Durante años, Leticia Sánchez convirtió su vocación de enfermera en una misión de vida. Primero destinó su sueldo y más tarde su pensión para mantener un pequeño asilo donde acogió a mujeres adultas mayores que habían quedado solas, enfermas o abandonadas.
Sin más recursos que su fe, su trabajo y la ayuda de quienes se fueron sumando en el camino, dedicó su vida a brindar cuidado, compañía y dignidad a quienes ya no tenían a nadie más.
Como enfermera comunitaria, Leticia conoció de cerca la necesidad que padecían los adultos mayores y poco a poco se fue convenciendo de que alguien tenía que darles un poco de alivio, no solo emocional, sino también material.
Mientras trabajaba para la Secretaría de Salud, tuvo la oportunidad de involucrarse a fondo con casos desgarradores de hombres y mujeres que estaban en el abandono y que solamente dependían de la buena voluntad de otros para sobrevivir.

Atendía a abuelitos que habían dejado tratamientos o que estaban muy enfermos en sus domicilios.
Conoció casos de personas con lepra y que incluso no comían. Una señora en especial la impactó profundamente, porque con frecuencia lo único que llevaba a su estómago era un refresco Fanta de naranja que tomaba al mediodía, ya que no tenía recursos para más.
En medio de esas experiencias, un sueño terminó por marcar el rumbo de su vida: abrir un asilo, a pesar de que cuando no contaba con recursos para hacerlo realidad.
Leticia tenía algunos años de haber enviudado y aunque todavía era joven, decidió no volver a casarse. Su convicción religiosa y el amor al prójimo que profesaba fueron el impulso que necesitaba para dar el paso.
Platicó con una compañera de trabajo sobre su intención y ella logró conseguirle unos cuartos prestados en la colonia La Cuesta para que iniciara el proyecto.
Entonces Leticia tomó algunos muebles de su propia casa y los llevó a lo que sería el asilo.
No solamente abriría el centro de atención, sino que se mudaría con las personas que lograra reunir, quienes iban a requerir de su cuidado incluso durante la noche.
Sobre los recursos económicos necesarios no se preocupó demasiado. Su fe era grande y estaba convencida de que, de alguna manera, el espacio de ayuda lograría salir adelante.
Destinó su sueldo de enfermera a la compra de insumos básicos para la despensa.
En los años siguientes, aun cuando ya estaba pensionada, continuó destinando sus propios recursos a la operación del asilo.

Un refugio construido con fe y sacrificio
Recuerda especialmente cuando falleció la primera ancianita en el lugar y no tenía dinero para comprarle un ataúd, porque sus familiares nunca se presentaron. Unos policías municipales la habían encontrado en la vía pública, en abandono total.
Leticia acudió entonces a una funeraria cercana y habló con el propietario. El hombre le hizo el favor de esperarla unos días para que pudiera pagar el resto del servicio, porque en ese momento únicamente contaba con mil pesos, aproximadamente la tercera parte de lo que costaría.
Con lágrimas en los ojos recuerda ese gesto de solidaridad, porque el dueño de la funeraria esperó a que le llegara el pago de su quincena para que pudiera completar el dinero.
En entrevista con Norte Digital, cuenta que al principio no cobraba por resguardar a las mujeres. Sin embargo, varios pastores religiosos que la asesoraban le sugirieron que debía pedir una cuota, aunque fuera simbólica, a las familias que sí pudieran pagarla.
Dice que intentó hacerlo, pero en la mayoría de los casos esas aportaciones nunca llegaban.
A pesar de ello, el asilo funcionó de manera ininterrumpida durante muchos años, hasta que su estado de salud ya no le permitió continuar.
Durante ese tiempo, numerosas personas se fueron sumando para que el proyecto siguiera adelante. Algunos llevaban alimentos, otros donaban ropa y también hubo quienes ayudaron con reparaciones en las instalaciones.
Diversos grupos que conocieron su labor impulsaron su trabajo con reconocimientos públicos. En 1996 recibió el premio La Mujer del Año, otorgado por el Club de Mujeres Profesionistas y de Negocios de Ciudad Juárez.
También fue reconocida por el Club Rotario Juárez Campestre y por el Club Sertoma de Ciudad Juárez.
En el año 2012 recibió además una presea anual por parte de la Fundación Zaragoza.

El momento más difícil
El asilo funcionó gracias también a un equipo de voluntarios que la acompañaban, entre quienes estaba principalmente su hija.
Con el paso del tiempo, su estado de salud comenzó a deteriorarse. Finalmente, el médico le advirtió que ya no podía seguir atendiendo el proyecto.
Con todo el dolor de su corazón tuvo que entregar a las 21 mujeres que aún permanecían bajo su resguardo.

Algunas fueron entregadas directamente a sus familiares y otras fueron trasladadas a diferentes asilos.
Leticia comparte que es bueno que existan lugares como el que ella fundó, pero considera que sería mejor que los adultos mayores no tuvieran que llegar a ellos, sino que pudieran permanecer con sus familias hasta el último momento, rodeados de protección y amor.
Actualmente vive en una casa que le heredó su padre, donde durante algún tiempo también vivieron las abuelitas que cuidó.
No se siente sola, dice. Sus recuerdos la mantienen acompañada.
Ahí, entre la cocina, la sala, el patio y los pasillos, a veces cree escuchar todavía las voces de quienes fueron sus compañeras y con quienes, de alguna manera, también envejeció.
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