La enviaron dos veces de regreso a casa; cuando por fin la internaron, ya era demasiado tarde, su historia refleja el costo de un diagnóstico que nunca llegó a tiempo
Blanca Elizabeth Carmona
María Ramona Ramos Hernández buscó ayuda médica tres veces. En las dos primeras la enviaron de regreso a casa porque, según le dijeron, no tenía nada. Cuando finalmente fue internada en el Hospital General ya era demasiado tarde: horas después sufrió una falla orgánica múltiple y murió.
Después de su fallecimiento, ocurrido el 8 de mayo de 2026, el acta de defunción estableció como causa básica la rickettsiosis, una enfermedad bacteriana transmitida por algunas garrapatas.
En abril, Paola Ramírez Pérez, nieta de Ramona, la llevó a una sucursal de Farmacias Similares y la médica en turno le advirtió que debía ser trasladada a un hospital porque requería ser internada. Sin embargo, el doctor del Hospital General que la consultó afirmó que no estaba enferma, ordenó unos estudios y la envió a su casa, relató Paola.
Después, la mujer fue llevada a un centro de salud, donde tampoco hubo un diagnóstico oportuno.
“No tiene nada”: la respuesta que retrasó su atención
“Yo la llevé a Todos Somos Mexicanos y ahí nos dijeron que el doctor (del Hospital General) nos tenía que haber dado un papel donde tenía que hacerse esos estudios mi mamá… le dijimos que no nos había dado nada, nomás nos había apuntado unos medicamentos en un papel, sin receta, sin nada, nomás en un papel. Entonces mi mamá compró el medicamento y todo”, explicó Paola.
Durante varios días, María Ramona, de 68 años, estuvo tomando el medicamento sugerido por el doctor del Hospital General. Pero conforme pasaban los días iba empeorando: ya no podía levantarse de la cama, la fiebre no bajaba y después dejó de caminar y de comer.
Por segunda ocasión, Paola llevó a su abuelita y madre de crianza al Hospital General. La respuesta fue la misma: que no estaba enferma.
“Yo la llevé para el Hospital cuando todavía medio podía caminar. Me la llevé más o menos así, en un carro, hacia el Hospital General y ella decía que traía calentura, pero que no tenía nada (respuesta institucional) y la volvieron a regresar”, señaló.
Ese mismo día, 7 de mayo, María Ramona fue llevada al Centro de Salud de la colonia Revolución Mexicana, donde le prescribieron algunos medicamentos que no dieron resultado, pues durante la noche se agravó y la familia volvió al Hospital General.
Cuando por fin la internaron, sus órganos ya estaban fallando
En esta tercera ocasión la mujer fue ingresada y el personal médico le dijo a la familia que iba muy grave y que el pronóstico era poco favorable.
A las cuatro de la mañana se apagó la vida de María Ramona, a quien le gustaba cantar, bailar y tenía un profundo cariño por los perros.
“En la noche mi mamá empeoró, se puso más mal. Y fue cuando la llevamos al Hospital General y ya me dijeron que ella ya no iba a resistir. ¿Pero por qué, si yo la había llevado (antes) al Hospital General, no hicieron nada? Y la llevé también al centro de salud, tampoco hicieron nada”, reclamó.
A la familia de María Ramona no se le explicó cuál fue la causa de la muerte. Los médicos les dijeron que debían esperar el acta de defunción.
En un renglón de ese documento —al que tuvo acceso Norte Digital— se lee: “Rickettsiosis, no especificada”, un término que se utiliza cuando existe una infección por bacterias del género Rickettsia, pero no se identifica la especie responsable.
Buscando información, la familia descubrió que se trataba de una enfermedad transmitida por garrapatas. Sin embargo, para Alberto López Lozano, pareja sentimental de María Ramona, todavía hoy no queda claro qué fue exactamente lo que le ocurrió.
Ramona dejó 11 perros, una urna y una casa llena de silencio
De pie en el porche de su casa, en la colonia Granjas de Chapultepec, Alberto sostiene una escoba con la que intenta controlar a siete de los 11 perros que dejó su mujer, mientras recuerda que todo comenzó con lo que parecía un simple dolor de garganta. Después ella ya no podía sostenerse de pie y necesitaba ayuda hasta para ir al sanitario.
Sin ánimo ni para llorar, cuenta que durante 25 años nunca se separó de María Ramona. Ahora la casa es silenciosa, está vacía sin ella. Solo los perros le hacen compañía, aunque no desea quedarse con todos.
“Sí la extraño. Aquí la tengo, pero en su cajita”, dice con dificultad mientras señala la urna con sus cenizas, colocada en una habitación junto a unas veladoras, refrescos y las galletas que más le gustaban.
María Ramona rescataba a la mayoría de los perros que encontraba en situación de calle. Al momento de su fallecimiento tenía 11. Una pareja de doberman permanecía encerrada en uno de los cuartos porque era agresiva; en el patio había nueve canes y dentro de la vivienda otros dos. Después de que murió, los dos perros que vivían al interior fueron regalados y los doberman fueron retirados por personal de la Dirección de Atención y Bienestar Animal (DABA).
Alberto solo desea conservar dos perros, por lo que pidió que el personal de DABA regrese para llevarse al resto de los animales, pues en la visita anterior se negaron a recogerlos, denunció.
La nieta de Ramona también dijo que ya se realizó una primera fumigación en la vivienda, pero todavía hay garrapatas y la familia teme que puedan picar al adulto mayor que permanece en la casa, por lo que solicitó una segunda intervención.
