, lo que aparece no es precisamente paz.
Entre 2015 y 2025, la violencia letal acumulada en México aumentó 68.2 por ciento. (México Evalúa). Las desapariciones se dispararon 212.9 por ciento en la última década. Y otros delitos contra la vida crecieron un escandaloso 368 por ciento.
Traducido al idioma del ciudadano común: aunque maten “un poco menos” hoy, hay muchísimas más personas que simplemente dejaron de aparecer, y muchos más delitos que no terminan en una estadística de homicidio… pero sí en tragedia.
Aquí conviene decirlo claro, sin rodeos: cuando bajan los homicidios, pero suben las desapariciones, la violencia no desaparece, se transforma.
El homicidio doloso, incluso con su descenso reciente, sigue 30.7 por ciento por encima de los niveles de 2015. Y hoy, 19 estados del país superan la tasa epidémica de 11 homicidios por cada 100 mil habitantes.
El problema de fondo no es solo de seguridad pública. Es metodológico, político y moral. Sí, moral. Porque hay un orden moral para todo y cuidado con las consecuencias inesperadas cuando este es violado.
Ciudad Juárez es un buen ejemplo de esta paradoja. Se presume una reducción en homicidios respecto a años anteriores. Y es verdad, los números así lo indican. Pero eso no significa que la ciudad esté pacificada.
La violencia no es solo un asunto de balas. Quién las fabrica y de dónde vienen. Es también ausencia de Estado, impunidad crónica y pérdida de confianza.
La paz no se construye con discursos ni con cifras parciales. Se construye con instituciones fuertes y resultados verificables. La paz, la verdad y la confianza son principios morales que escasean. Por lo mismo el mensaje que nos entregan a diario, no lo creemos. Sobre todo, cuando vemos que la violencia no cesa, por más que se empeñan en ocultarla o decirnos que quienes a diario mueren o se matan, son grupos antagónicos. Así es el meollo del asunto.
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