Ciudad Juárez ya no es solo un punto de paso para quienes desean cruzar a Estados Unidos en busca del sueño estadounidense. Después de que las políticas migratorias que impuso el presidente Donald Trump truncaron las aspiraciones de muchos centro y sudamericanos, cientos de ellos decidieron quedarse en esta frontera, donde actualmente trabajan y pueden apoyar a sus familiares que se quedaron en sus países de origen.
Sus historias, como las de muchos, hablan de travesías por tierras inhóspitas, de los peligros que tuvieron que vivir para llegar hasta esta tierra del Bravo.
Tal es el caso de Aníbal Aguirre, quien decidió salir de Maracaibo, Venezuela, porque la situación en su país estaba “muy fea”. Acompañado de sus dos hijos mayores: Emmanuel –de 22 años– y Diego –de 18– inició una travesía de más de un mes para llegar a México.
Relata que los cuatro días durante los cuales atravesaron a pie la región del Darién, en la frontera entre Colombia y Panamá, es una experiencia que no desea repetir. Ahí, dice, vio mucha gente morir, los indígenas violaron a muchas personas y mataban a quienes se resistían.
Dice que cuando escuchaban relatos de esa travesía, pensaban que eran mentiras, pero lo vivieron en carne propia y asegura que contó más de 60 muertos en esa zona.
“Gracias a Dios a nosotros no nos pasó nada en la selva. Nos fue muy bien”, expresa.
En el final de su viaje, en Guatemala, antes de entrar a Chiapas, los secuestraron y tuvieron que pagar 100 dólares por cada uno para que los dejaran seguir su camino. Vivieron cuatro meses en Tapachula, pero decidieron continuar su viaje hacia el norte.
“A nosotros nos salió la cita para entrar a Estados Unidos, pero no se pudo porque fue cuando Donald Trump agarró y nos eliminó a todos. Nos quedamos aquí y nos pareció muy bueno Juárez y queremos estar aquí. Ya tenemos casi dos años”, dice Aníbal.

Sin empleo formal, buscan siempre la manera de salir adelante lavando carros, baños o haciendo otros trabajos que les permitan obtener alguna remuneración, para pagar la renta y comer.
“La vida nos cambió mucho. Yo veo a Juárez como era Venezuela antes. Éramos un país rico. Nosotros vivimos muy bien aquí y queremos un permiso para conseguir un trabajo con Seguro. Donde estamos trabajando nos quieren hacer eso, pero sin los papeles no se puede”, explica.
Es por eso que hoy acudió a la Feria Consular de Identidad Legal y de Servicios para Personas Migrantes, que por cuarta ocasión se realizó en el Centro de Atención Integral para Migrantes (CAIM), de la Comisión Estatal de Población (Coespo), para buscar el apoyo que le permita obtener un documento mexicano que le abra las puertas a un empleo formal.
Su objetivo era ir a Estados Unidos, pero como no se pudo, prefiere quedarse en Juárez que regresar a la nación sudamericana porque, dice, “ahora está peor. La luz se está yendo dos veces en el día, se va seis horas en la mañana y seis horas en la tarde”.
Lo que más le gusta de Juárez es el trato de las personas, pues asegura que tiene muy buenas amistades aquí y que la gente es muy amable, los acogen muy bien y los juarenses les responden el saludo, lo que no pasaba en Tapachula, donde se sentían discriminados por ser extranjeros. Además, aquí han tenido oportunidad de trabajar.
Aunque se abriera de nuevo la posibilidad de cruzar a Estados Unidos, dice que ya no lo haría. “¿A hacer qué? Si aquí estamos trabajando y el sueño americano son puras mentiras”, reflexiona.
Gracias a su trabajo en esta frontera, Aníbal y sus hijos pueden enviar dinero a Venezuela, donde aún viven su esposa y tres hijos más, a quienes espera poder traer próximamente, siempre que pueda regularizar su situación migratoria en México.
“Porque por donde yo pasé, no me los voy a traer. Por el Darién no me lo voy a traer”, afirma con la convicción de un padre que desea reunificar a su familia
“Me gusta Juárez… pero extraño a mi familia”
Otro migrante que acudió este sábado es Germán Wilfredo López Lemus, originario de Honduras, país del que salió huyendo de la delincuencia y en busca del sueño americano. Cruzó a Estados Unidos, pero lo deportaron; entonces, decidió quedarse a vivir y trabajar en Juárez, donde radica desde hace tres años.

Aquí inició los trámites para solicitar refugio y actualmente sobrevive haciendo trabajos de pintura. Acudió a la feria para buscar apoyo con su pasaporte.
“Me gusta Juárez porque hay trabajo y todo está bien, pero extraño a mi familia en Honduras”, dice Germán, quien desea traer a su familia, pero dice, primero se tiene que preparar él.
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